El carnaval acuático de Caibarién: la fiesta de la pobreza

El carnaval acuático de Caibarién: la fiesta de la pobreza

La anual procesión de barquitos “engalanados” fue clausurada con trapos rotos y palanganas desfondadas, símil del ripiado país

Feria adjunta al carnaval (Foto del autor)

VILLA CLARA, Cuba. – Gritando a todo pulmón “No hay cloro pa’ quitar churre ni pa’ blanquear esta cosa” —mientras empuñaba un galón plástico vacío en la popa del barco nombrado “La Batea”—, la negra del solar que cerraba esta parada, recibía una salva de réplicas desde la orilla colmada de gente achicharrada y bajo el sol: “No hay fá, no hay fá, y por eso la ropa te quedó veteá” (Con el apócope aludían al único detergente que antes de la calamidad actual llamaban FAB, acompañando en masa desgañitada la pegajosa melodía del extinto cuarteto jamaicano Boney M —radicado en Alemania— e intitulada: Belfast.).

La compañera de traperías, de espaldas anchas de restregar y en la proa, intentaba recoger agua del mar para lavar “sus trapos sucios”.

La imagen, si no fuera sincopadamente tan atroz como mal terminada, re-significaría “los FABulosos resultados obtenidos hasta la fecha en el ramo estructural”, a esta altura del (des)concierto nacional.

El conocido “Carnaval Acuático” que cada agosto más bien —o más mal— se organiza aquí, este año apareció estampado por la expresión más filantrópica de la omnisciente miseria, en su vertiente peor compartida.

Los caros tarecos artesanales para entretener a los niños en el Carnaval nadaban en el fango. Los quioscos de comestibles y bebestibles naufragaban en un mar de moscas. Los vendedores de pacotilla extranjera traída por ilegales mulas, no obstante, pusieron la nota refulgente en pleno caos. Y surtieron de coloridas sombrillas.

Antes, los tradicionales barquitos —que se pasean al mediodía del sábado por el malecón durante par de insufribles horas—, acostumbraban estar decorados con retazos de las carrozas que ocupan en diciembre la atención —y tensión— de los parranderos, pero esta vez los recursos conseguidos han sido escasos y ruinosos, dando motivo para críticas subiditas tanto a locales como visitantes.

Las flotas estatal y privada, que constituyen el soporte ruinoso para armar estas maniobras visuales en le Carnaval, solían construirse sobre mejores y más grandes naves, donde daban cabida a representación de leyenda o historia inventada que convenciera al jurado designado por el gobierno —y trepado sobre una plancha de rastra “desde la cual apreciar con mayor calado y por encima del tumulto la fila de aspirantes”—, para otorgar trofeo que otrora consistiera en cajas de cervezas con cerdo asado, y que ha degenerado en mil pesos con el aplauso cada vez más apocado “del respetable público”.

Esta neo apatía participativa tiene su origen en estafas acontecidas recién, cuando no fue liquidado el premio en metálico por parte de las “autoridades culturales” del municipio, según ha dicho la instancia administrativa cuando los insultados —e insolados— ganadores acudieron a reclamar su cheque jamás emitido más el pago por el sudor que creen aún les deben.

Los del año anterior, así como 2dos y 3ros lugares (700 y 500 pesos MN) se negaron a desangrarse en vano para construir el divertimento que devendría contentura neta de la mandancia “por el deber cumplido”, en lugar de inculpar al funcionariado inepto y/o malversador que ellos representan, según el caso.

Para colmo de males, este año la embarcación que más posibilidades tenía de éxito, vio sus ansias destrozadas, cuando el oficial de guardafronteras —a cargo de supervisar “a quienes iban a bojear el litoral”— impidió que un sustituto ocupara el lugar del personaje principal en la obra denominada “El Circo”—tan antológica como elocuente—, pues “sus datos no aparecen en las listas del Ministerio” (del Interior), lo cual podría entenderse como seria amenaza para la estabilidad de la nación —en guerra infinita antiimperialista—, librando así a quienes vigilan sin descanso de nuevos atentados, especialmente si se tratara de otra escalada contrarrevolucionaria, de un pueblo potencial e históricamente tránsfuga, poseedor de sigilosas fronteras marítimas.

La vigencia absurda de tal ley —a todas luces inderogable— que continúa prohibiendo subir a bordo de embarcación alguna a un nacional sin permiso expreso de sus inefables intendencias, dice bastante sobre la terquedad abyecta de un gobierno que presume de aperturismos y concesiones mientras coarta “cualquier demostración de libertinaje”, aun cuando alardee “de satisfacciones” otras.

Con la amenaza de no participar más en el ridículo sarao, decoradores y patrones anunciaron que si no les aseguraban el cheque por el paseíto en la misma jornada del carnaval, pues no habría espectáculo para nadie.

Quizá por eso corrieron a pagarlo el mismo día. Y el premio también.

Al final, la embarcación mejor lograda y más representativa del performance ideo-estético fue El Circo, que se quedó sin nómina y como en ascuas, haciendo aguas y a la deriva, igualitica al país que aún somos por falta de un probado domador.

Pero también de suficiente pan para amansar al León.

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