¡A medicarse corred, caibarienenses!

¡A medicarse corred, caibarienenses!

Hay rebaja en la farmacia pero es falsa noticia y hace falta una carga de billetones

VILLA CLARA, Cuba.- El año empezó, con la farmacopea del cubano “entarjetado” prácticamente pelada. Como casi siempre, reciclado, y a la espera de la abundancia imperialista que este travestido capitalismo de estado se resiste a colimarle.

La carísima cadena “Caracol S.A.” adelantadita ella, que es de raíz hotelera y que nadie explica por qué está inserta en un pueblo derrumbado cuyo rescate hoy parece más obra del apremio que del deseo de volverlo atractivo para un “futuro” turismo, tiene un establecimiento abierto en el antiguo Ten Cents local, el que no hace honor al ancestral, anglo y abaratado nombrecito.

Lo mismo que su legendaria casa-matriz habanera, cita en Galiano y San Rafael y que era sitio exclusivo para comer, convertida ayer en el mercado Trasval de la ferretería más cara de la tierra. Ambas esquinas están henchidas de flagrantes inflaciones.

Bueno, Trasval era: “Tras-paso de Val-ores”. Con la corrupción, cambió el sello. No los guarismos. Caracol siguió enroscada como tripa de ombligo, engordando estafas a las bivalvas masas.

El sorprendente reconocimiento —hace muy poco— del Estado —¿partido en partes?— a su incapacidad para controlar la producción estable (antaño maciza), garantizar recursos fiables, materias primas y calidades mínimas al producto farmacológico terminado, o abastecer periódicamente los estantes de dispensarios médicos, constituye otra alarma entre los muchos accidentes que se esconden en la espesura cubana.

Porque develar pistas de esas dañinas maniobras nunca ha sido prioridad en la rotunda mesa, que intenta embrollar al ingenuo y al iluso tirándoles trapos a diestra y siniestra.

Pero la parte sabrosa de la comercialización lustrosa, la que corre de la mano de la gerencia milico-lucrativa, esa, no se esconde. Por el contrario, titila.

Baste mirar los insultantes (des)precios que en vidrieras exhiben los establecimientos (que por suerte aún quedan abiertos para los que puedan acceder a ellos) a mercancías extintas y quiméricas.

Pero que se venden aún por obra y gracia del viejo exilio adolorizado más la nueva mafia nacional —experta en escaparse por la ventana  a la hora del conteo— y que se auto-exonera.

Porque los turistas no necesitan comprarse medicamentos en su breve paso por la isla. Estando advertidos de la ubicua carencia nacional, cargan todo lo que necesitarían desde punzarle un dolor hasta un entablillamiento. Luego regalan lo acarreado antes de partir (en la mayoría de los casos).

Por ejemplo, no se vende en farmacias populares ningún derivado del diclofenaco sódico (conocido como Voltarén) que resulta un analgésico instantáneo para aliviar enfermos terminales o crónicos. Lo que viene para ellos es dipirona, cuando viene. Y hay que matarse en la cola cantada o comprarla a sobreprecio, lo cual duplica los dolores aliviables con el ausente remedio.

Una ampolleta inyectable de Voltarén (75 mml) subió en un lapso de 12 meses de 5 cuc a 7,50.  El neurobión, similar, está a 8,10. Una tira de 10 tabletas (100 mg no-retard) que costaba 4,50 frisa la decena.  Ahora en la re-preciación por vencimiento, siquiera existen. ¿Y que han devaluado? Pues lo invendible.

No es consecuencia de una política paliativa en pos de solventar carencias u otra magnanimidad humanitarista. Eso se lo dejan a iglesias, caravanas solidarias y demás nexos misericordiosos. Es nuestra cabrona propensión a la pedigüeñería.

Es también impugnación a la vergüenza de no dar, no regalar a instituciones, siquiera a hospitales, hospicios y demás ramales de los estropeados MINSAP y MINED, que los teloneros ideológicos usarían cual triunfalista propaganda.

Prefieren mirar las caras de clientes boquiabiertos apegados a la pecera que tener un gesto de piedad con ellos.

Habituados como estamos a la devaluación progresiva e involucionaria del sistema; ¡Aquí lo que cuenta es el cash!

Y nada más (que ese fue el mejor y más cumplido línea-miento).

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