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Viernes, 26 de mayo 2017

El régimen libera a Pedro Álvarez Pedroso, tras 25 años en prisión

Álvarez Pedroso fue arrestado en 1991 cuando intentó infiltrarse en Cuba desde EEUU

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Pedro de la Caridad Álvarez Pedroso junto a Ángel Santiesteban (foto del autor)

Pedro de la Caridad Álvarez Pedroso junto a Ángel Santiesteban (foto del autor)

LA HABANA, Cuba.- Finalmente pude dar el ansiado abrazo, en “libertad”, a Pedro de la Caridad Álvarez Pedroso. Si entrecomillo libertad es porque ya Pedro no está en aquella pequeña y nauseabunda prisión, pero continúa en la otra, en esa que es toda la isla. Pedro disfrutará de una libertad entrecomillada hasta que un verdadero y democrático gobierno sea el que rija el destino de esta isla.

Pedro no agradece al sistema penitenciario, y mucho menos a la dictadura, su excarcelación. Así se lo hizo saber a sus cancerberos antes de abandonar el penal, y hasta les recordó cada uno de los ultrajes a que fue sometido. Pedro, ahora en “libertad” no olvidará jamás los constantes agravios a que fue sometido durante todos esos años que estuvo tras las rejas. Pedro no quiere olvidar las torturas psicológicas de estos veinticinco años. Pedro se alejó del penal sabiendo que allí perdió los mejores años de su vida, que no fueron pocos, que fueron veinticinco los años de injusto encierro.

Pedro se asomó a la “libertad” con una memoria repleta de humillaciones y ultrajes.  Este preso puso los pies fuera de la cárcel y volvió sobre la última imagen que guarda de su madre, esa imagen que pone a la mujer que lo trajo al mundo en la prisión, visitando a su hijo, para morir luego. Mucho le duele recordarla de esa forma. “¿Qué puede ser peor para un hombre que constatar el sufrimiento de su madre? En una visita a la cárcel la miré por última vez. Y eso duele”.

Su padre no podía creerlo después que abrió la puerta tras unos toques insistentes, y descubrió a su hijo en el umbral. Su padre, ya muy viejo, avanzó y lo tocó para asegurarse de que era cierto. Su padre había imaginado tantas veces ese instante que no tenía la certeza de estar viviendo en la realidad. Luego se fundieron en un abrazo largo y silencioso.

Yo también fui a su encuentro. Pedro me llamó varias veces y en cada una le anuncié el punto de la geografía habanera que dejaba atrás, el que estaba por llegar. Mi amigo estaba ansioso y yo también, y finalmente el abrazo, ese abrazo fuera de “presidio” que tantas veces tuvimos que aplazar. Conversamos, conversamos…

A Pedro le cuesta trabajo creer que está con los suyos, pero no olvida que Daniel Santovenia Fernández sigue entre rejas, y se angustia, y hasta me pide que llamemos a la esposa de Daniel, a quien Pedro le dice madrina. Cuando cuelga me dice, con lágrimas en los ojos, que es inconcebible que a Santovenia no lo liberaran junto a él, y levanta los hombros, “es inconcebible”, dice, y continúa hablando.

“Lo más difícil de todo es que muchos cubanos, incluso disidentes, nos tildan de terroristas. El propio Elizardo Sánchez Santacruz me lo dijo, y hasta me negó cualquier tipo de ayuda. Lo que más me duele es que esos no se atreven a decirlo de los Castro mientras están dentro de la isla, sabiendo incluso que el Movimiento 26 de julio puso bombas, hizo secuestros, atentados, y atacó cuarteles, que ese movimiento mató a los guardias en aquel ataque al Moncada… No son pocos los que hoy veneran a Nelson Mandela, pero olvidan que llegó a prisión por poner bombas, que sus explosiones provocaron muertes… Nosotros no matamos a nadie, ni siquiera disparamos una vez; solo intentamos hacer una guerrilla, soñar con un ejército de cubanos que luchara por la libertad”.

Así piensa ese Pedro que lleva cinco meses sin ver a su esposa y me cuenta de su enfermedad, asegura que irá con su anciano padre a buscarla a Matanzas, que quiere que ella lo acompañe a la embajada norteamericana para pedir su regreso. Quizá pronto esté en una libertad más real, cuando abandone esta isla. Él se irá a los Estados Unidos, pero tiene la certeza de que no podrá olvidar todos esos años en prisión. Bien sabe que no podrá recuperar esos años de juventud que perdió entre rejas.

Pedro no va a conseguir olvidar algunas cosas. Cómo borrar de su memoria todas las injusticias del régimen, como dejar atrás la maldad y el cinismo de sus carceleros. Pedro se debate entre la alegría y la tristeza. Sabe que mientras Santovenia se mantenga en prisión, él no podrá disfrutar la libertad. Para él comienza una nueva lucha, esa batalla que va a dar para conseguir la libertad de su hermano Santovenia.

Acerca del Autor

Ángel Santiesteban
Ángel Santiesteban

(La Habana, 1966). Graduado de Dirección de Cine, reside en La Habana, Cuba. Mención en el concurso Juan Rulfo (1989), Premio nacional del gremio de escritores UNEAC (1995). El libro: Sueño de un día de verano, fue publicado en 1998. En 1999 ganó el premio César Galeano. Y en el 2001, el Premio Alejo Carpentier que organiza el Instituto Cubano del Libro con el conjunto de relatos: Los hijos que nadie quiso. En el 2006, gana el premio Casa de las Américas en el género de cuento con el libro: Dichosos los que lloran. En 2013 ganó el Premio Internacional Franz Kafka de Novelas de Gaveta, convocado en la República Checa con la novela El verano en que Dios dormía. Ha publicado en México, España, Puerto Rico, Suiza, China, Inglaterra, República Dominicana, Francia, EE UU, Colombia, Portugal, Martinica, Italia, Canadá, entre otros países.

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