El problema no son los almendrones

El problema no son los almendrones

El Estado cubano, en casi sesenta años de control absoluto, jamás ha podido mantener un sistema de transporte público eficiente, ni siquiera regular

‘Almendrón’ de la ruta Parque de la Fraternidad-Santiago de Las Vegas (Archivo)

LA HABANA, Cuba.- Hoy desperté al amanecer como de costumbre y me dispuse a trabajar, pero recordé que el taxi apenas tenía gasolina y decidí utilizar la bicicleta. Con la poca gasolina que  quedaba en el tanque no podría llegar lejos y mucho menos andar toda la ciudad en busca precisamente de eso,  algún carburante.

Por suerte mi auto es un Ford de 1959 con un motor Lada a ochenta milímetros que funciona bastante bien. El motor ruso también ya es veteranísimo, pasa de los treinta años pero se mantiene fuerte. Y si digo por suerte es debido a que  este motor Lada copiado a la Fiat por los rusos funciona con cualquier tipo de gasolina.

En Cuba se vende en los centros de servicio ―todas del Estado― la gasolina con 83 octanos (llamada “de motor”) a ochenta centavos de CUC,  la de noventa octanos (regular) a un CUC, y la de 93 octanos (especial) a un CUC con 20 centavos. El Diesel se expende a uno o uno diez el litro con un ppm de varios miles de unidades, limalla pura para su motor. No existen otras opciones para la mayoría. Un CUC equivale a poco más que un dólar americano.

Si eres extranjero, nuevo rico o funcionario importante del gobierno puedes llenar to r tu Mercedes o tu Audi con excelente gasolina B100  (100 octanos) en la estación de la rotonda de Playa en 5ta Avenida y calle 120, cuando hay, pero eso no es para todos.

Como les contaba: salí en mi bicicleta china Flying Pigeon, recientemente reconstruida por mi hermano, con un canistro asegurado en la parrilla trasera, y después de pedalear una hora y pasar por tres gasolineras cerradas, vislumbré una cola de autos en la estación de Ayestarán y Boyeros.

En la ventanilla de ventas un cartel anunciaba: “Solo se despachará cuando el auto esté en posición frente a la bomba”. Ya conozco la historia. Hay que hacer la cola como los demás aunque vengas sin carro, con un tanquecito en tus manos. Me estacioné con mi bicicleta detrás de un destartalado Lada que era el último y fui avanzando lentamente con la cola.

Estacioné mi Flying Pigeon frente a la bomba y en la taquilla me informaron que el único combustible que había era “de motor”. Qué remedio. Algunos habían tenido que abandonar la cola pues este carburante con tan bajo octanaje no sirve para los carros modernos y puede hasta destrozar el motor cuando se intenta acelerar. En mi cacharrito atraso un poco el tiempo en el distribuidor eléctrico y funciona bien el motor, o más o menos, porque pierde mucha fuerza.

Este tipo de gasolina no contiene ningún aditivo catalizador o booster, y se utilizaba antiguamente en los motores de camiones americanos hasta los sesenta, cuando se generalizó el diésel. Funciona bien en los potentísimos motores V8 americanos de los pocos autos que aún los mantienen en Cuba, pues la pérdida de un poco de fuerza no se echa a ver ante tanta potencia de los siete litros comunes en estas máquinas. Un motor de Lada tiene tan solo un litro y medio de cubicaje.

Volví a casa, eché la gasolina en mi taxi, y me senté media hora frente el ventilador para refrescarme del horrible calor del verano cubano. Después salí a trabajar.

Viajando por la ciudad, ya con clientes, me percaté del apreciable aumento en el número de bicicletas “resucitadas” que ruedan por las calles habaneras. Me recordó los dos millones de ellas que se llenaron las calles del país durante la primera mitad de los noventa, cuando casi fueron el principal medio de transporte de que disponíamos. No había otra cosa. Sospecho que podríamos regresar a esa situación, en especial “si se cae Venezuela”, como dice la gente en la calle.

No me siento capaz de volver a pasar por aquel infierno de hambre y miseria. Mi  cuerpo y mi mente, con veinticinco años más, no lo podrán resistir. Ya no nos queda la opción de escapar en una balsa. ¿Tendremos el valor de enfrentarnos finalmente al causante de todos nuestros males.

Pasé un par de ocasiones por la intersección de 5ta Avenida y Calle 10 en Miramar. El policía de tránsito y unos inspectores detenían vehículos al azar para inspeccionar la documentación y el estado técnico. La segunda vez vi como a un botero le retiraban la matrícula. No podrá trabajar por varios meses hasta que pase “el Somatón” (como se le llaman popularmente al único equipo tecnológico de revisión técnica).

Con la obsoleta cacharrería rodante que mayoritariamente contamina nuestras calles y la rampante corrupción, son pocos los vehículos que pasan el examen sin que medie un soborno a los funcionarios, que oscila entre quince y cien CUC.

El pasado 17 de julio, en la sección Cubadice del Noticiario Estelar, arremetieron de nuevo contra los boteros y el mal estado de los “almendrones”. Aun así no podemos vivir sin ellos, no dan abasto para la demanda de cubanos intentando transportarse.

El Estado cubano, en casi sesenta años de control absoluto, jamás ha podido mantener un sistema de transporte público eficiente, ni siquiera regular. Un cacharro americano  con setenta años de uso, reconstruido como un tanque de guerra, cuesta más que una casa mediana en el centro de La Habana (unos 20 mil CUC).

El Estado no quiere vender autos nuevos ni de segunda mano. No permite importar autos eléctricos. No puede importar ómnibus por su crónica crisis económica financiera y los pocos que llegan son destruidos rápidamente.

¿Hay alguna solución que no sea la de quitar a estos viejos y corruptos funcionarios que nos gobiernan para que esta nación comience pueda salir de tantos problemas, entre ellos el transporte?

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