Diez millones, una luz a la memoria de la nación

La obra de Carlos Celdrán es la metáfora elegida para ilustrar un fracaso mayor que aquella zafra malograda

LA HABANA, Cuba.- El disparate que representó la zafra de los diez millones (1970) inspiró al director de Argos Teatro, Carlos Celdrán (Premio Nacional de Teatro 2015), a componer un vívido recuento de lo que fue aquella época compleja donde el proyecto social, supuestamente en desarrollo, exigió tanta entrega de los cubanos que terminó por drenarles la conciencia y la humanidad.

La obra teatral “Diez millones” se caracteriza por una puesta en escena con la máxima economía de recursos: un escenario color quinquenio gris y cuatro actores capaces de transmitir, a través del vestuario, la palabra y el gesto, el espíritu de una década en la historia postrevolucionaria.

Daniel Romero, Maridelmis Marín y Caleb Casas encarnan a los miembros de una familia fragmentada por diferencias ideológicas, en un contexto donde las disensiones políticas eran castigadas. El primero asume el rol de un hijo zarandeado por el odio visceral de la madre revolucionaria contra el padre pequeñoburgués, quien se mantiene al margen de la vorágine política que sacude al país. Su personaje evoca la realidad de tantos jóvenes que en otros tiempos fueron acosados por tener el intelecto vivo, por no entender, no querer o no conformarse con un estado de cosas tan absurdo como aterrador. Hambre, incertidumbre y miedo se traslapan en los soliloquios del joven actor, desbordado en el empleo del recurso mnemotécnico para transmitir al auditorio un caudal de angustias y frustraciones.

Igualmente sobrecogedora es la actuación de Maridelmis Marín como la madre intransigente que parece llevar el manual de marxismo cosido debajo del brazo. Una mujer como tantas de entonces, que lo sacrificó todo –incluso su prole– para hacerse merecedora de vivir en el país de la revolución. Su personaje, en armonía perfecta con el hijo inseguro y el padre anulado frente a su convicción política, cierne una mezcla de espanto e incredulidad sobre el público; mientras Caleb Casas, en el extremo opuesto, asume un papel que cobra vigor y genera mayor simpatía a medida que el desenlace se aproxima.

El desdoblamiento actoral del experimentado Waldo Franco alterna el rol de narrador omnisciente con ciertos personajes oscuros, inquisidores, comodines de la censura que aparecen en cualquier momento, como una sombra maligna, para señalar y condenar. Sus entradas en escena pautan los momentos de transición, sea a través de la autorreflexión de los otros personajes, o mediante la apertura de un nuevo episodio narrativo, en el cual la historia de la familia acelera hacia la desintegración definitiva.

La mirada de Carlos Celdrán al conflicto es de una humanidad lacerante, toda vez que no se trata de colocar en primer plano un criterio político, por demás subjetivo. Lo importante es el saldo dejado por el autoritarismo y el fanatismo en la estructura primera donde se forma el hombre; así como las secuelas marcadas –en el plano colectivo e individual– por una etapa en que se deformó para siempre lo bueno, bello y verdadero de la revolución cubana.

“Diez millones” es una obra hermosa y dura. A pesar de la aridez material en que se enmarca, el público se deja subyugar por la expresividad de los actores y la fascinación que supone adentrarse en un momento histórico casi desvanecido en el recuerdo. Aquel suceso de la Embajada de Perú en 1980, que ha sido vendido a otras generaciones como un asalto a la sede diplomática por parte de desafectos y delincuentes, es desnudado –y desmentido– en el relato de un hombre común, cuyo único crimen fue pensar diferente, o no poder creer a ciegas.

Si para algo sirvió la esmerada propaganda anti Estados Unidos, fue para enervar el odio entre los propios cubanos, especialmente hacia quienes decidieron partir en medio de golpes, pedradas, rociadas de agua caliente y huevazos. Hasta ese extremo pudo llegar la estupidez y el radicalismo del glorioso pueblo de Cuba. “Diez millones” revive esas circunstancias y confronta a los que se fueron en los años del colapso, con la cara oculta y el rabo entre las piernas, luego de haber sido los más temidos “comecandela” de su tiempo.

Una cerrada ovación del público premia a los actores al concluir la última escena; pero los vítores quedan atascados entre pecho y espalda, bajo el peso de la vergüenza; porque la obra de Carlos Celdrán no es un mero intento de proteger la memoria contra los maniqueísmos políticos. “Diez millones” es la metáfora elegida para ilustrar un fracaso mayor que aquella zafra malograda. Es un espejo que revela, según palabras del propio director, “los otros muchos que éramos y que luego enterramos para sobrevivir”.

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