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Jueves, 24 de agosto 2017

De caracoles, clarias, peces león y demás invasiones

Tres animales introducidos en Cuba en la última década por ignorancia o estupidez que han modificado el ecosistema

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Caracol gigante africano (commons.wikimedia.org)

VILLA CLARA, Cuba.- El primer ruido por la importación irresponsable de peligrosas especies exóticas al país, sonó en 2014 con el molusco nombrado Achatina fulica.

Un aduanero entretenido —o corrupto— permitió a un turista practicante del sincretismo yoruba procedente de Lagos, Níger, la entrada de un ejemplar vivo del caracol africano más mortífero y depredador del que se tenga noticia. Lo traía, declaró después, por encargo de suma santería.

Acto seguido, recordándose la beatificación ochentona hecha en aquellas selvas-afro por el mofletudo rey-puesto al insular rey-de-puesto —quien giraba entonces por campamentos de su soldadesca sufragados por el Kremlin—, el aeropuerto entero cayó en trance y de bruces se postró, turulato, dejándolo continuar en paz, monstruo consigo.

Traía la babosa terrenal de mayor tamaño: su concha puede medir hasta 30 cm de longitud y 8 cm de alto. Aunque es especie herbívora, come de todo, incluidos excrementos, ciertos áridos y materiales dúctiles de construcción por postre (si llegara a “vacacionar” en alguna instalación del consorcio Gaviota, la dejaba sin paredes, pues entre el pladur y el yeso que priman, se mecen sus exquisiteces).

En cautiverio, puede consumir alimentos de origen animal, como comida de perros y gatos, aunque es notable que el caracol común también consume lo que aparezca en épocas de lluvia. Máxime que perros y gatos del país andan en desbandada sin dinero ni comida fija (porque no las tienen ni sus propietarios).

Actualmente está extendido el bicho por Sudamérica: en la madurada Venezuela y en la macrina Argentina, en muchas islas del Pacífico y, en general, por todas las zonas tropicales del mundo (no solo donde existan generales).

Aparece en la lista de las 100 especies invasoras más dañinas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Algunos lo han convertido en mascota tenebrosa. Sin embargo, es ilegal en varios países, entre ellos España (desde 2011); ahí ha terminado inscrito en el Catálogo de Especies Dañinas a Desterrar; así como en los Estados Unidos, donde la McDonald’s no tiene todavía ningún interés en filetearlo, como sí hemos hecho en las pescaderías cubanas con la mixturada claria-clariidae (Clariallabes) —mitad pez gato africano (Clarias gariepinus) y mitad pez tigre malayo (Panthera tigris/Gunther) pertenecientes a la familia Alestidae— que hoy es capitana-depredadora de todas las invasiones de oriente a occidente. Lo peor reside en su felinidad, pues traga ratas, ratones y hurones portadores de espiroquetas y leptospiras sin padecerlas.

Las bestezuelas clarias pueden dar albergue a muchísimas variantes de digeneans entre miríadas de endo-y-ecto-parásitos, reservorios del mal humano y el caos ecológico. Pueden sobrevivir casi como las cucarachas hasta una explosión nuclear y cuando no tienen qué comer después de andar tres días por esos caminos del mundo sin agua y sin aliento, pues se devoran entre sí, o como cualquier batracio: se entran a dentelladas no solo en la piel.

Porque siguiendo los pasos ahistóricos de la gorronización de la isla por orden de un dictador anterior para desplazar a las cagonas golondrinas, un edecán del MINFAR las introdujo desde Vietnam, China y Tailandia bajo premiable encomienda en los 90s, con el fin de salvarnos de la inanición. Existe un corto titulado “Revolución Azul” (Fabián Archondo, 2008) que ofrece confesión del oficial diseminador —Macario Toledo— quien muestra un exuberante orgullo patrio en tan descabellada acción, desde el matancero Hershey donde la propagó.

Resulta cómica la tesis de que la Brigada 2506 pretenda reclutarla para destronarnos algo, dado que puede convertirse en plaga comilona dando cobijo a nemátodos asquerosos, parásitos que se alojan en los tejidos fibromusculares y secretan en la baba, ocasionando afecciones como meningoencefalitis eosinofílica y angiostrongiliasis abdominal, transmitidas por la lombriz Angiostrongylus cantonensis, que infecta los pulmones de las ratas. (Ya por suerte, en el barrio Chino de Zanja no venden ratas fritas por pollos, y del pesca’o, mejor ni hablemos). Así que para “gusanos” entrenables, con aquellos brigadieres basta.

También conforman vectores de la bacteria gramnegativa Aeromonas hydrophila, con distintos síntomas, principalmente vómitos y diarreas continuas en las personas con sistemas inmunológicos delicados, siempre en el supuesto caso de que su preparación para el consumo no haya sido bien realizada, ni debidamente neutralizada su carne con cloro o sosa caústica. Asimismo, el consumo u olisqueo de esta especie por parte de animales domésticos desesperados les ha causado muerte instantánea.

De alguna venenosa manera, el mortífero pez león (también africano) —que ya se expandió a través del país por obra y desgracia del personal alocado de cierto acuario—, sumado a este caracol nefasto más la imparable claria, se han apoderado en conjunto del mar y la tierra cubanas exhibiendo semejanzas fulminantes.

Somos los humanos culpables de casi todo error cometido en la naturaleza, la que suele portarse más sabia ubicando a alimañas atroces en remotas regiones y no aquí, donde prima la indefensión y el desconocimiento.

Pero nosotros, seres conscientes cruzados con burros, hacemos siempre lo contrario (justo donde todo es más frágil).

El trueque médico-económico actual con el resto del mundo ha estrenado muchas enfermedades inexistentes en Cuba hace apenas unos años: el dengue hemorrágico, el cólera, el H1N1, el zika y esa fiebre impronunciable. Hasta que un día nos sorprenda  el ébola. Todo a causa de no poner como se debe a nuestros entes serviciales en respectivas cuarentenas.

El caracol es una especie terrestre de la familia Achatinidae, en el orden Pulmonata. Algunas oriundas tribus ¿también habaneras? lo ingieren con sumo cuidado por sus oscuros poderes indemostrados. Luego lo gritan a henchido pulmón. Somos “los caballos” —gritan— y ya sabemos cómo nació esa animalidad.

Por Capricho Aduanero, como la canción.

Ahora nos tocará “(re)mover” los caracoles para librarnos de la tripleta devoradora.

Igual que algunas variedades, Achatina fulica es además hermafrodita, y crece y se reproduce a gran velocidad, por lo que puede ocasionar graves daños en ecosistemas y cultivos. Alcanza este “machihembro” —no registrado en el CENESEX—, la paridera de 1200 descendientes anuales. En su ma-pa-trimonio, deviene felicísimo consigo mismo, aliviado de impertinente consorte.

Se recomienda no tomarlo con las manos desnudas y menos si en ellas hay cortaduras o heridas (se debe usar guantes siempre). En zonas cercanas a la feria agropecuaria de Rancho Boyeros han sido hallados hasta 200 miembros de esta secta irreligiosa en una sola mata. Porque a ellas trepan, como gallinas, habiéndolas emponzoñado antes.

Si restara lugar, el resto de la prevención requerida que lo haga el MINSAP, transitando por La Habana infestada palo y cubo en mano, a ver si es posible retardar aún este avance fiero, con la altísima ayuda del Señor, y de nosotros, los eternos pe(s)cadores.

Acerca del Autor

Pedro Manuel González Reinoso
Pedro Manuel González Reinoso

(Caibarién, Las Villas, Cuba) Actor, escritor y activista social.

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