Cuando el agua regresa a la tierra

Cuando el agua regresa a la tierra

Nada enciende más el espíritu que ver perderse al agua. Sea clorada o contaminada

VILLA CLARA, Cuba.- Así intitularon una serie aburridísima hace unos años. Los de la sola, insípida, culebreada y monocorde TV “revolucionaria”. Aventuraba que iba a tratarse de un novelón ecologista.

No pretendían sus realizadores demostrar lo inexorable del perenne ciclo hídrico, sino describir en un rejuego al azar de palabras altisonantes nueva suerte de elipsis metafórica, para designar la recurrencia fatal de ciertas cosas. Humanas por demás. (Aunque hubiese algo de grosera liquidez rondando en todas ellas).

Esta es la antigua cisterna de nuestros reyoyos edificios del realismo socialista en Caibarién.  Tiene la bicoca de más de 40 años sirviendo ininterrumpidamente al pueblo.

Ha acumulado dentro toneladas de lodo acompañante que luego entre todos hemos debido vaciar, para no morir de enfangamientos.

La egregia turbina, que abastece a estos conglomerados, es una heroína de la edad cavernaria. Fue traída de paquete para el estreno mundial en 1974, pero la edad de su especie no supera indemne a la treintena.

Hace mucho pues que colapsó. Sobrevive como puede a cacharreos vecinales y  reparaciones constantes y transfusiones colectivas del dinero para piezas, no obstante la delegada popularísima —que casualmente es la vicepresidenta del gobierno–, haya anunciado mil veces en medio de campañas electivas y rendiciones de ¿cuent@? que “ya la sustituta de la enferma anda muy cerquita”. Tanto como ella misma. Lo que quiere decir: volando o al garete.

Lo que la gente no ha podido conseguir de ningún modo es que deje de botarse. Todos los días del mundo —excepto cuando hay ciclón o rotura de la conductora–, desde hace más de un año, su capacidad desborda… hasta el imaginario.

Exista suministro estable o sequía extremas en la zona, nuestra cisterna es una proveedora fehaciente del líquido imprescindible para expandir vida en derredor. Como una diosa profana de la abundancia.

En zanjas kilométricas, afluentes y raudales, anida toda clase de fauna invisible/peligrosa para la vida ajena, y en ellas van a abrevar hasta los perros del paraíso (con el perdón de Abel Posse).

Nadie hace nada para detener tal desperdicio. Y no es lo peor que no tenga una tapa digna –oxidada y no agujereada– como debe de ser de hermético nuestro depósito común, cosa que también importa para evitar infiltraciones hasta del acechante enemigo: No. Es que le falta el cabrón flotante de menesterosas pulgadas que sólo posee la Empresa Constructora Militar, propiedad de quien todos sabemos: El pueblo uniformado. ¿Dixi?

Nadie se ha atrevido a preguntarle a nadie por qué esos camaradas solidarios y combativos no ceden la mierdita de un artilugio interruptor para ahorrarnos los millones que se dilapidan groseramente día tras día. ¿Será por el bronce del titán que ahora materias primas sobrevalora en sus desprovistos almacenes?

Nada enciende más el espíritu que ver perderse al agua. Sea clorada o contaminada. No resistimos ya, a esta altura de los años vividos el goteo ruidoso y vil de una pila indolente. Entonces: una cisterna…

Hemos sufrido sed y carestía. Entre otros males no dignificantes del cuerpo ni el alma.

Sabemos de cuántos lloran y rabean en cualquier parte del universo por un jarrito siquiera.

Y nos encojona decirlo. Como no lo consiguió la igual de dulce teleserie.

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