Acosta Danza cierra el año 2016 con su ‘Temporada de Otoño’

Acosta Danza cierra el año 2016 con su ‘Temporada de Otoño’

La compañía volvió a mostrarse brillante ante el público

LA HABANA, Cuba.- La noche del 7 de diciembre, en el Gran Teatro de La Habana “Alicia Alonso” iniciaron las presentaciones de la compañía Acosta Danza bajo el título “Temporada de Otoño”. Cuatro obras: Hokiri, Derrumbe, Babel 2.0 y Tocororo Suite, conformaron un programa variado y extenso, matizado por la altísima calidad y el rigor estético que distinguen a la nómina dirigida por Carlos Acosta.

La primera pieza de la noche fue Hokiri, una coreografía del francés Mickael Marso Riviere; interesante no solo en su concepto danzario, también en el diseño de luces que generó una atmósfera de fuertes claroscuros, acompañada por una música cargada de intención y suspenso. Una obra difícil, con muchos bailarines en escena que representan la continua unión, regeneración y desvanecimiento de la existencia humana.

Es un ciclo que se resiste a la explicación, el silencio de los cuerpos que empiezan a convulsionar levemente al compás de un piano monocorde, persistente como la voluntad de la vida por abrirse paso. Los bailarines hacen lo suyo con una agilidad invertebrada y esa asombrosa capacidad de abstracción desde el lenguaje corporal. Una obra circular, compleja en sus digresiones, que cierra con el planteamiento metafísico de los seres yendo hacia la luz.

Derrumbe, del coreógrafo cubano Michel Altunaga, representa una escena de ruptura. La pareja integrada por los bailarines Marta Ortega y Mario Sergio Elías protagoniza el declive de un amor. El antagonismo visceral de los amantes se enfatiza desde la ausencia de música. El ruido y las estridencias se adueñan de la escena donde ambos chocan con violencia. Los cuerpos, sometidos a un rudo ejercicio de atracción y rechazo, llegan al límite de sus fuerzas. Es una obra rebosante de poesía y realismo donde la incertidumbre, el dolor y la desesperación son eficazmente comunicadas a través de la danza.

No hay conciliación. Por momentos el fuego de antaño impone una tregua efímera que acelera el desenlace. Los amantes describen el abismo que los separa con cada parte de su cuerpo en una danza-pelea feroz, devoradora y extenuante. A su alrededor se precipitan efectos personales que simbolizan el derrumbe inexorable. A medida que la ruptura se hace inminente, las ropas caen más rápido. El panorama es desolador, la angustia crece, la danza se torna estertor y de pronto cesa. Punto final.

Con el ánimo de los presentes sacudido por el Derrumbe, subió a escena Babel 2.0, de la creadora catalana María Rovira. Con una escenografía parca, pero efectiva, y un desempeño magistral por parte de los bailarines, el mito de la Torre de Babel fue recontextualizado a partir de una visión contemporánea. La música espléndida y un impresionante diseño de luces convirtieron aquella media hora en un pasaje inolvidable.

Caos, confusión, cisma; la tragedia de la incomunicación en la era del microprocesador, donde “todos estamos conectados”. La vertiginosidad de la existencia contemporánea  ha hecho crecer el vacío entre los seres humanos, cada vez más habituados al contacto virtual. Este conflicto, desde el plano danzario, se expresa mediante torres humanas que se elevan, caen y desintegran como espuma.

Babel 2.0 es una obra de fuerza y agilidad, que demanda una implicación absoluta por parte de los bailarines. En obras de esta magnitud sobresale la excelencia de la nómina de Acosta Danza. Sin ser una pieza destinada a resaltar individualidades, Julio León y Yanelis Godoy conmovieron de nuevo al público con su secreta, inexplicable congruencia. Pero absolutamente todos se entregaron al extremo de experimentar únicamente ese “caliente-frío-caliente” de la danza en que ya el cuerpo no les pertenece. Sin dudas una gran obra de arte, digna de una gran compañía de danza.

La velada cerró con la obra que catapultó a Carlos Acosta al Olimpo de los artistas consumados: Tocororo Suite, que fuera estrenada en 2003 con un apabullante éxito de público y crítica. Una obra ambiciosa y sólida, animada por un concepto cultural que se revela en cada aspecto del montaje: desde el diseño escenográfico solucionado con un collage que recrea La Habana profunda, hasta la ejecución —en vivo— de jazz, rumba y pasajes del folclor afrocubano.

El desafío entre un bailador popular y un bailarín clásico resume la trama de la obra, aderezada con un logrado ambiente costumbrista y sentido del humor. Los roles protagónicos estuvieron a cargo de Luis Valle (Tocororo), Verónica Corveas (Clarita) y Alexander Varona, artista invitado que encarnó al seductor, parrandero y guapo bailador de todo lo bailable dentro del acervo popular.

Un cuadro de tipos y costumbres que amalgamó lo mejor de la danza clásica y los bailes cubanos, para recrear el supuesto antagonismo entre lo culto y lo popular. Espectacular cierre de un programa cuidadosamente “curado”. Y es que han crecido tanto los bailarines de Acosta Danza que pronto no habrá forma de alcanzarlos con palabras.

Tocororo Suite fue un precioso pasaje a la nostalgia, a otros tiempos en que cada solar habanero tenía sus conflictos y sus muchas alegrías. Inmejorables las actuaciones de los bailarines en sus roles solariegos. Soberbia demostración de baile. Del guaguancó a la danza clásica, Tocororo representa la mezcla cultural que nos caracteriza.

[fbcomments]