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Sábado, 18 de noviembre 2017

¡Hay que ser cara de guante!

El régimen invita a los cubanos a “apropiarse de esta fiesta grandiosa del turismo ecológico”

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VILLA CLARA.- Cualquiera que reciba y/o atienda las seguidillas que martillan las radio, prensa plana y TV —que hoy acrecientan su cantaleta a troche y moche, especialmente acerca de la celebración entre los próximos 25-30 de septiembre en Holguín del aniversario de ECOTUR, adscrita al MINTUR (Ministerio de Turismo) tras dos décadas de anonimato y el descalabro impopular—, se sorprenderá del descaro y la falta de ética ciudadana que exhiben sus promotores al “invitarnos a pasear” y gastar el dinero en ella como si fuésemos un pueblo súper solvente, habituado al senderismo, la caza en cotos privados, apuestas en reyertas de gallos finísimos, apreciación personalizada del éxito en ¿la cría y desarrollo? de los ganados, la bucólica contemplación del paisaje que agazapa insectos en el marabú, criollos yantares del clásico cerdo en púa, y las más hermosas interacciones con las aguas del entorno nuestro.

Sin ningún recato, estos compañeritos de la empresa homenajeada, alaban públicamente la maravilla que constituye el aspirar aires descontaminados (nunca acondicionados), mirar crecer y dar cálido hálito de vida a los árboles (por alguien plantados que no fuimos nosotros) y acariciar animalitos silvestres, plagar de sensaciones nuevas la vista, el olfato, el gusto y la escucha, disfrutar de coloridas aves canoras, fierecillas domadas, y experimentar por fin vértigos inolvidables en deslizamientos riquísimos para el cuerpo y el alma divertir, sobre algún artefacto motor o aéreo de los muchos que disponen (en alquiler carito, clarito) tan benéficas instalaciones diseminadas por las mil islas.

¿Olvidan los propagandistas que en Cubita La Bella, ningún natural está aprobado para montarse a ninguna embarcación, animal de trote o nave de paso —salvo salvoconducto adjunto, o la pertenencia a la dinastía— muchísimo menos para hacer en ellas lo que se indica en estos libelos impresos a toda leche, plegables de porquería: la pesca selectiva ¡que cuida las especies de la extinción pero te deja comer lo pescado!, el paracaidismo empírico o la inmersión contemplativa, o la espera del desemboce de un nuevo día sobre el catamarán, o la avioneta descontinuada desde la Segunda Guerra Mundial, o un atardecer rojinegro que evoque al cuartel atacado, sea por encima de la tierra, junto al mar, porque la joint adventure palpita en calidades vigiladas por una marinería muy superior a la ligerísima armada norcoreana? ¿Qué añadir, pues, de la pesada flota?

Hay que tener testículos de corcho, sesos de mármol y caras de guante de béisbol, para pararse desfachatadamente delante de la gente hastiada y masacrada por el día a día abrasador, a pedirles “apropiarse de esta fiesta grandiosa del turismo ecológico” la cual, a ningún nacional medianamente colocado sobre las ventajas íntimas o los goces que esta modalidad ofrece a cualquiera en el mundo, ni queriéndolo, le importará un soberano bledo irse a las antípodas cuando otras urgencias le gimen por prioridades.

Porque se trata de una excitación macabra a apretar el cuello, una exprimidera del coco ya seco, para hacernos desistir del verdadero asunto que es diseccionar la médula de la nación raquítica e intentar curar al país que se debate entre callar lo que se piensa del desastre y a estar de plantón sin alterarse a la caza de tiempos ¿mejores?, dejándole el problemazo a  los congéneres (en babia).

No sabría si felicitar a los disciplinados trabajadores del ramo o darles el sincero pésame por el esfuerzo histriónico que precisan desplegar para conservarse a raya, dentro de los parámetros convenidos/convenientes.

Entre las tentadoras propuestas para este aniversario, estarán los “redescubrimientos” oportunistas de las extraviadas “rutas del café, del cacao, del esclavo, etc.”, partiendo algunas desde Baracoa, ciudad primada, pero todas en el oriente cubano.

Veinte años tirando de la cuerda para amarrar la vaca que pasearán extranjeros felices, complacidos hasta el tuétano por la inusual frotadura que les da “el cuero”, y que los isleños salvajes no se la coman a dentelladas en su presencia cuales primermundistas amilanados, seguirá siendo “tarea de tod@s”; los que no tienen zapatos (literalmente hablando) ni razón para tenerlos (muerta ya la industria tenera).

¡Que viva pues, la ecología!

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Acerca del Autor

Pedro Manuel González Reinoso
Pedro Manuel González Reinoso

(Caibarién, Las Villas, Cuba) Actor, escritor y activista social.

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