Yo sé de médicos que no comulgan con “homenajes”

Yo sé de médicos que no comulgan con “homenajes”

Los médicos no son tan altruistas como se empeña en mostrar el gobierno. Ya sé de muchos que no dicen lo que piensan

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Médicos cubanos antes de partir a Italia, junto al ministro de Salud Jose A. Portal Miranda (foto: MINREX)

LA HABANA, Cuba. – En Cuba se destacan las noticias que el gobierno dicta. La mayoría de esas noticias que alcanzan privilegio, en espacios bien visibles, no tiene ninguna trascendencia; son sucesos sosos que mueren al día siguiente, como es el caso de cierta “proeza” que se hiciera notar en la televisión nacional, y donde miramos a un Erick Rodríguez que estuvo pegando a un balón de fútbol, con la cabeza, durante una hora con cinco minutos y seis segundos; mientras que un peso de 1,5 kilogramos impedía el movimiento de cada uno de sus pies, para conseguir que todo el protagonismo estuviera  en la cabeza golpeadora.

Y esa “noticia” no me interesa, y puedo vivir sin enterarme de tal “hazaña”. La verdad es que puedo vivir sin la mayoría de esas noticias a las que en Cuba dan tintes de trascendencia, de heroicidad casi. No me interesa golpear un balón con la cabeza mientras mis pies permanecen atados y sofocados por un peso enorme, tampoco me interesa golpear el balón con las piernas sueltas. No me interesan esos cabeceos que violentan la libertad de los pies. No creo en un suceso, en una noticia, que se produce para hacer desaparecer otros detalles de importancia.

Todo ese “aparataje” para hacer homenaje a los médicos que volvían de Turín. ¿Y qué importancia se puede atribuir al golpeteo de un balón con la cabeza, mientras los pies permanecían inmóviles, atrapados? ¿Qué relación guarda la vuelta de esos médicos con las patadas al balón? ¿Qué valor puede tener esa noticia, más allá de visibilizar la sinergia del cuerpo humano? Creo que sería más útil reseñar la vida de quienes viajaron a Turín e indagar, con libertad, en las razones que los llevaron a hacer el viaje, aun sabiendo que algunos podrían regresar enfermos, o muertos, sin que pudieran insistir en la crianza de los hijos, sin que pudieran atender a otros enfermos, esos otros enfermos que quedan desamparados cuando el responsable de sus sanaciones viaja a Turín, a Haití, a las ricas profundidades del África, de esa África que el discurso oficial nos hace suponer tan pobres.

Ningún cabeceo de balón, ninguna reseña en la prensa oficial, ningún saludo lejano o virtual del presidente, consigue hacer justicia a esos médicos que viajan para que el gobierno llene sus arcas desoladas, para que el gobierno se jacte de sus “altruistas emprendimientos”. Y es que no son tan generosos nuestros médicos, no son todo lo solidarios que el gobierno quiere hacer notar. “Nuestros médicos”, para emplear el mismo término que usa el discurso del poder, viajan porque no les queda otro remedio, viajan por necesidad, por conveniencia, por dinero y pacotillas.

Los médicos viajan también para evitar la etiqueta de “traidores”. Los médicos se montan en un avión, dejando atrás a la familia, porque el dinero que el gobierno les paga por consultas y largas horas en “cuerpos de guardia”, es una burla, una estafa grandísima. Los médicos viajan por un poco de pacotilla. Los médicos viajan, incluso, por viajar…, para hacer ese trayecto a una desconocida geografía que no podrían hacer de otro modo. A fin de cuentas, Turín también podría valer alguna misa, y doy fe de ello.

Vale la pena desandar esa ciudad que se levanta a orillas del rio Po y disfrutar de sus más viejas construcciones, de las novísimas. Lo que sí no es nada bueno es que lo ganado por los médicos no vaya a parar, todito, a sus bolsillos, y peor resulta que hasta tengan que conformarse con los televisados cabezazos a un balón para celebrar la vuelta sin prestar mucha atención a los riesgos. No vale la pena hacer un imprudente viaje que se celebrará luego con una reseña de periódico y algunos aplausos a las nueve de la noche.

Los médicos no son tan altruistas como se empeña en mostrar el gobierno. Ya sé de muchos que no dicen lo que piensan, que esconden sus angustias y chillan vivas a la revolución que los explota. Se de esos que se explayan haciendo discursos altruistas que no son más que la garantía de otros viajes, de otras “búsquedas” para enmendar en algo el vacío en sus bolsillos. Sé bien que muchos harían el viaje definitivo al norte si es que “se diera la oportunidad”, aunque el gobierno les imponga castigos luego, aunque el castigo los aleje de los hijos y de toda la familia.

Yo sé de médicos que no comulgan con esos “homenajes” que hacen recordar algunos actos que solamente son aplaudidos en el circo, bajo una carpa. Y quizá muchos de esos médicos descubren, en esos actos de recibimiento, sus propios malabares, esos que propician la sobrevida. Muchos de esos médicos hacen enormes sacrificios para vivir con cierto desahogo, mientras otros dan golpes a un balón, a un país entero, con la cabeza, con los pies, y hasta con las nalgas, como aquel Chaplin de “El gran dictador”, aquel Chaplin que hace recordar a Hitler mientras danza, mientras manipula y golpea al mundo con las manos, con la cabeza, con los pies, y hasta con las nalgas… hasta que consigue reventar al mundo, de la misma manera en que se revienta un globo.

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Acerca del Autor

Jorge Ángel Pérez

Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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