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Jueves, 23 de febrero 2017

Violencia en Cuba, los orígenes del mal

Asesinato, robo, asalto, violación, son palabras que han ido permeando las charlas diarias de quienes viven en la Isla

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Joven habanero con una pistola tatuada en el brazo (foto del autor)

Joven habanero con una pistola tatuada en el brazo (foto del autor)

LA HABANA, Cuba.- Asesinato, robo, asalto, violación, son palabras que han ido permeando nuestras conversaciones diarias hasta convertirse en la preocupación de aquellos que ven en esos temas tan recurrentes, una señal de que algo negativo ha estado aconteciendo en los últimos años.

El auge del tráfico y uso de estupefacientes, una cultura de la diversión centrada en el consumo de alcohol, la transformación de Cuba en una de las principales plazas para el turismo sexual, el consecuente aumento de la prostitución y la aceptación de esta como generadora de un estatus social elevado, una economía en crisis perpetua, son algunos de los factores que son señalados como catalizadores del aumento de la inseguridad.

Marciel Sánchez, psicólogo, también considera otros fenómenos como la desarticulación del concepto de familia y la violencia incorporada al sistema educativo durante muchísimos años: “No debemos olvidar que los que hoy tenemos más de treinta y cinco crecimos en un medio extremadamente violento como son las becas en el campo o las escuelas militares de nivel medio. (…) Nacieron de un proyecto político que buscaba la construcción del llamado hombre nuevo del socialismo, una entelequia que no consideraba la verdadera complejidad del ser humano. (…) La educación dentro del seno familiar se consideraba un factor de debilitamiento del carácter, la disciplina militar y la imposición de esta por medio de la fuerza bruta eran el método. (…) En las becas todos experimentamos los castigos físicos, la violencia que genera el hacinamiento, el trabajo duro obligatorio que era no otra cosa que trabajo infantil, la lucha por la supervivencia, el alejamiento de nuestro círculo familiar, la estigmatización de cualquier credo religioso y de cualquier conducta humana que fuera signo de debilidad ideológica o física”, afirma Marciel.

Sin embargo, hay quienes creen que fue la crisis económica de los años 90, el llamado “Periodo Especial”, la que condujo a la situación actual:

“Creo que nunca tuvimos una época de oro”, dice Daniela, una psicóloga con experiencia en el trabajo con jóvenes que guardan prisión por hechos de violencia: “pero en los años 90 se vinieron abajo muchas estructuras y hubo un aumento de los delitos relacionados con la violencia, surgieron pandillas juveniles o grupos articulados con la prostitución, el mercado negro. (…) Recuerdo haber oído hablar de pandillas en los años 80 y de asesinatos, de asaltos en las calles, de robos con fuerza. (…) El sistema de becas no tiene la culpa, depende de cuáles becas hablamos. Pero es cierto que en la mayoría se reforzaron conductas negativas que provenían de nuestra propia cultura machista donde los hombres no deben llorar, o donde todo se resuelve con un par de trompadas y si no lo haces, eres mariquita (homosexual)”.

“Decir que somos violentos porque es nuestra cultura, o nuestro carácter, no es totalmente cierto”, opina Karelys, una joven estudiante de pedagogía: “De hecho, no somos un país considerado violento como México, Honduras, creo que pudiéramos ir hacia allá debido a que se están dando algunas condiciones. Han aumentado el consumo de drogas, la prostitución, la corrupción. Esas cosas son determinantes. Lo cultural, el machismo, no puede explicar todo el fenómeno en general donde también hay mujeres con conductas violentas o con expresiones de violencia”.

Desde las pandillas

(foto del autor)

(foto del autor)

La mirada desde el epicentro del fenómeno y no como objeto de estudio tiene sus particularidades.

Julio, alias “El Ñato”, un joven que estuvo asociado a una pandilla, nos ofrece su visión del asunto: “No lo veo como una pandilla ni como violencia, lo veía como un bonche (una broma). Estás con tus amigos del barrio y te vas a una fiesta, te emborrachas y haces el día con cualquier infeliz que pasó. Le demuestras al grupo que eres un tipo que hay que respetar. Te comienzas a tatuar cosas o a vestir de manera que te vean como tú quieres que te vean. (…) En el barrio, si te dan (te golpean), tú tienes que dar, porque después no hay quien te quite el cartel de penco (cobarde). (…) Creo que hay mucha violencia y es que la situación es muy difícil. Buscarse el dinero es una verdadera lucha. El dinero está en la calle. Hay que saber buscarse la vida en la calle”.

Hirán, otro joven expandillero, nos señala algunos de los factores que él considera como desencadenantes de la violencia:

“No tienes nada, y lo poco que puedes luchar tienes que defenderlo. Tú solo no eres nadie en la calle y si no te das a respetar, estás jodido. (…) Si no te tienen miedo, entonces te chivatean. Tienes que mostrar en el barrio que si se meten contigo la van a pasar mal. Todo el mundo en Cuba está en algo ilegal para ganarse la vida, pero si no te haces respetar, te la aplican (te agreden)”.

Ernesto, un adolescente, aunque lleva tatuados varios signos de la violencia en su cuerpo, no considera que sea una persona violenta, sino que todo en él representa el entorno en que vive:

“No soy violento”, afirma Ernesto, “pero todo lo que me rodea es violencia. Hasta la música que ponen en las discotecas te lleva a la violencia, en la escuela hay violencia cuando un profesor te grita o te castiga, cuando te chantajean o si tienes que comprarte un par de zapatos y no tienes forma de ganar dinero de manera legal, si tienes que comer o si tu mamá o tu hijo se enferman y no sabes cómo darles de comer, en todo eso hay violencia. (…) Tengo amigos que están en pandillas y a veces es hasta para impresionar a una chiquita, porque hay mujeres a las que les gusta eso. También están las pandillas que son violentas sin ningún motivo, como esa de 100 p´arriba  o Los Trescientos (…) llegan a una fiesta y dan golpes o pican a alguien solo por divertirse. Con eso sí no estoy de acuerdo”.

Cuba está considerado un país seguro para el turismo y no clasifica entre los más violentos de la región. La prensa autorizada a circular, así como los noticiarios oficialistas de radio y televisión no reflejan hechos de sangre por una política de silencio al respecto instituida por el gobierno, que también controla la publicación de estadísticas delictivas, sin embargo, algunos habitantes de La Habana, así como personas de paso por ella, consideran que viven en una ciudad en la que se debe andar con mucha cautela debido a un nivel de criminalidad en ascenso y con signos evidentes de organización en torno a las drogas, la prostitución y el tráfico de personas.

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang
Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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