El extraño caso de Pepe Mujica

El extraño caso de Pepe Mujica

El expresidente uruguayo, apodado “el Arjona de la política”, no ha sido autoritario, pero jamás ha condenado tajantemente el castrismo

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(rtve.es)

LA HABANA, Cuba. – “El poder no cambia a las personas, sólo revela quiénes verdaderamente son”, dijo una vez José Pepe Mujica, rehaciendo un viejo aserto. En referencia al valor de la vida humana en sí misma, aseguró también que “no hay derecho a sacrificar la vida de una generación en nombre de una utopía que yo qué sé lo que va a pasar”. Claro que no.

Hay muchísimas frases memorables del hoy expresidente y exsenador uruguayo. Sobre el dinero. Sobre el consumismo desenfrenado. Sobre la muerte y la soledad y la prisión. Sobre tantas cosas que hay quien lo ha llamado “el Ricardo Arjona de la política”, como quien dice que mucho verso para tan poca música.

Y no porque se trate de un político tan buen hablador como buen vividor, pues Mujica se ha hecho enormemente célebre como “el presidente más pobre del mundo”, por vivir en su finca y no en Palacio, por su viejo VW, por donar casi todo su salario y por su desinterés material.

Pero es que sus sermones de puritanismo se desinflan al lado de algunos comentarios sobre la situación de Venezuela, por ejemplo. Es difícil que un político sea humilde y Mujica, además, quiere dejar bien claro que él es un paradigma, que tiene opiniones muy precisas y que hay montones de gente viviendo equivocadamente.

Y puede criticar con dureza a Daniel Ortega e instarlo a que abandone el poder, declarar que Nicolás Maduro está loco como una cabra y aclarar que no todo es culpa del imperialismo, para terminar con la afirmación de que “lo que está sucediendo en Venezuela no es culpa de Maduro”, sino de la riqueza petrolera del país. Uf.

Cosas así se tornan muy sospechosas, sobre todo si se suman a las recientes condenas del Frente Amplio y del propio Mujica contra Luis Almagro, Secretario General de la OEA, por su decidido enfrentamiento a la dictadura de Maduro —y en definitiva al eje Habana-Caracas-Managua—, cuando se revelan cada vez más las subvenciones chavistas a la izquierda continental.

Esteban Valenti, excomunista miembro del Frente Amplio, que ha discrepado a veces del partido de gobierno, acaba de asegurar que los políticos oficialistas “defienden a Maduro por negocios, porque si cae Maduro y habla, caerían empresas y funcionarios uruguayos que han robado a Venezuela”.

Lo cierto es que Pepe Mujica y su amigo, el hoy presidente Tabaré Vázquez, que han encabezado una secuencia democrática en Uruguay más encomiable que la de otras izquierdas en América Latina, no han mostrado intenciones autoritarias ni están contentos con la tragedia venezolana, y conocen bien lo que ocurre en el régimen de Maduro. Así que, para muchos analistas, su actitud tiene motivaciones que van más allá de los intereses políticos.

Almagro, sin medias tintas, definió a sus detractores: “Defienden dictaduras, defienden opresión, defienden represión, defienden tortura, defienden a los torturadores, defienden a los asesinos, defienden a aquellos que violan a los presos políticos. No sean ridículos, no sean imbéciles”.

Mujica no es imbécil. Seguro. Ni siquiera cuando se pasa unas horas visitando a Da Silva y asegura que “Lula es una causa, no es un hombre”. Como tampoco lo es Noam Chomsky cuando va a ver al político preso y declara que debió ser presidente de Brasil.

En noviembre, el uruguayo se codeó con Roger Waters, el legendario exbajista de Pink Floyd, que fue a dar un concierto y a hacer anticapitalismo en Montevideo. El músico se confesó admirador del exguerrillero. Hace poco Pepe fue incluido en el libro educativo Cien personajes que cambiaron el mundo, de Miralda Colombo e Ilaria Faccioli, junto a Picasso, Steve Jobs, The Beatles, Gandhi, Shakespeare, Marie Curie, Voltaire y otros intelectuales, científicos y aventureros de todos los tiempos.

En Venecia fueron exhibidas dos películas sobre su persona, La noche de 12 años, de Álvaro Brechner, sobre sus duros años como preso político, y El Pepe, una vida suprema, de Emir Kusturica, documental sobre el expresidente que luego inauguró el reciente Festival de Cine de La Habana, donde, según el director serbio, “Mujica es un dios”.

Ciertamente, aquí muchos admiran al Pepe, sobre todo por sus frases y por el desengaño con Chávez y Lula. Les encanta eso de que “si el socialismo no dio resultados en la Unión Soviética, no los dará en ningún otro, mucho menos en sociedades subdesarrolladas con bajos niveles de instrucción como las de América Latina”. O que “no hay que tenerle miedo al capitalismo, sino a la pobreza. El socialismo debe ser hijo de la abundancia, no de la escasez”.

Aunque no se explica cómo alguien honesto puede llegar tan tarde a verdades tan tempranas, hay, sin embargo, algo que para mí es más sintomático y determinante. Que incluso me parece lógico como argumento para los que se maravillan con Pepe Mujica.

Aunque él no haya sido autoritario en su gobierno, no condenó jamás tajantemente el castrismo. Aunque haya abandonado el camino violento de su maestro Fidel Castro y se volviera un demócrata convencido, aunque criticara a Maduro y a Ortega, ¿ha condenado alguna vez el régimen que tanta guerra, tanta muerte y tanta miseria ha provocado en América Latina e incluso más allá de ella?

No lo ha hecho él como tampoco lo hacen algunos amigos suyos supuestamente muy progresistas, pero encubridores de crímenes y mentirosos, como Silvio Rodríguez, Andrés Manuel López Obrador o el papa Francisco, que prefieren no moverse hacia adelante por miedo a caminar hacia la derecha.

No creo que tampoco sea “el Ricardo Arjona de la política”. El verdadero Arjona le dedicó a Fidel Castro la canción “Caudillo”, que le debe haber costado unos cuantos fans. “Caudillo, tatúate en la piel lo que prometas / que el tiempo puede hacerte un mercenario / y ser tan solo otro falso profeta. / Caudillo, de la revolución a la avaricia / hay solo un par de pasos”, cantó Arjona: “Su oratoria se hizo experta en la mentira y el debate”.

Ojalá Mujica se atreviera a decir algo así. Prefiero estos versos a todas esas frases floridas del Pepe.

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