Un discurso para la historia

Un discurso para la historia

Obama llamó en La Habana a “dejar el pasado atrás”

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MIAMI, Estados Unidos.- El presidente de EE.UU., Barack Obama, ofreció en la mañana de este martes un emocionante discurso en el Gran Teatro de La Habana, Cuba. “Vengo a enterrar lo que queda de la Guerra Fría”, dijo el presidente norteamericano, en un mensaje dirigido fundamentalmente a la juventud cubana.

Obama abrió su discurso con un verso de Martí, “Cultivo una rosa blanca”, que arrancó los aplausos de la audiencia, una reacción que se repitió numerosas veces durante su intervención.

Las palabras del presidente estadounidense estuvieron dirigidas fundamentalmente a la juventud y a la defensa de la democracia como herramienta fundamental para lograr la libertad y el bienestar. “Nuestros gobiernos tienen diferencias importantes pero nuestros pueblos comparten valores universales”, entre ellos el amor por la libertad.

“Creo en el pueblo cubano”, dijo Obama. “En estados unidos tenemos un claro monumento a lo que el pueblo cubano puede hacer. Se llama Miami”.

Respecto al embargo norteamericano a la Isla, Barack Obama dijo que “debe ser levantado”, ante lo cual varios de los presentes en el teatro incluso se pusieron de pie para aclamarlo.

El mandatario reconoce problemas en la Isla como la dualidad monetaria, y la falta de conectividad a internet. “Incluso si levantáramos el embargo mañana, los cubanos no podrán aprovechar el potencial del nuevo escenario si Cuba no cambia”, dijo Obama. “No hay que temer al cambio, sino abrazarlo”.

“Si no pueden conectarse al mundo, no pueden prosperar, y con el tiempo la juventud pierde la esperanza”, sentenció.

“Depende de ustedes”, apuntó Obama, dirigiéndose al pueblo cubano y a la audiencia en el teatro, donde se encontraban el presidente Raúl Castro, el vicepresidente Miguel Díaz-Canel, el canciller Bruno Rodríguez y el ministro de Comercio Exterior Rodrigo Malmierca.

Además les aseguró que “no deben tener miedo de una amenaza de EEUU”, algo que su presencia “demuestra”. Asimismo, el gobernante cubano “no tiene que temer las voces diferentes del pueblo cubano”.

“Conozco la historia (entre los dos países), pero no quiero ser atrapado por ella”, añadió, y dijo que está dispuesto a “dejar el pasado atrás”, algo que “tomará tiempo”. “La revolución cubana ocurrió en el año que mi padre llegó a EE.UU., desde Kenya, la invasión de Bahía de Cochinos fue en el año que yo nací”.

Obama habló también de la separación “a veces violenta” de los cubanos que salieron al exilio, y para este último tuvo palabras de elogio. Se refirió al “dolor” de la familia cubana, que es “lo más importante”. La palabra “reconciliación” fue utilizada por el presidente.

Mencionó a cubanos como Celia Cruz, Gloria Estefan e incluso el reggetonero Pitbull, como muestras de hasta dónde ha calado la cultura cubana en los Estados Unidos.

Obama tuvo tiempo además para hablar de los balseros y los cientos de miles que han emigrado a EE.UU. “buscando libertad y oportunidades”.

Si bien el gobernante norteamericano elogió el sistema educativo cubano y dijo que “no se puede negar el servicio que han brindado miles de médicos cubanos a los pobres y a los que sufren”, también hizo referencia a los derechos como la libertad de expresión y de asociación.

“Creo que cada persona debe ser igual bajo la ley. Cada niño necesita escuela, salud, comida y techo. Creo que los ciudadanos deberían poder expresarse sin miedo, organizarse y criticar al gobierno, y protestar pacíficamente; que no se debería apresar a la gente por pensar diferente. Creo que debe haber libertad religiosa y que la gente debería elegir democráticamente a su gobierno”, declaró Obama frente a los cubanos que lo estaban viendo en vivo por toda la Isla.

“No hay dudas de que nuestros gobiernos difieren en muchos de estos aspectos”, dijo Obama, “pero no tengo miedo al debate”.

“Sí se puede”, concluyó en español el mandatario.


DISCURSO DEL PRESIDENTE OBAMA AL PUEBLO CUBANO
Gran Teatro de la Habana

La Habana, Cuba

PRESIDENTE OBAMA: Gracias. Muchas gracias. Muchas gracias. Muchas gracias.

Presidente Castro, el pueblo cubano, muchas gracias por la cálida bienvenida que he recibido, que mi familia ha recibido, y que nuestra delegación ha recibido. Es un extraordinario honor estar hoy aquí.

Antes de comenzar, si me lo permiten, quiero mencionar los ataques terroristas que han sucedido en Bruselas. El pueblo estadounidense está pensando y rezando por el pueblo belga. Nos solidarizamos con ellos y condenamos estos ataques atroces contra personas inocentes. Haremos lo que sea necesario para apoyar a nuestra amiga y aliada, Bélgica, para ajusticiar a aquellos que sean responsables. Y este es otro recordatorio de que el mundo debe unirse, debemos estar juntos, independientemente de su nacionalidad o raza, o la fe, en la lucha contra el flagelo del terrorismo. Podemos y debemos derrotar a los que amenazan la seguridad y la protección de las personas en todo el mundo.

Al gobierno y al pueblo de Cuba, les doy las gracias por la bondad que me han demostrado a mí y a Michelle, Malia, Sasha y a mi suegra, Marian.

“Cultivo una rosa blanca”. En su poema más famoso, José Martí hizo su ofrenda de amistad y de paz, tanto a su amigo como a su enemigo. Hoy, como Presidente de Estados Unidos de América, le ofrezco al pueblo cubano: el saludo de paz.

La Habana se encuentra tan solo a 90 millas de Florida, pero para llegar hasta aquí tuvimos que recorrer una gran distancia: derribar las barreras de la historia y la ideología; las barreras del dolor y la separación. Las aguas azuladas bajo Air Force One transportaron en su día los barcos de batalla estadounidenses hasta esta isla, para liberar pero también para ejercer control sobre Cuba. Esas aguas también transportaron a generaciones de revolucionarios cubanos hasta Estados Unidos, donde consiguieron apoyo para su causa. Y esa corta distancia ha sido cruzada por cientos de miles de exiliados cubanos, en aviones y balsas improvisadas. Exiliados que llegaron a Estados Unidos en busca de libertad y oportunidad, a veces dejando atrás todas sus posesiones y a todos sus seres queridos.

Al igual que tantas personas en nuestros dos países, mi vida abarca un periodo de aislamiento entre nosotros. La revolución cubana ocurrió el mismo año que mi padre llegó a Estados Unidos desde Kenia. Bahía de los Cerdos ocurrió en el año en que yo nací. Al año siguiente el mundo entero quedó en suspenso observando a nuestros dos países mientras la Humanidad se acercaba más que nunca antes al horror de una guerra nuclear. Con el paso de las décadas, nuestros gobiernos se estancaron en un enfrentamiento sin fin, luchando batallas por medio de representantes. En un mundo que se ha reinventado una y otra vez, una constante ha sido el conflicto entre Estados Unidos y Cuba.

He venido aquí para enterrar el último resquicio de la Guerra Fría en el continente americano. He venido aquí para extender una mano de amistad al pueblo cubano.

Quiero dejar una cosa clara: Las diferencias entre nuestros gobiernos en todos estos años son reales y son importantes. Estoy seguro de que el Presidente Castro diría lo mismo. Lo sé porque le he oído hablar sobre esas diferencias largo y tendido. Pero antes de hablar sobre esos temas, también es nuestro deber reconocer cuánto tenemos en común. Porque en muchos sentidos, Estados Unidos y Cuba son como dos hermanos que han estado incomunicados durante años, incluso cuando compartimos la misma sangre.

Ambos vivimos en un nuevo mundo, colonizado por europeos. Cuba, como Estados Unidos, fue construida en parte por esclavos que trajeron aquí desde África. Al igual que en Estados Unidos, el pueblo cubano puede encontrar sus orígenes tanto en los esclavos como en los dueños de los esclavos. Ambos hemos abierto nuestras puertas a inmigrantes que recorrieron grandes distancias para empezar vidas nuevas en el continente americano.

Con el paso de los años, nuestras culturas se han mezclado. El trabajo del Dr. Carlos Finlay en Cuba abrió el camino a generaciones de doctores, incluyendo a Walter Reed, que se basó en el trabajo del Dr. Finlay para ayudar a luchar contra la fiebre amarilla. Al igual que Martí escribió algunas de sus palabras más conocidas en Nueva York, Ernest Hemingway hizo su hogar en Cuba, y encontró la inspiración en las aguas de sus costas. Compartimos un pasatiempos nacional, La Pelota, y esta misma tarde nuestros jugadores competirán en el mismo campo de La Habana donde jugó Jackie Robinson antes de hacer su debut en las Grandes Ligas. Se dice que nuestro mejor boxeador, Muhammad Ali, hizo un tributo una vez a un cubano con quien nunca podría luchar, diciendo que solo podría empatar contra el gran cubano Teófilo Stevenson.

Incluso mientras nuestros gobiernos se convertían en adversarios, nuestros pueblos siguieron compartiendo estas pasiones comunes, sobre todo puesto que tantos cubanos vinieron a Estados Unidos. En Miami y en La Habana se pueden encontrar lugares para bailar el chachachá o la salsa y comer ropa vieja. La gente de nuestros dos países ha cantado las canciones de Celia Cruz y de Gloria Estefan y ahora escuchan reguetón y a Pitbull. Millones de personas de nuestros países tienen una religión en común, una fe a la que di homenaje en el Santuario de Nuestra Señora de la Caridad en Miami, una paz que los cubanos encuentran en La Cachita.

Con todas nuestras diferencias, el pueblo estadounidense y el pueblo cubano comparten los mismos valores en sus propias vidas. Un sentido de patriotismo y de orgullo… mucho orgullo. Un amor profundo por la familia. Una pasión por nuestros hijos y un compromiso con su educación. Ese es el motivo por el que creo que nuestros nietos mirarán atrás a este periodo de aislamiento como una aberración; como solo un capítulo en una historia más larga de familia y amistad.

Pero no podemos y no debemos pasar por alto las diferencias muy reales que existen entre nosotros, sobre cómo organizamos nuestros gobiernos, nuestras economías y nuestras sociedades. Cuba tiene un sistema de un solo partido; Estados Unidos es una democracia de múltiples partidos. Cuba tiene un modelo económico socialista; Estados Unidos es un mercado libre. Cuba ha reforzado el papel y los derechos del estado; Estados Unidos está fundado sobre los derechos individuales.

A pesar de esas diferencias, el 17 de diciembre de 2014, el Presidente Castro y yo anunciamos que Estados Unidos y Cuba iniciarían un proceso para normalizar las relaciones entre nuestros países. Desde entonces, hemos entablado relaciones diplomáticas e inaugurado embajadas. Hemos lanzado iniciativas para cooperar en temas de salud y agricultura, educación y autoridades del orden público. Hemos llegado a acuerdos para recobrar vuelos directos y servicios de correo. Hemos expandido los lazos comerciales y aumentando las opciones de los estadounidenses para viajar y hacer negocios en Cuba.

Estos cambios han sido bien recibidos, a pesar de que aún hay personas que se oponen a estas políticas. No obstante, muchas personas en ambos lados del debate han preguntado: ¿por qué ahora?

La respuesta es sencilla: lo que estaba haciendo Estados Unidos no funcionaba. Debemos tener el valor de reconocer esa verdad. Una política de aislamiento diseñada para la Guerra Fría no tenía mucho sentido en el siglo XXI. El embargo solo hacía daño al pueblo cubano en lugar de ayudarlo. Y siempre he creído en lo que Martin Luther King, Jr. llamaba “la urgencia feroz de ahora”. No debemos temer el cambio, debemos acogerlo.

Eso me lleva a la razón más grande e importante de estos cambios: Creo en el pueblo cubano. Creo en el pueblo cubano. Esto no es solo una política de normalizar relaciones con el gobierno cubano; Los Estados Unidos de América está normalizando relaciones con el pueblo cubano.

Y hoy quiero compartir con ustedes mi visión de cómo puede ser nuestro futuro. Y quiero que el pueblo cubano, sobre todo la gente joven, entienda por qué creo que deben mirar al futuro con esperanza; no la falsa promesa que insiste en que las cosas están mejor de lo que realmente están ni el optimismo ciego que dice que todos sus problemas desaparecerán mañana. Esperanza que tiene una base en el futuro que ustedes pueden elegir; que ustedes pueden moldear; que ustedes pueden construir para su país.

Yo tengo esperanzas porque creo que el pueblo cubano es tan innovador como cualquier otro pueblo en el mundo entero.

En una economía global, potenciada por ideas e información, el valor más importante de un país es su gente. En Estados Unidos tenemos un monumento claro de lo que pueden construir los cubanos: se llama Miami. Aquí en La Habana, vemos ese mismo talento en cuentapropistas, cooperativas y autos viejos que aún funcionan: el cubano inventa del aire.

Cuba tiene un recurso extraordinario; un sistema de educación que valora cada niño y cada niña. Y en años recientes, el gobierno cubano ha empezado a abrirse al mundo, y a abrir más espacios para que ese talento prospere. En tan solo unos años, hemos visto como los cuentapropistas pueden prosperar mientras mantienen un espíritu decididamente cubano. Ser trabajador autónomo no se trata de ser más como Estados Unidos, sino de ser ustedes mismos.

Miren a Sandra Lidice Aldama, que eligió abrir un pequeño negocio. Los cubanos, dijo, podemos “innovar y adaptarnos sin perder nuestra identidad… nuestro secreto es no copiar ni imitar pero simplemente ser nosotros mismos”.

Miren a Papito Valladeres, un barbero, cuyo éxito le permitió mejorar las condiciones en su vecindario. “Me doy cuenta de que no voy a resolver todos los problemas del mundo”, dijo. “Pero si puedo resolver los problemas en el pequeño pedazo de mundo en el que vivo, puede expandirse por La Habana”.

Ese es el principio de la esperanza; la habilidad de ganarse uno la vida y de construir algo de lo que se pueda sentir orgulloso. Por eso nuestras políticas están enfocadas en apoyar a los cubanos, en lugar de hacerles daño. Por eso pusimos fin a los límites en los giros, para que los cubanos de a pie tuvieran más recursos. Por eso estamos animando a la gente a viajar, para construir puentes entre nuestros pueblos y generar más ingresos para los pequeños negocios cubanos. Por eso hemos abierto más espacios para comercio e intercambios, para que los estadounidenses y los cubanos puedan trabajar juntos para encontrar curas, crear empleos y abrir la puerta a más oportunidad para el pueblo cubano.

Como Presidente de Estados Unidos, he hecho un llamado al Congreso para levantar el embargo. Es una carga anticuada que lleva a cuestas el pueblo cubano.  Es una carga para el pueblo estadounidense que quiere trabajar y hacer negocios o invertir en Cuba. Es hora de que levantemos el embargo. Pero aunque levantáramos el embargo mañana, los cubanos no podrían alcanzar su potencial sin hacer los cambios necesarios aquí, en Cuba. Debería de ser más fácil abrir un negocio aquí, en Cuba. Un trabajador debería de poder conseguir trabajo directamente con las compañías que inviertan aquí. Dos divisas no deberían separar el tipo de salarios que pueden ganar los cubanos. Debería de haber Internet disponible en toda la isla, para que los cubanos se puedan conectar con el mundo entero y a uno de los motores de crecimiento más fuertes en la historia de la humanidad.

No hay límite impuesto por Estados Unidos para que Cuba pueda dar estos pasos. Eso es cosa suya. Y les puedo decir, como amigo, que la prosperidad sustentable en el siglo XXI depende de la educación, la sanidad y la protección del medio ambiente. Pero también depende del intercambio libre y abierto de ideas. Si no pueden acceder a información en Internet; si no pueden estar expuestos a diferentes puntos de vista; entonces no alcanzarán su pleno potencial. Y con el tiempo, la juventud va a perder la esperanza.

Sé que estos temas son sensibles, sobre todo cuando vienen de un presidente estadounidense. Y desde 1959, algunos estadounidenses veían Cuba como un lugar del que se podían aprovechar, ignoraron la pobreza y permitieron la corrupción. Desde 1959, hemos sido como boxeadores con un contrincante imaginario en esta batalla de geopolítica y personalidades. Conozco la historia, pero me niego a verme atrapado por ella.

He dejado claro que Estados Unidos no tiene ni la capacidad ni la intención de imponer cambios en Cuba. Lo que cambie dependerá del pueblo cubano. No vamos a imponerles nuestro sistema político ni económico. Reconocemos que cada país, cada pueblo, debe trazar su propio camino, y darle forma a su propio modelo. Pero ahora que hemos quitado la sombra de la historia de nuestra relación, debo hablar honestamente sobre las cosas en las que yo creo – las cosas en las que nosotros, como estadounidenses, creemos. Como dijo Martí: “La libertad es el derecho de todo hombre a ser honesto, pensar y hablar sin hipocresía”.

Así que déjeme decirles lo que yo creo. No los puedo obligar a estar de acuerdo, pero deben saber lo que pienso. Creo que cada persona debe ser igual bajo la ley. Cada niño se merece la dignidad que viene con la educación, la sanidad y los alimentos que tiene sobre la mesa y un techo sobre sus cabezas. Yo creo que los ciudadanos deberían ser libres de expresar sus ideas sin miedo, de organizarse, y de criticar a su gobierno y protestar pacíficamente, y que el estado de derecho no debería incluir detenciones aleatorias de las personas que hacen uso de esos derechos. Yo creo que cada persona debería tener la libertad de practicar su fe de forma pacífica y pública. Y, si, yo creo que los votantes deberían de elegir sus gobiernos en elecciones libres y democráticas.

No todo el mundo está de acuerdo conmigo sobre esto. No todo el mundo está de acuerdo con el pueblo estadounidense sobre esto. Pero creo que estos derechos son universales. Creo que son los derechos del pueblo estadounidense, del pueblo cubano y de todo el mundo.

Ahora, no es un secreto que nuestros gobiernos estén en desacuerdo con muchos de estos temas. He tenido discusiones sinceras con el Presidente Castro. Durante muchos años, ha señalado los fallos del sistema estadounidense: la desigualdad económica; la pena de muerte; la discriminación racial; las guerras en el extranjero. Eso es solo un ejemplo. Él tiene una mucho más lista larga. Pero esto es lo que tiene que entender el pueblo cubano: estoy dispuesto a tener este debate y diálogo abierto. Es bueno. Es saludable. No le tengo miedo.

Sí que hay demasiado dinero en la política estadounidense. Pero en EEUU, todavía es posible que alguien como yo, un niño que fue criado por una madre soltera, un niño de raza mixta que no tenía mucho dinero, pueda ir atrás de y conseguir el cargo más alto del país. Eso es lo que es posible en EEUU.

Sí que hay dificultades de discriminación racial en nuestras comunidades, en nuestro sistema penal, en nuestra sociedad – el legado de esclavitud y segregación. Pero el hecho de que tengamos debates abiertos dentro de la propia democracia estadounidense es lo que da lugar a que mejoremos. En 1959, el año en que mi padre se mudó a Estados Unidos, era ilegal para él casarse con mi madre, quien era blanca, en muchos estados del país. Cuando empecé a ir a la escuela todavía estábamos luchando por eliminar la segregación en las escuelas del sur de Estados Unidos. Pero la gente se organizó; protestaron; debatieron estos temas; desafiaron a los oficiales del gobierno. Y gracias a esas protestas y debates y la movilización del pueblo, puedo alzarme aquí hoy, como afroamericano, y como Presidente de Estados Unidos. Eso fue por las libertades otorgadas en los Estado Unidos que pudimos traer el cambio.

No digo que sea fácil. Todavía hay problemas enormes en nuestra sociedad. Pero la democracia es la forma de cambiarlos. Es como conseguimos servicios de salud para una mayor cantidad de personas del país. Es como hicimos grandes avances en los derechos de las mujeres y de los homosexuales. Es como hablamos de la desigualdad que concentra tanta riqueza en la cima de nuestra sociedad. Puesto que los trabajadores se pueden organizar y la gente de a pie tiene una voz, la democracia estadounidense le ha dado a nuestro pueblo la oportunidad de perseguir sus sueños y disfrutar de un alto nivel de vida.

Ahora, aún quedan luchas difíciles y no siempre es bonito, el proceso de la democracia. Muchas veces es frustrante. Lo podemos apreciar en las elecciones que están en curso ahora mismo en mi país. Pero párense y piensen en este hecho sobre la campaña de Estados Unidos que se está llevando acabo ahora: habían dos cubanos-americanos en el partido republicano, haciendo campaña contra el legado de un hombre de raza negra que es el Presidente, mientras discuten que cada uno tiene más posibilidades de derrotar al candidato demócrata que será una mujer o un social-demócrata. ¿Quién habría apostado por eso en 1959? Esa es la medida de nuestro progreso.

Este es mi mensaje para el gobierno y pueblo de Cuba: Los ideales que son el punto de partida de toda revolución – la revolución de Estados Unidos, la revolución de Cuba, de los movimientos de liberación de todo el mundo– encuentran su expresión más verdadera, yo pienso, en la democracia. No porque pienso que la democracia en Estados Unidos sea perfecta, sino precisamente porque no lo somos. Y nosotros –al igual que todos los países– necesitamos el espacio que la democracia nos da para cambiar. Les da a los individuos la capacidad de ser catalizadores para pensar en nuevas maneras,  y re-imaginar cómo nuestra sociedad debe ser, y hacerlas mejor.

Ya hay una evolución que se está llevando a cabo dentro de Cuba, un cambio generacional. Muchos han sugerido que vengo aquí para pedir al pueblo cubano que destruya algo; pero yo me dirijo a los jóvenes de Cuba quienes alzarán y construirán algo nuevo. El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano.

Y al presidente Castro –a quien le agradezco que esté aquí hoy─ quiero que sepa, creo que mi visita demuestra que no tiene por qué temer una amenaza de los Estados Unidos. Teniendo en cuenta su compromiso con la soberanía y la autodeterminación de Cuba, también estoy seguro de que no tiene que temer las diferentes voces del pueblo cubano –y su capacidad para hablar, y reunirse, y votar por sus líderes. De hecho, tengo la esperanza para el futuro porque confío en que el pueblo cubano tomará las decisiones correctas.

Y mientras las toman, también estoy seguro de que Cuba podrá seguir desempeñando un papel importante en el hemisferio y en todo el mundo – y mi esperanza es que ustedes pueden hacerlo como un socio de Estados Unidos.

Hemos desempeñado papeles muy diferentes en el mundo. Pero nadie debe negar el servicio que miles de médicos cubanos han prestado a los pobres y a los que sufren. El año pasado, los trabajadores sanitarios estadounidenses –y las fuerzas militares de EE. UU.– trabajaron hombro a hombro con los cubanos para salvar vidas y acabar con el ébola en África Occidental. Creo que deberíamos continuar con ese tipo de cooperación en otros países.

Hemos estado en el lado contrario de muchos conflictos en el continente americano. Pero hoy día, los estadounidenses y los cubanos están sentados juntos en la mesa de negociación, y estamos ayudando a los colombianos a resolver una guerra civil que se arrastra desde hace décadas. Ese tipo de cooperación es bueno para todos. Le brinda esperanza a todos en este hemisferio.

Tomamos diferentes pasos en nuestro apoyo al pueblo de Sudáfrica para acabar con el apartheid. Pero el presidente Castro y yo pudimos estar allí en Johannesburgo para rendir homenaje al legado de gran Nelson Mandela. Y al examinar su vida y sus palabras, estoy seguro de que ambos nos damos cuenta de que tenemos mucho trabajo por hacer – para reducir la discriminación basada en la raza en ambos países. Y en Cuba, queremos que nuestro compromiso ayude a animar los cubanos que son de ascendencia africana, que han demostrado que no hay nada que no puedan lograr cuando se les da la oportunidad.

Hemos sido parte de diferentes bloques de naciones en el hemisferio, y seguiremos teniendo profundas diferencias sobre la manera de promover la paz, la seguridad, la oportunidad y los derechos humanos. Pero a medida que se normalizan nuestras relaciones, creo que eso puede ayudar a fomentar un mayor sentido de unidad en el continente americano –todos somos americanos.

Desde el inicio de mi mandato, he instado a los pueblos del continente americano a dejar atrás las batallas ideológicas del pasado. Vivimos en una nueva era. Sé que muchos de los problemas de los que he hablado carecen del drama del pasado. Sé que parte de la identidad de Cuba es su orgullo de ser una nación isleña pequeña que podría luchar por sus derechos y agitar el mundo.

Pero también sé que Cuba siempre destacará por el talento, el trabajo duro y el orgullo del pueblo cubano. Ese es su fortaleza. Cuba no tiene que ser definido por estar en contra de los Estados Unidos, al igual que los Estados Unidos no tiene que ser definido por estar en contra de Cuba.  Tengo esperanza para el futuro debido a la reconciliación que está teniendo lugar entre el pueblo cubano.

Sé que para algunos cubanos de la isla, puede existir la sensación de que los que se fueron de alguna manera apoyaban el viejo orden en Cuba. Estoy seguro de que hay una narrativa persistente cual sugiere que los exiliados cubanos ignoraron los problemas de la Cuba pre-revolucionaria y rechazaron la lucha de construir un nuevo futuro. Pero les puedo decir hoy que muchos exiliados cubanos llevan consigo el recuerdo de una dolorosa y, a veces, violenta separación. Aman a Cuba. Una parte de ellos aun considera este su verdadero hogar. Es por eso que su pasión es tan fuerte. Es por eso que la pena en sus corazones tan grande. Y para la comunidad cubano-americana que he llegado a conocer, esto no se trata solo de política. Se trata de la familia: el recuerdo de una casa que se ha perdido; el deseo de reconstruir un lazo roto; la esperanza de un futuro mejor, la esperanza del regreso y la reconciliación.

Por toda la política, las personas son personas; y los cubanos son cubanos. Y he venido aquí –he viajado esta distancia– sobre un puente construido por los cubanos a ambos lados del Estrecho de la Florida. Primero llegué a conocer el talento y la pasión de los cubanos de Estados Unidos. Y sé que han sufrido más que el dolor del exilio: saben lo que se siente al ser un extraño, al luchar, al trabajar más duro para asegurarse de que sus hijos puedan llegar más lejos en los Estados Unidos.

Así que la reconciliación de los cubanos –los hijos y nietos de la revolución, y los hijos y nietos del exilio– es fundamental para el futuro de Cuba.

Se puede ver en Gloria González, que viajó aquí en 2013, por primera vez después de 61 años de separación, y fue recibida por su hermana Llorca. “Tú me reconociste, pero yo no te reconocí”, le dijo Gloria a su hermana después de abrazarla. Imagínense, después de 61 años.

Se puede ver en Melinda López, que vino a la vieja casa de su familia. Y mientras caminaba por las calles, una anciana la reconoció como la hija de su madre, y se puso a llorar. La llevó a su casa y le mostró un montón de fotos que incluían la foto de bebé de Melinda, que su madre le había enviado hacía 50 años. Melinda comentó más tarde: “Tantos de nosotros estamos recibiendo tanto ahora”.

Se puede ver en Cristian Miguel Soler, un joven que fue el primero de su familia en viajar aquí después de cincuenta años. Al conocer a sus parientes por primera vez, comentó: “Me di cuenta de que la familia es la familia sin importar la distancia que exista entre nosotros”.

A veces los cambios más importantes comienzan en lugares pequeños. Las mareas de la historia pueden dejar a las personas en situaciones de conflicto, exilio y pobreza; se necesita tiempo para que esas circunstancias cambien. Sin embargo, el reconocimiento de una humanidad común, la reconciliación de las personas unidas por lazos de sangre y una creencia del uno en el otro –ahí es donde comienza el progreso. Entendiendo, escuchando, y perdonando. Y si el pueblo cubano se enfrenta junto al futuro, será más probable que los jóvenes de hoy puedan vivir con dignidad y alcanzar sus sueños aquí mismo en Cuba.

La historia de Estados Unidos y Cuba abarca revolución y conflicto; lucha y sacrificio; retribución y ahora reconciliación. Ha llegado el momento de que dejemos atrás el pasado. Ha llegado el momento de que juntos miremos hacia el futuro –un futuro de esperanza.

Y no será fácil, y habrá reveses. Tomará tiempo. Pero mi visita aquí a Cuba renueva mi esperanza y mi confianza en lo que hará el pueblo cubano. Podemos hacer este viaje como amigos, y como vecinos, y como familia – juntos.  Sí se puede.  Muchas gracias.

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THE WHITE HOUSE

Office of the Press Secretary

For Immediate Release

March 22, 2016

REMARKS BY PRESIDENT OBAMA

TO THE PEOPLE OF CUBA

Gran Teatro de la Habana

Havana, Cuba

10:10 A.M. CST

PRESIDENT OBAMA:  Thank you.  (Applause.)  Muchas gracias.  Thank you so much.  Thank you very much.

President Castro, the people of Cuba, thank you so much for the warm welcome that I have received, that my family have received, and that our delegation has received.  It is an extraordinary honor to be here today.

Before I begin, please indulge me.  I want to comment on the terrorist attacks that have taken place in Brussels.  The thoughts and the prayers of the American people are with the people of Belgium.  We stand in solidarity with them in condemning these outrageous attacks against innocent people.  We will do whatever is necessary to support our friend and ally, Belgium, in bringing to justice those who are responsible.  And this is yet another reminder that the world must unite, we must be together, regardless of nationality, or race, or faith, in fighting against the scourge of terrorism.  We can — and will — defeat those who threaten the safety and security of people all around the world.

To the government and the people of Cuba, I want to thank you for the kindness that you’ve shown to me and Michelle, Malia, Sasha, my mother-in-law, Marian.

“Cultivo una rosa blanca.”  (Applause.)  In his most famous poem, Jose Marti made this offering of friendship and peace to both his friend and his enemy.  Today, as the President of the United States of America, I offer the Cuban people el saludo de paz.  (Applause.)

Havana is only 90 miles from Florida, but to get here we had to travel a great distance — over barriers of history and ideology; barriers of pain and separation.  The blue waters beneath Air Force One once carried American battleships to this island — to liberate, but also to exert control over Cuba.  Those waters also carried generations of Cuban revolutionaries to the United States, where they built support for their cause.  And that short distance has been crossed by hundreds of thousands of Cuban exiles — on planes and makeshift rafts — who came to America in pursuit of freedom and opportunity, sometimes leaving behind everything they owned and every person that they loved.

Like so many people in both of our countries, my lifetime has spanned a time of isolation between us.  The Cuban Revolution took place the same year that my father came to the United States from Kenya.  The Bay of Pigs took place the year that I was born. The next year, the entire world held its breath, watching our two countries, as humanity came as close as we ever have to the horror of nuclear war.  As the decades rolled by, our governments settled into a seemingly endless confrontation, fighting battles through proxies.  In a world that remade itself time and again, one constant was the conflict between the United States and Cuba.

I have come here to bury the last remnant of the Cold War in the Americas.  (Applause.)  I have come here to extend the hand of friendship to the Cuban people.  (Applause.)

I want to be clear:  The differences between our governments over these many years are real and they are important.  I’m sure President Castro would say the same thing — I know, because I’ve heard him address those differences at length.  But before I discuss those issues, we also need to recognize how much we share.  Because in many ways, the United States and Cuba are like two brothers who’ve been estranged for many years, even as we share the same blood.

We both live in a new world, colonized by Europeans.  Cuba, like the United States, was built in part by slaves brought here from Africa.  Like the United States, the Cuban people can trace their heritage to both slaves and slave-owners.  We’ve welcomed both immigrants who came a great distance to start new lives in the Americas.

Over the years, our cultures have blended together.       Dr. Carlos Finlay’s work in Cuba paved the way for generations of doctors, including Walter Reed, who drew on Dr. Finlay’s work to help combat Yellow Fever.  Just as Marti wrote some of his most famous words in New York, Ernest Hemingway made a home in Cuba, and found inspiration in the waters of these shores.  We share a national past-time — La Pelota — and later today our players will compete on the same Havana field that Jackie Robinson played on before he made his Major League debut.  (Applause.)  And it’s said that our greatest boxer, Muhammad Ali, once paid tribute to a Cuban that he could never fight — saying that he would only be able to reach a draw with the great Cuban, Teofilo Stevenson.  (Applause.)

So even as our governments became adversaries, our people continued to share these common passions, particularly as so many Cubans came to America.  In Miami or Havana, you can find places to dance the Cha-Cha-Cha or the Salsa, and eat ropa vieja.  People in both of our countries have sung along with Celia Cruz or Gloria Estefan, and now listen to reggaeton or Pitbull.  (Laughter.)  Millions of our people share a common religion — a faith that I paid tribute to at the Shrine of our Lady of Charity in Miami, a peace that Cubans find in La Cachita.

For all of our differences, the Cuban and American people share common values in their own lives.  A sense of patriotism and a sense of pride — a lot of pride.  A profound love of family.  A passion for our children, a commitment to their education.  And that’s why I believe our grandchildren will look back on this period of isolation as an aberration, as just one chapter in a longer story of family and of friendship.

But we cannot, and should not, ignore the very real differences that we have — about how we organize our governments, our economies, and our societies.  Cuba has a one-party system; the United States is a multi-party democracy.  Cuba has a socialist economic model; the United States is an open market.  Cuba has emphasized the role and rights of the state; the United States is founded upon the rights of the individual.

Despite these differences, on December 17th 2014, President Castro and I announced that the United States and Cuba would begin a process to normalize relations between our countries.  (Applause.)  Since then, we have established diplomatic relations and opened embassies.  We’ve begun initiatives to cooperate on health and agriculture, education and law enforcement.  We’ve reached agreements to restore direct flights and mail service.  We’ve expanded commercial ties, and increased the capacity of Americans to travel and do business in Cuba.

And these changes have been welcomed, even though there are still opponents to these policies.  But still, many people on both sides of this debate have asked:  Why now?  Why now?

There is one simple answer:  What the United States was doing was not working.  We have to have the courage to acknowledge that truth.  A policy of isolation designed for the Cold War made little sense in the 21st century.  The embargo was only hurting the Cuban people instead of helping them.  And I’ve always believed in what Martin Luther King, Jr. called “the fierce urgency of now” — we should not fear change, we should embrace it.  (Applause.)

That leads me to a bigger and more important reason for these changes:  Creo en el pueblo Cubano.  I believe in the Cuban people.  (Applause.)  This is not just a policy of normalizing relations with the Cuban government.  The United States of America is normalizing relations with the Cuban people.  (Applause.)

And today, I want to share with you my vision of what our future can be.  I want the Cuban people — especially the young people — to understand why I believe that you should look to the future with hope; not the false promise which insists that things are better than they really are, or the blind optimism that says all your problems can go away tomorrow.  Hope that is rooted in the future that you can choose and that you can shape, and that you can build for your country.

I’m hopeful because I believe that the Cuban people are as innovative as any people in the world.

In a global economy, powered by ideas and information, a country’s greatest asset is its people.  In the United States, we have a clear monument to what the Cuban people can build: it’s called Miami.  Here in Havana, we see that same talent in cuentapropistas, cooperatives and old cars that still run.  El Cubano inventa del aire.  (Applause.)

Cuba has an extraordinary resource — a system of education which values every boy and every girl.  (Applause.)  And in recent years, the Cuban government has begun to open up to the world, and to open up more space for that talent to thrive.  In just a few years, we’ve seen how cuentapropistas can succeed while sustaining a distinctly Cuban spirit.  Being self-employed is not about becoming more like America, it’s about being yourself.

Look at Sandra Lidice Aldama, who chose to start a small business.  Cubans, she said, can “innovate and adapt without losing our identity…our secret is in not copying or imitating but simply being ourselves.”

Look at Papito Valladeres, a barber, whose success allowed him to improve conditions in his neighborhood.  “I realize I’m not going to solve all of the world’s problems,” he said.  “But if I can solve problems in the little piece of the world where I live, it can ripple across Havana.”

That’s where hope begins — with the ability to earn your own living, and to build something you can be proud of.  That’s why our policies focus on supporting Cubans, instead of hurting them.  That’s why we got rid of limits on remittances — so ordinary Cubans have more resources.  That’s why we’re encouraging travel — which will build bridges between our people, and bring more revenue to those Cuban small businesses. That’s why we’ve opened up space for commerce and exchanges — so that Americans and Cubans can work together to find cures for diseases, and create jobs, and open the door to more opportunity for the Cuban people.

As President of the United States, I’ve called on our Congress to lift the embargo.  (Applause.)  It is an outdated burden on the Cuban people.  It’s a burden on the Americans who want to work and do business or invest here in Cuba.  It’s time to lift the embargo.  But even if we lifted the embargo tomorrow, Cubans would not realize their potential without continued change here in Cuba.  (Applause.)  It should be easier to open a business here in Cuba.  A worker should be able to get a job directly with companies who invest here in Cuba.  Two currencies shouldn’t separate the type of salaries that Cubans can earn.  The Internet should be available across the island, so that Cubans can connect to the wider world — (applause) — and to one of the greatest engines of growth in human history.

There’s no limitation from the United States on the ability of Cuba to take these steps.  It’s up to you.  And I can tell you as a friend that sustainable prosperity in the 21st century depends upon education, health care, and environmental protection.  But it also depends on the free and open exchange of ideas.  If you can’t access information online, if you cannot be exposed to different points of view, you will not reach your full potential.  And over time, the youth will lose hope.

I know these issues are sensitive, especially coming from an American President.  Before 1959, some Americans saw Cuba as something to exploit, ignored poverty, enabled corruption.  And since 1959, we’ve been shadow-boxers in this battle of geopolitics and personalities.  I know the history, but I refuse to be trapped by it.  (Applause.)

I’ve made it clear that the United States has neither the capacity, nor the intention to impose change on Cuba.  What changes come will depend upon the Cuban people.  We will not impose our political or economic system on you.  We recognize that every country, every people, must chart its own course and shape its own model.  But having removed the shadow of history from our relationship, I must speak honestly about the things that I believe — the things that we, as Americans, believe.  As Marti said, “Liberty is the right of every man to be honest, to think and to speak without hypocrisy.”

So let me tell you what I believe.  I can’t force you to agree, but you should know what I think.  I believe that every person should be equal under the law. (Applause.)  Every child deserves the dignity that comes with education, and health care and food on the table and a roof over their heads.  (Applause.)  I believe citizens should be free to speak their mind without fear — (applause) — to organize, and to criticize their government, and to protest peacefully, and that the rule of law should not include arbitrary detentions of people who exercise those rights.  (Applause.)  I believe that every person should have the freedom to practice their faith peacefully and publicly. (Applause.)  And, yes, I believe voters should be able to choose their governments in free and democratic elections.  (Applause.)

Not everybody agrees with me on this.  Not everybody agrees with the American people on this.  But I believe those human rights are universal.  (Applause.)  I believe they are the rights of the American people, the Cuban people, and people around the world.

Now, there’s no secret that our governments disagree on many of these issues.  I’ve had frank conversations with President Castro.  For many years, he has pointed out the flaws in the American system — economic inequality; the death penalty; racial discrimination; wars abroad.  That’s just a sample.  He has a much longer list.  (Laughter.)  But here’s what the Cuban people need to understand:  I welcome this open debate and dialogue. It’s good.  It’s healthy.  I’m not afraid of it.

We do have too much money in American politics.  But, in America, it’s still possible for somebody like me — a child who was raised by a single mom, a child of mixed race who did not have a lot of money — to pursue and achieve the highest office in the land.  That’s what’s possible in America.  (Applause.)

We do have challenges with racial bias — in our communities, in our criminal justice system, in our society — the legacy of slavery and segregation.  But the fact that we have open debates within America’s own democracy is what allows us to get better.  In 1959, the year that my father moved to America, it was illegal for him to marry my mother, who was white, in many American states.  When I first started school, we were still struggling to desegregate schools across the American South.  But people organized; they protested; they debated these issues; they challenged government officials.  And because of those protests, and because of those debates, and because of popular mobilization, I’m able to stand here today as an African-American and as President of the United States.  That was because of the freedoms that were afforded in the United States that we were able to bring about change.

I’m not saying this is easy.  There’s still enormous problems in our society.  But democracy is the way that we solve them.  That’s how we got health care for more of our people.  That’s how we made enormous gains in women’s rights and gay rights.  That’s how we address the inequality that concentrates so much wealth at the top of our society.  Because workers can organize and ordinary people have a voice, American democracy has given our people the opportunity to pursue their dreams and enjoy a high standard of living.  (Applause.)

Now, there are still some tough fights.  It isn’t always pretty, the process of democracy.   It’s often frustrating.  You can see that in the election going on back home.  But just stop and consider this fact about the American campaign that’s taking place right now.  You had two Cuban Americans in the Republican Party, running against the legacy of a black man who is President, while arguing that they’re the best person to beat the Democratic nominee who will either be a woman or a Democratic Socialist.  (Laughter and applause.)  Who would have believed that back in 1959?  That’s a measure of our progress as a democracy.  (Applause.)

So here’s my message to the Cuban government and the Cuban people:  The ideals that are the starting point for every revolution — America’s revolution, Cuba’s revolution, the liberation movements around the world — those ideals find their truest expression, I believe, in democracy.  Not because American democracy is perfect, but precisely because we’re not.  And we — like every country — need the space that democracy gives us to change.  It gives individuals the capacity to be catalysts to think in new ways, and to reimagine how our society should be, and to make them better.

There’s already an evolution taking place inside of Cuba, a generational change.  Many suggested that I come here and ask the people of Cuba to tear something down — but I’m appealing to the young people of Cuba who will lift something up, build something new.  (Applause.)  El future de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo Cubano.  (Applause.)

And to President Castro — who I appreciate being here today — I want you to know, I believe my visit here demonstrates you do not need to fear a threat from the United States.  And given your commitment to Cuba’s sovereignty and self-determination, I am also confident that you need not fear the different voices of the Cuban people — and their capacity to speak, and assemble, and vote for their leaders.  In fact, I’m hopeful for the future because I trust that the Cuban people will make the right decisions.

And as you do, I’m also confident that Cuba can continue to play an important role in the hemisphere and around the globe — and my hope is, is that you can do so as a partner with the United States.

We’ve played very different roles in the world.  But no one should deny the service that thousands of Cuban doctors have delivered for the poor and suffering.  (Applause.)  Last year, American health care workers — and the U.S. military — worked side-by-side with Cubans to save lives and stamp out Ebola in West Africa.  I believe that we should continue that kind of cooperation in other countries.

We’ve been on the different side of so many conflicts in the Americas.  But today, Americans and Cubans are sitting together at the negotiating table, and we are helping the Colombian people resolve a civil war that’s dragged on for decades.  (Applause.)  That kind of cooperation is good for everybody.  It gives everyone in this hemisphere hope.

We took different journeys to our support for the people of South Africa in ending apartheid.  But President Castro and I could both be there in Johannesburg to pay tribute to the legacy of the great Nelson Mandela.  (Applause.)  And in examining his life and his words, I’m sure we both realize we have more work to do to promote equality in our own countries — to reduce discrimination based on race in our own countries.  And in Cuba, we want our engagement to help lift up the Cubans who are of African descent — (applause) — who’ve proven that there’s nothing they cannot achieve when given the chance.

We’ve been a part of different blocs of nations in the hemisphere, and we will continue to have profound differences about how to promote peace, security, opportunity, and human rights.  But as we normalize our relations, I believe it can help foster a greater sense of unity in the Americas — todos somos Americanos.  (Applause.)

From the beginning of my time in office, I’ve urged the people of the Americas to leave behind the ideological battles of the past.  We are in a new era.  I know that many of the issues that I’ve talked about lack the drama of the past.  And I know that part of Cuba’s identity is its pride in being a small island nation that could stand up for its rights, and shake the world. But I also know that Cuba will always stand out because of the talent, hard work, and pride of the Cuban people.  That’s your strength.  (Applause.)  Cuba doesn’t have to be defined by being against the United States, any more than the United States should be defined by being against Cuba.  I’m hopeful for the future because of the reconciliation that’s taking place among the Cuban people.

I know that for some Cubans on the island, there may be a sense that those who left somehow supported the old order in Cuba.  I’m sure there’s a narrative that lingers here which suggests that Cuban exiles ignored the problems of pre-Revolutionary Cuba, and rejected the struggle to build a new future.  But I can tell you today that so many Cuban exiles carry a memory of painful — and sometimes violent — separation.  They love Cuba.  A part of them still considers this their true home. That’s why their passion is so strong.  That’s why their heartache is so great.  And for the Cuban American community that I’ve come to know and respect, this is not just about politics. This is about family — the memory of a home that was lost; the desire to rebuild a broken bond; the hope for a better future the hope for return and reconciliation.

For all of the politics, people are people, and Cubans are Cubans.  And I’ve come here — I’ve traveled this distance — on a bridge that was built by Cubans on both sides of the Florida Straits.  I first got to know the talent and passion of the Cuban people in America.  And I know how they have suffered more than the pain of exile — they also know what it’s like to be an outsider, and to struggle, and to work harder to make sure their children can reach higher in America.

So the reconciliation of the Cuban people — the children and grandchildren of revolution, and the children and grandchildren of exile — that is fundamental to Cuba’s future.  (Applause.)

You see it in Gloria Gonzalez, who traveled here in 2013 for the first time after 61 years of separation, and was met by her sister, Llorca.  “You recognized me, but I didn’t recognize you,” Gloria said after she embraced her sibling.  Imagine that, after 61 years.

You see it in Melinda Lopez, who came to her family’s old home.  And as she was walking the streets, an elderly woman recognized her as her mother’s daughter, and began to cry.  She took her into her home and showed her a pile of photos that included Melinda’s baby picture, which her mother had sent 50 years ago.  Melinda later said, “So many of us are now getting so much back.”

You see it in Cristian Miguel Soler, a young man who became the first of his family to travel here after 50 years.  And meeting relatives for the first time, he said, “I realized that family is family no matter the distance between us.”

Sometimes the most important changes start in small places. The tides of history can leave people in conflict and exile and poverty.  It takes time for those circumstances to change.  But the recognition of a common humanity, the reconciliation of people bound by blood and a belief in one another — that’s where progress begins.  Understanding, and listening, and forgiveness. And if the Cuban people face the future together, it will be more likely that the young people of today will be able to live with dignity and achieve their dreams right here in Cuba.

The history of the United States and Cuba encompass revolution and conflict; struggle and sacrifice; retribution and, now, reconciliation.  It is time, now, for us to leave the past behind.  It is time for us to look forward to the future together — un future de esperanza.  And it won’t be easy, and there will be setbacks.  It will take time.  But my time here in Cuba renews my hope and my confidence in what the Cuban people will do.  We can make this journey as friends, and as neighbors, and as family — together.  Si Senate puede.  Muchas gracias.  (Applause.)

END

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