Turistas cubanos: ciudadanos de segunda frente a extranjeros de primera

Turistas cubanos: ciudadanos de segunda frente a extranjeros de primera

Todavía hay cubanos que, por su color de piel o su bajo nivel adquisitivo, se preguntan si los dejarán entrar a determinado hotel, bar o centro recreativo

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Turista extranjero no es igual a turista cubano. Foto P. Chang

LA HABANA, Cuba. – De acuerdo con datos del propio Ministerio de Turismo, desde hace unos cinco años, en los meses de julio y agosto, los cubanos ocupan entre el tercero y segundo lugares como turistas en instalaciones hoteleras del país.

También se afirma que poco más de 3 millones se hospedaron en hoteles de la isla durante el año 2018, con una tendencia al crecimiento desde que en 2008 se eliminaran algunas de las restricciones que discriminan a los ciudadanos cubanos residentes permanentes en territorio nacional, que ni siquiera podían acercarse a un extranjero.

Escribo lo anterior en tiempo presente porque aún perduran algunas de estas regulaciones discriminatorias que aunque no se encuentren recogidas en ley o decreto sí subsisten como práctica común no solo en las fuerzas policiales sino en las administraciones de ciertos establecimientos bajo el amparo de esa advertencia turbia que reza: “este local se reserva el derecho de admisión”.

De hecho, todavía hay cubanos y cubanas que se preguntan si los dejarán entrar a determinado hotel, bar o centro recreativo y también quienes por su color de piel, el bajo nivel adquisitivo o la pobreza en el vestir, esquivan determinadas plazas y espacios públicos para evitar una desagradable confrontación con guardias de seguridad o agentes policiales.

También están los que ya ni siquiera se cuestionan por qué no pueden abordar una embarcación de motor, traspasar determinadas áreas de los clubes náuticos, alejarse más de un kilómetro de la costa en una balsa, bote de vela, a remos o bicicleta acuática cuando a los extranjeros incluso se les permite practicar paracaidismo desde aeronaves pero esa “autodiscriminación”, a golpe de costumbre, ya ha sido como que inscripta en nuestro ADN y el “¿puedo?”, “¿me dejarán hacerlo a mí?” y “eso seguro no es para cubanos”, siempre está a flor de labios y, lo peor de todo, no pasa nada.

Solo a unos pocos, poquitísimos, les quita el sueño el estar condenados a ser ciudadanos de segunda, frente a visitantes foráneos de primera clase.

Algo que no se echaría a ver si estuviésemos hablando de unos miles de extranjeros pero se trata más bien de una invasión de poco más de 4.7 millones anuales, una cifra que hace que muchos se pregunten por qué pareciera no llegarles ni siquiera un dólar, o a dónde van o por donde se quedan esos cerca de 2 mil millones de dólares que genera la industria del turismo, o por qué los trabajadores del MINTUR deben donar sus propinas a Salud Pública si este último organismo estatal ingresa más que el turismo por concepto de exportación de servicios médicos o, algo tan intrigante como, ¿quién devora los kilogramos de carne de res que fueron comprados a Chile por cerca de 2 millones de dólares hace unos meses?

El gobierno cubano, sin trasparentar información al respecto, suele justificar esa sensación colectiva de cero beneficio directo con el reiterado discurso de los subsidios a la educación y la salud cuando la verdad es que los medicamentos están desaparecidos en las farmacias y hospitales, el deterioro de estos últimos es palpable así como en los planteles escolares, sin contar que el paquete de salchichas de pollo y la libra de jurel congelado se siguen vendiendo a casi un dólar cada uno, así como el litro de aceite para cocinarlo ocupa casi entre un 15 y 20 por ciento de un salario promedio mensual, cuando no la cuarta parte de una pensión de jubilado.

Aun cuando producir un dólar de ganancia en el turismo casi implica un gasto considerable, quizás muy cercano a los 70 u 80 centavos, algún tipo de beneficio debe rendir un negocio que, a pesar de anunciarse un decrecimiento brusco para 2019, cercano al 20 % (tan solo en junio la reducción de la actividad turística registró un 20.33 %), no detiene los procesos inversionistas, anunciándose un incremento de la capacidad habitacional en casi 4000 unidades, el desarrollo de más de 600 proyectos de recreación e inmobiliarios, más otro centenar y medio que aún quedan en pie en la Cartera de Oportunidades.

Ni siquiera el anuncio de que los 3 millones de turistas estadounidenses ya no llegarán ‒al menos mientras Donald Trump continúe en la Casa Blanca y todo indica que repetirá otro mandato‒, han podido frenar los procesos inversionistas y la planta habitacional continúa aumentando para sobrepasar tal vez las 80 mil unidades en los próximos 5 años, aun cuando de las cerca de 71 mil existentes, un número probablemente cercano a la mitad estén deshabilitadas, fuera de servicio por procesos de rehabilitación o desocupadas por falta de clientes.

Se habla de hoteles fantasma por todo el país, semivacíos, despoblados y de algunos como el Habana Libre que mantienen pisos totalmente cerrados incluso en temporada alta, de modo que los turistas nacionales han llegado con su dinero “sangreado”, “luchado” como a “cumplir una tarea de choque”, tal como los “cuentapropistas”, de acuerdo con los retrocesos en la política inicial, habrían sido la solución “provisional” para ocultar las políticas de desempleo masivo cuando el gobierno se impuso la meta de saldar las viejas deudas adquiridas con acreedores extranjeros y la liquidez tocaba fondo. De lo contrario, la iniciativa privada jamás hubiera cobrado vida en un sistema que no gusta de las individualidades, mucho menos cuando generan capital o disenso, o ambos al mismo tiempo.

Aunque no hay leyes, hay regulaciones que dividen a los ciudadanos por categoría. Foto P. Chang

De igual modo jamás hubiesen surgido los “turistas criollos” que, digan lo que digan, siempre serán vistos como un “mal necesario”, que fue la frase que, por muy amigos y leales que fuesen, designó durante los años 90 a esos pioneros españoles de la inversión extranjera.

Un “mal necesario” que parecía circunstancial pero que el tiempo ha transformado en sujetos de privilegio, por encima del ciudadano cubano, y la ley de inversión extranjera es tan clara en ese aspecto como ambigua y poco realista con respecto al tema de los cubanos residentes en el exterior, los que pudieran propiciar un fuerte despertar en la economía cubana, más desarrollar una consciencia de la necesidad del trabajo como única fuente para generar riqueza, a partir de la creación e inversión en las medianas y pequeñas empresas pero que, a la vez, se convertirían en un problema “ideológico”, “político” al demostrar con su indudable crecimiento y prosperidad, que son mucho más eficientes y productivos que el sector estatal, con lo cual el monarca tramposo quedaría desnudo y expuesto.

De hecho, la economía de un país como España, el mismo de esos primeros inversionistas extranjeros, se sustenta en más del 60 por ciento sobre la base de las pequeñas y medianas empresas, una experiencia que, al parecer, a los arquitectos del socialismo a la cubana no les conviene “copiar” quién sabe si por las mismas razones “misteriosas” que los harían preferir que las “mulas” suelten sus dólares del contrabando en Panamá, Miami o Nicaragua, o que una empresa de taxis, cuyos experimentos han fracasado al no lograr frenar el alza de los precios de los pasajes y que incluso son la causa real del déficit de combustible en las gasolineras, continúe operando desde esa fórmula de la “cooperativa” que no es más que la misma empresa estatal disfrazada de privada.

Lo cierto es que ahora son los cubanos ‒y no precisamente los “de a pie” sino los que llegan con dólares y euros para vacacionar con sus familias desde Miami, Madrid, Roma, Caracas, México y hasta desde Haití; o aquellos otros que reciben remesas‒  ese grupo “secundario” que, por debajo del habitual millón de canadienses, todos los veranos acude a soltar la plata en Varadero o Cayo Coco pero no porque les hayan restituidos todos los derechos que alguna vez les arrebataron para tornarlos en privilegio de casta sino porque son dueños de un capital considerable y habría que ser demasiado tontos para dejarlo escapar hacia la competencia en Punta Cana o Cancún.

Pero también pudiera suceder que la apertura de las instalaciones hoteleras, que de lo contrario estarían desocupadas por ser temporada baja, respondiera a una doble o múltiple necesidad.

Por una parte, porque luce muy bien en las noticias eso de que a los cubanos ‒aunque no se aclare cuáles de ellos‒ les va de maravillas económicamente y eso se revierte en propaganda buena para un sistema cuya economía está en crisis perpetua; por la otra, sería un forma para descubrir y registrar quiénes son esos “criollos afortunados” que pueden darse el lujo de hospedarse varias noches en un cinco estrellas, así como tener una idea aproximada del dinero que circula en las calles y que el contrabandista, el corrupto, el desconfiado, el avaro y el listo guardan debajo del colchón, aun cuando la vanidad puede llevar a algunos a aparentar poseer más de lo que realmente tienen.

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