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¿Turismo de ciudad o turismo sexual?

turismo sexual

LA HABANA, Cuba.- Navegando en las aguas revueltas de las redes sociales, me topé con una llamativa foto de la influencer mexicana Paola Castillo, donde la joven aparece sonriente sobre el fondo difuminado de la plaza de San Francisco de Asís, en la Habana Vieja. La imagen buscaría incentivar el turismo, presentar el Centro Histórico como destino imperdible para los visitantes de fuera y hacer creer, con la aparente felicidad de la joven, que Cuba es el paraíso de sol y playa que tanto se publicita en cada rincón del planeta; pero también el de una juventud exuberante y sexy, dispuesta a ofrecer a los clientes foráneos una experiencia inolvidable entre edificios coloniales, restaurantes de comida típica y piquetes de música tradicional.

Es casi imposible no fijarse en las nalgas de la influencer, resaltadas con toda intención sobre la Lonja del Comercio, el Café del Oriente y hasta la diminuta paloma que se posó detrás. En esa foto “promocional” no hay más protagonista que el cuerpo de la muchacha. En fin, es ella lo que importa en esa imagen, y con ella un estereotipo de mujer: la criolla chispeante y apetecible, tan opuesta a las federadas que juegan a representar a la mujer cubana.

Captura de pantalla

Con su foto, Paola Castillo parece promover las bondades del turismo sexual en la mayor de las Antillas, donde por una suma discreta es posible acceder a una mujer o un hombre de “buena apariencia”. Desde hace años los turistas interesados vienen en busca del paquete completo: entretenimiento, buena charla y sexo por algunos dólares; pero también a cambio de pacotilla o buenas vacaciones.

Irónicamente, Cuba debe su fama de serrallo flotante nada menos que a Fidel Castro. Cuando la pobreza extrema del llamado Período Especial empujó a cientos de profesionales cubanas a intercambiar sexo por dinero o artículos de primera necesidad, ya el máximo líder había presumido que esta Isla tenía las prostitutas más cultas y sanas del mundo. Desde su óptica machista, aquello era un logro del cual enorgullecerse, la consecuencia lógica de haber recibido educación y atención médica “gratuitas”. Tres décadas más tarde, en un escenario similar o peor, su premisa es retomada sin tanto alarde, pero con determinación.

El régimen de Díaz-Canel y comparsa va con todo para recaudar divisas: turismo de sol y playa, turismo de ciudad, turismo ecológico y de salud, turismo sexual. No van a escatimar los cafiches del Comité Central, empezando por ciertos vástagos de la familia Castro, vinculados al negocio de scorts para clientes VIP. Ahora, con la crisis al galope y la juventud emigrando, hay que darse prisa por explotar lo que queda del patrimonio nacional, y potenciar el tráfico carnal para atraer a aquellos visitantes que no se conforman con la promesa de blancas arenas y aguas cristalinas.

Entre las herramientas más útiles para posicionar un destino turístico en un mercado altamente competitivo figuran los influencers, que continuamente generan contenido, tienen miles de seguidores y solo muestran lo que puede resultar del agrado de los cibernautas. Nada de penurias ni destrucción. Nada más allá de la epidermis.

Al tufo y la decrepitud que emanan de un sistema podrido, hay que contraponer la apoteosis pagada de voceras como Paola Castillo o Ana Hurtado, naturales de países gobernados por gente a la que no le preocupa embarrarse con la mierda del castrismo. Ellas mienten de buena gana sobre la realidad de Cuba para atraer turistas. De ser necesario, hacen proselitismo en apoyo a la dictadura, aunque deban emplearse a fondo para competir de manera eficaz contra las campañas que denuncian la relación directa entre los ingresos generados por la industria del turismo y las cárceles llenas de presos políticos.

El contundente eslogan “Cuba: tu paraíso, mi prisión”, y la imagen del estudiante Leonardo Romero Negrín siendo violentado por agentes de la Seguridad del Estado durante las protestas del 11 de julio, producen una impresión difícil de superar. Es casi imposible competir contra la claridad política de ese mensaje, ignorar la denuncia que entraña, enlodar su significado.

Por eso toca apostar a la relajación de la densidad semántica, y nada es más relajante que un cuerpo en primer plano con el pretexto de promover la historia y la cultura, pero con el único interés de recordarle al cliente que por muy mala que esté la cosa siempre hallará “compañía” en La Habana.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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