Transnacional contra la prensa libre

Transnacional contra la prensa libre

Los periodistas son el objetivo militar en Cuba, Venezuela y Nicaragua

LA HABANA, Cuba.- El que ha sido llamado, con justeza, “imperiucho castrista” fue indudablemente más extenso antes que ahora, cuando está descomponiéndose de prisa, como si los países hechizados intentasen exorcizar sus demonios y el maleficio del Palacio de La Habana estuviera deshaciéndose. En este imperiucho, los medios son parte de la soldadesca y la matonería o son blanco enemigo, según sirvan al poder o lo critiquen.

Pero su papel a favor del dominio en la máquina represiva es vital, inscrito en una operación clave, la eliminación de toda separación de poderes democráticos que abre la puerta a la dictadura. Tras el monopolio de la violencia viene el de la opinión pública, manipulando la información, cuyo lenguaje se tornará necesariamente brutal.

Fidel Castro sabía que debía adueñarse del mayor flujo posible de palabras y empezó a apoderarse de la prensa desde principios de 1959, mucho antes de imponer el socialismo. Naturalmente, empezó por mentir, asegurando que como gobernante respetaba por igual todas las ideas. “¡Ah, cuando se empiece por clausurar un periódico, no se podrá sentir seguro ningún diario!”

Ningún diario, ninguna libertad de prensa quedó en Cuba. Ni prensa quedó. Los medios devinieron armas de dominio masivo y, siempre que se extendió el imperiucho, el control informativo se expandió cuanto pudo. En Venezuela, los decanos se han esmerado en la aplicación del método.

Hace 60 años se firmó en la capital venezolana el Pacto de Caracas, un acuerdo entre las fuerzas antibatistianas para democratizar Cuba a la caída de la dictadura, con el que estuvo de acuerdo el Comandante en Jefe hasta que, ya en el poder, aplastó a los negados al comunismo e implantó una tiranía peor.

Cuatro décadas después, precisamente en Caracas ganó las elecciones un castrista que desmontó la democracia del país petrolero, ensañándose desde el principio, como su maestro, con los medios, censurando, comprando, atacando, clausurando, hasta ser descrito como “un líder mediático que no pudo con los periodistas”, abriendo un negro capítulo en la historia del periodismo venezolano.

Estados Unidos acusa a la inteligencia cubana de ayudar a Nicolás Maduro “a tener bajo control a los elementos del Estado insatisfechos con él y que podrían tomar la iniciativa para deponerle”. Para lograr eso, el dominio sobre la opinión es básico, aunque resulte un trabajo enorme por la cantidad y diversidad de los órganos de prensa con los que lidiar y por los adelantos tecnológicos que hay en manos de los periodistas y de los ciudadanos.

El laboratorio de la censura

El ideal es Cuba, donde la prensa oficial es la única legal y la independiente es reducida y aislada lo más posible, con el imprescindible pretexto estratégico de la “abierta guerra que se nos hace desde medios que han ido escalando en el ataque a lo que nos une, el Partido, y lo que nos defiende, nuestra prensa, descalificando continuamente a ambos y tratando de fracturar y separar lo que viene de una misma raíz y crece en un mismo tronco”, ha declarado Miguel Díaz-Canel.

El designado presidente cubano puntualizó además que “la comunicación es un recurso estratégico de la dirección del Estado y el Gobierno”. Luego, en la Asamblea de alto nivel de Naciones Unidas en New York, no pudo entender por qué la gran prensa norteamericana no se comportaba con él como la suya y entonces se fue a una iglesia de Harlem a rumbear con Maduro, negándole el show a todo corresponsal no amigo. La prensa oficial se quejó del “silencio como manipulación”.

Cuando fue revelado un documento de las Fuerzas Armadas cubanas para el ejercicio bélico Bastión 2016, se supo que la prensa independiente sería la “amenaza número uno” en caso de que las “dificultades económicas” desembocaran en manifestaciones en todo el país, pues “los periodistas son un arma que puede hacer mucho daño”.

Esa visión cubana del comunicador como objetivo militar se hace más evidente hoy en Venezuela y Nicaragua, donde los opositores no se enfrentan a un gobierno, sino a tres, combinados letalmente y respaldados por la extrema izquierda. Como la lucha es de dictadura contra democracia, la prensa libre es un obstáculo mayor.

En Nicaragua, donde todavía no está tan diezmada como en Venezuela, su papel resulta vital para documentar lo que el dúo Ortega-Murillo quiere invisibilizar con el miedo y la mentira: el pueblo que protesta pacíficamente es masacrado utilizando la misma metodología transnacional, que se extiende hacia la liquidación de los medios que apoyen a los protestantes y critiquen al gobierno.

Como muestra de apoyo y admiración, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) ha otorgado el Gran Premio Libertad de Prensa 2018 a esa prensa nica “por su profesionalismo y valentía frente a la violencia indiscriminada del régimen de Daniel Ortega”. Esa misma SIP, con las puertas cerradas en La Habana, en Caracas y en Managua, en su más reciente asamblea ha señalado con certeza que Cuba es “el laboratorio de la censura”.

La utopía castrista y sus utópatas nunca han estado tan desnudos, como ahora, en un escenario tan desfavorable. “Para nosotros, igual que para Venezuela y Nicaragua, está muy claro que se estrecha el cerco”, dijo Raúl Castro el 26 de julio, en Santiago de Cuba. “Otra vez resurge la euforia en nuestros enemigos y el apuro por hacer realidad los sueños de destruir el ejemplo de Cuba”. Estados Unidos acababa de calificar a su régimen como “madre de todos los males en términos de debilitamiento de la democracia en el continente”.

Fidel Castro, Hugo Chávez y Daniel Ortega se impusieron con gran favor de los medios, pero luego los atacaron cuando los medios revelaron su entraña engañosa y corrupta y, sobre todo, violenta. En definitiva, los tres comenzaron su carrera pública de “redentores” con hechos brutales y sangrientos que los llevaron a prisión.

Allí pararán sus seguidores, los criminales destructores de la prensa, como Diosdado Cabello, que acaba de acusar a Angelina Jolie de ser una agente de la CIA enviada a visitar a los migrantes venezolanos en Sudamérica… ¡para desviar la atención de la caravana (teledirigida) de migrantes que atraviesa Centroamérica para llegar a Estados Unidos!

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