Toda Cuba navega en el bote de Cachita

Toda Cuba navega en el bote de Cachita

No fue poco lo que consiguió el fidelismo al desconocerla públicamente, durante decenios, como Patrona de la isla, y al proscribir en la práctica su adoración

Foto-galería sobre la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba

LA HABANA, Cuba.- Nada parece contener un mensaje más sólido para los cubanos, en el día de hoy, que ese bote que navega desafiando el mal tiempo bajo la protección de la Caridad del Cobre. Es algo que no sólo nos sirve como particular motivo de esperanza, en una coyuntura en la que vivimos igual que náufragos sin costas a la vista. También nos extiende una lección histórica, al indicarnos que no son los gobernantes ni los poderosos quienes determinan el real alcance de un símbolo, por más que se empeñen.

Las representaciones de la fe no obedecen a dictados, ni a planes de conquista. Son muros infranqueables que se levantan solos en el espíritu de la gente y contra los que todo poder material resulta inútil.

Nuestra Cachita ejemplifica esa lección de la manera más rotunda. Primero, debió resistirse al modelo impuesto a fuego y látigo por los conquistadores españoles. Después tuvo que enfrentar el ninguneo racista y los prejuicios de clase que impusieron su fécula nociva durante la época republicana. Al punto que aunque su imagen, en forma sincrética, era adorada desde hacía más de tres siglos, la primera fiesta pública de celebración de Ochún tuvo lugar en Cuba en el año 1936, según Fernando Ortiz. Luego, para colmo, los revolucionarios de Fidel Castro, una vez que se habían valido de su halo para conquistar la simpatía popular, quisieron borrarla del mapa, olvidando que el signo de su trascendencia no radicaba en las estampitas ni en los altares, sino en el alma del pueblo.

No obstante, no fue poco lo que consiguió el fidelismo al desconocerla públicamente, durante decenios, como Patrona de Cuba, y al proscribir en la práctica su adoración. Algún día los historiadores quizá se animen a establecer hasta qué punto ese atropello de la más representativa inspiración espiritual de los cubanos incidió en la fractura de la unidad nacional y en la separación de las familias y en la adopción del miedo y la desesperanza y en las derivas del comportamiento indecoroso como nuevos signos de nuestra identidad. Cachita nos hizo falta durante demasiado tiempo.

La suya fue una ausencia por la que el Papa y sus nuncios difícilmente podrán recompensarnos. Toda vez que en su propia casa, la iglesia católica cubana, y entre sus más encumbrados moradores de los predios capitalinos, ante el imperativo de escoger entre la complicidad y la total anulación, hubo quienes parecen haber pactado con los mismos que la anulaban. Fue como si Jesús, en vez de arrojar a los mercaderes del templo, les rentara tarima para compartir con ellos los beneficios de la venta.

Pero la historia es testadura, y con ella, los símbolos populares, que conforman su expresión más elocuente.

La Caridad del Cobre, nuestra Cachita, mestiza y sincrética a pesar de los pesares, ha sido llevada al fin a los muy exclusivos Jardines del Vaticano, hace pocos días. Mientras, coincidentemente, el embajador del Papa en La Habana, arzobispo Bruno Musaró, declaraba que aquí, “aún medio siglo después se habla de revolución, se alaba a ésta, pero la gente no sabe cómo alimentar a sus propios hijos”. Nunca es tarde cuando la dicha es cierta, afirma el refrán. Y claro que en esta ocasión también lo es.

Por nuestro lado, medio siglo de ateísmo impuesto por el poder político, si bien han dejado sus secuelas, como todo atropello a los más elementales derechos de las personas, no logró erradicar, ni reducir siquiera la innata tendencia de los espíritus crédulos a mirar hacia arriba en procura del divino socorro.

Y desde allá arriba -nadie se llame a engaño-, no es la imagen de Fidel Castro, ni la del Che o Marx o Lenin, las que guían hoy al pueblo cubano. Es la de Cachita, esforzándose por evitar que naufraguemos en medio de la tormenta y sin otro suelo más sólido para pisar que el de un bote a la deriva.

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