Babalú Ayé, el que más se nos parece

Babalú Ayé, el que más se nos parece

“Aquí todo el mundo necesita de San Lázaro, ¿a quién más le vamos a pedir?”, solo basta con mirar a nuestro alrededor, incluso a nosotros mismos

San Lázaro
Peregrino en la calle Obispo. Foto P. Chang

LA HABANA, Cuba.- “El más milagroso de los santos”, dice una mujer al pasar junto a uno de los tantos peregrinos que se ven por estos días en las calles de La Habana. “Es el que más se nos parece”, comenta con cierta ironía un señor después de registrarse los bolsillos. Busca alguna moneda que arrojar a los pies de la imagen del San Lázaro que porta el pagador de promesas.

El penitente arrastra un pedrusco que lleva atado a una de las piernas y además viste harapos, tal vez  a semejanza de ese Babalú Ayé del panteón Lucumí que fue castigado con la enfermedad y la miseria por desobedecer a Orula, pero también por el pobre Lázaro mendigo que pretendía alimentarse con las sobras de un ricachón avaro, según la parábola de San Lucas.

Hace siglos que en la Isla se fundieron y confundieron los mitos y leyendas sobre ese Lázaro de los tiempos al que cada cual atribuye su propia historia familiar donde la tragedia y el milagro, que no dejan de provocar asombro y temor, son una experiencia cotidiana.

“Este es un pueblo que ha sufrido mucho”, dice quien se arrastrará bajo el sol o la lluvia, sorteando peligros y suciedades, desde la calle Reina en Centro Habana hasta El Rincón, allá bien lejos, en Santiago de las Vegas, donde casi termina la ciudad.

Llegará antes de que amanezca el 17 de diciembre para lograr estar entre los primeros en arrodillarse delante de aquel otro San Lázaro que veneran los católicos, tan diferente del leproso. Pero eso poco importa. Para los cubanos es la misma cosa y de muy poco valen las distinciones.

San Lázaro para los cubanos es una especie de fuerza contra la que nadie puede y ante la cual casi todos se rinden o se entregan cuando quedan pocas esperanzas. Y “estos son tiempos malos, muy malos, y lo que viene no es nada fácil”, sentencia un señor mayor que acompañará al penitente hasta las puertas del santuario.

Los cientos de peregrinos flagelantes que acuden todos los años, alrededor de estas fechas, al santuario de El Rincón, las multitudes vestidas de color morado, los altares en las casas, las velas encendidas, las ofrendas en las esquinas, el olor a tabaco y aguardiente, el murmullo de rezos, el cierre del tráfico en las vías por donde se transita hacia el santuario, el despliegue de fuerzas especiales de la policía más el silencio de los medios oficialistas sobre uno de los acontecimientos más importantes del calendario religioso en la Isla, bastan para llamar la atención sobre el que tal vez sea el momento donde mejor apreciar qué cosa es en verdad el pueblo cubano y cuáles son sus más profundas carencias y aspiraciones.

Habría que pegar el oído a esas bocas que murmullan oraciones y plegarias para saber qué cosas en verdad desea y pide la gente. “A San Lázaro no se le puede engañar”, asegura alguien con quien converso y que también se ha detenido a ver a aquel hombre vestido de yute y descalzo en su sacrificio.

Para quienes saben muy poco sobre el asunto, los peregrinos de San Lázaro pudieran parecer impostores o alucinados que se limitan a representar un acto de fe, o de su fanatismo, pero lo cierto es que casi todos son personas que han vencido o intentan vencer alguna grave enfermedad que padecen ellos o algún familiar cercano.

Para muchos, como para cualquier cubano de a pie, la pobreza y la desesperanza han sido un mal constante de sus existencias y el último recurso que les queda es aferrarse a la veneración de ese santo pobre y limosnero que como ningún otro pudiera comprenderlos.

“Nadie se atreve a jugar con San Lázaro”, me explica una señora a la que le pregunto si no cree que la procesión es una de tantas imposturas que se inventan los cubanos para sobrevivir a la dura realidad.

“Con San Lázaro es distinto. Si pide limosna en su nombre es porque el santo se lo ha pedido o eso fue lo que le prometió a cambio de salud. A San Lázaro no se le pide dinero, él lo que da es salud pero si no le cumples o si te burlas de él, te castiga”, dice la señora muy convencida, y como prueba me pide que piense en cómo el régimen comunista en los peores años, allá por los 70 cuando proscribió toda creencia religiosa e impuso el marxismo como dogma del Estado, no se atrevió a prohibir las peregrinaciones al rincón ni las flagelaciones de los devotos.

También pienso que fue un 17 de diciembre el día que escogió Raúl Castro, quizás con toda intención, para anunciar que las relaciones con los Estados Unidos comenzarían a normalizarse. Aunque la alegría en casa del pobre dura muy poco.

La señora lleva mucha razón en lo que dice. A pesar de que los peregrinos atraviesan calles, como las aledañas al aeropuerto, por donde transitan turistas y otros visitantes extranjeros, el gobierno no ha podido desaparecerlos, encerrarlos, como hace con los enfermos mentales y perros callejeros cuando entiende que no quedan bien dentro de la “foto oficial”.

En San Lázaro y sus devotos parecieran concentrarse esas cosas “feas” que el régimen no quiere ver o mostrar.

Hay quienes dicen que a Cuba, como país, no le ha ido peor gracias a la protección de San Lázaro y de la Virgen de la Caridad del Cobre. También están los que aseguran que todo cuanto sufre el pueblo cubano no es más que un largo castigo por alguna promesa colectiva incumplida, un acto de traición o de infidelidad.

“No hay policía que se preste para decirle a nadie que no se arrastre hasta El Rincón o que no pida limosnas, si a ellos mismos los he visto echando su pesito a San Lázaro y encendiendo su vela. Aquí todo el mundo necesita de San Lázaro, ¿a quién más le vamos a pedir?”, comenta alguien sin que su pregunta persiga una respuesta. No es necesario. Solo basta con mirar a nuestro alrededor, incluso a nosotros mismos, para darnos cuenta de lo que habla y de por qué alguien ha dicho que es el santo que más se nos parece. ¿Incluso como pueblo?

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