Rebelión en los muros

Rebelión en los muros

“Abajo Fidel”, “Abajo Raúl” son algunos de los mensajes que se multiplican dentro de la isla. El gobierno no escatima en gastos para borrarlos.

Pared de la calle Belascoaín, La Habana (Foto del autor)
Pared de la calle Belascoaín, La Habana (Foto del autor)

LA HABANA, Cuba -En contradicción con la imagen de sosiego y estabilidad que el gobierno cubano gusta de proyectar al exterior, recurriendo a leyes severas que prohíben expresar públicamente los desacuerdos con la política oficial, están los numerosos carteles con mensajes de protestas y denuncias que todas las mañanas aparecen en las calles de La Habana, al igual que en el resto del país.

“Abajo Fidel”, “Abajo Raúl”, “Abajo la dictadura” o “Cuba es un país corrupto” junto a frases de solidaridad con Venezuela ―donde cada vez se radicalizan más las medidas populistas que han puesto en riesgo la democracia―, son algunos de los mensajes que comienzan a multiplicarse dentro de la isla, a pesar de que el gobierno no escatima en gastos para castigar estos actos de rebelión.

Escritos unas veces con lápices comunes y otras simplemente raspando la pared con un trozo de metal y con la prisa de quien sabe que, en Cuba, disentir de modo manifiesto, es un delito perseguido con furia desmedida, la mayoría de los textos solo alcanzan a expresar de manera directa la oposición a un sistema de gobierno por el que ya muy pocas personas apuestan.

Es conocido por todos que, en la isla, la aparición de un simple cartel de oposición en un centro de trabajo, una escuela o un lugar público desata un zafarrancho de investigaciones policiales, acosos y detenciones que ni siquiera un crimen de sangre o un robo con violencia son capaces de movilizar, debido a que algunas formas de oposición abierta, más cuando implican actos de asociación o resultan un incentivo a la rebeldía, pueden ser consideradas delitos muy graves contra las “seguridad del Estado”, con lo cual se cumple muy bien aquello de “quien hace la ley, hace la trampa”.

No obstante, asumiendo los riesgos, hombres y mujeres que no soportan continuar guardando silencio, salen clandestinamente por las noches a escribir sus denuncias aún a sabiendas de que a las pocas horas alguien las hará desaparecer de la manera más burda.

Unas veces habrá de ser el Departamento de Propaganda del Partido Comunista quien se encargue de tapar los mensajes empleando vallas de mal gusto atiborradas de consignas partidistas; otras, será una brigada de obreros o de estudiantes quien tachará los carteles a fuerza de brochazos, cumpliendo una tarea urgente del Sindicato o de la Unión de Jóvenes Comunistas. Así lo describe un joven que he preferido mantener en el anonimato para no perjudicarlo en su puesto de trabajo. Fue Secretario de la Juventud de su Facultad, durante su etapa de estudiante universitario:

“Como la Facultad queda en una zona sin iluminación por las noches, con frecuencia amanecían carteles que decían “Abajo Fidel” y otras cosas. A mí se me ponían los pelos de punta porque sabía que después venían los problemas. La policía se ponía como loca a hacer preguntas entre los estudiantes y los profesores, a todos nos trataban como si fuéramos culpables, nos miraban con desconfianza. Como yo era el de la Juventud, me tocaba después armar una brigadita para tapar con pintura los letreros aquellos. Lo peor es que aparecía la pintura de inmediato, pero cuando pedíamos para pintar las ventanas de las aulas, nos decían que no había dinero, pero para tapar los carteles, sí.”

Un trabajador de un taller automotriz del Cerro (donde aún se pueden divisar, tras los brochazos de pintura, uno de los carteles firmados por la Unión Patriótica de Cuba UNPACU), nos comenta:

“Si fuera por mí, los dejaría ahí, pero se arma tremendo lío si no los borramos. Nos caen en pandilla los del Partido y la policía viene al momento como si hubieran matado a alguien. Aquí botaron al custodio por ese cartelito. Tenían que desquitarse con alguien porque en verdad es imposible saber quién escribió eso. Como el cartel está en los muros del taller, entonces el problema es de nosotros. Ahora en estos día van a pintar el muro completo porque todavía se puede leer lo que dice.”

A juzgar por la tormenta de propaganda ideológica oficialista que invade la ciudad, el pueblo cubano aparenta ser una masa homogénea, monolítica y, sobre todo, feliz con su condición de rebaño sometido. Si detenemos la mirada en esas tachaduras torpes y en las manchas de pintura de algunos otros muros y paredes, entonces comenzaremos a comprender que hay un silencio que comienza a quebrarse.

La radio, la televisión, las páginas webs, los poquísimos periódicos y revistas que circulan todos bajo la batuta del Partido Comunista, y hasta las cajas de fósforos y las cubiertas de los cuadernos escolares son, además de vehículos de manipulación de las masas populares, una expresión de la paranoia de los principales dirigentes del país para quienes resultaría una pesadilla descuidar y ceder un espacio físico o virtual donde la creciente disidencia interna pueda expresar públicamente su descontento, sus deseos de cambio o denunciar aquellos fenómenos políticos que les resulta imposible enfrentar por la vía de la democracia, aun así, los letreros que uno se encuentra a diario en los lugares más insospechados dan una lección de dignidad con su persistencia.

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