La doble vida de tres bailarinas cubanas

La doble vida de tres bailarinas cubanas

Rusia está entre los mercados más codiciados para la prostitución y el tráfico con mujeres de la isla

(rebelcircus.com)

LA HABANA, Cuba.- La primera vez que Liuba viajó a Moscú fue en junio de 2014 cuando Giorgi, un ciudadano ruso que conoció en Facebook gracias a una amiga, la invitó a pasar unas vacaciones en su apartamento en el centro de la capital rusa.

Durante poco menos de un mes, Liuba y Giorgi intercambiaron mensajes. Según cuenta la propia Liuba, joven negra residente en Cienfuegos, ya había comenzado una carrera como bailarina en centros turísticos después de graduarse de la Escuela Nacional de Arte y, aunque conocía de las verdaderas intenciones de Giorgi, vio en la trampa que se dejaba tender la oportunidad de salir de Cuba y mejorar la economía familiar.

“Yo sabía que detrás de todo eso había algo más. Yo solo entré en el juego. Ya otras amigas de la escuela me habían hablado de Giorgi y de lo que iban a hacer en Moscú durante las vacaciones, pero aun así decidí irme. No le podía decir a Giorgi: ‘Oye, yo sé en lo que tú andas’. Tenía que seguirle el juego; si no, lo espantaba, y yo quería ir a Moscú a lo que fuera. (…) Entonces les dije a mis padres que me había ganado una beca de Danza y todavía ellos creen que voy a estudiar ballet clásico a Moscú”, nos cuenta Liuba para más tarde revelar los detalles de la “doble vida” que lleva entre La Habana y Moscú desde hace tres años.

“En Cuba tenía que trabajar casi todas las noches hasta la madrugada y después eran ensayos tras ensayos toda la mañana. No tenía vida, y todo por un salario pésimo que se me iba en pagar la máquina (transporte) que me llevaba y traía. (…) Un día me encuentro con una amiga de la escuela y me dice que viajaba todos los años a Moscú y que ganaba cantidad de dinero en cada viaje. Entonces me embullé porque buscaban jóvenes negras, de buen cuerpo, no importa que supieran bailar bien, la cosa es que tuvieran picardía. (…) Al poco tiempo me escribe Giorgi, pero todo en tono como que quería amistad y romance, en ningún momento hablamos de prostitución ni de contratos, todo fue como de novios. (…) Ya cuando llego a Moscú es que Giorgi me habla claro. Tenía que pagarle los gastos de pasaje y alojamiento más un porciento y lo que yo ganara extra era todo mío. Y a mí me pareció genial”, dice Liuba, como si hablara del gran negocio del siglo.

La historia de Liuba es muy semejante a la de su amiga Daysi, también cienfueguera y graduada de Danza en la misma escuela.

Esta joven realizó su primer viaje a Moscú en julio del pasado año pero no coincidió con Liuba en el negocio de Giorgi sino en otro administrado por un sujeto que se hace llamar Olev.

“Pienso quedarme hasta finales de septiembre. (…) El año pasado, después de pagar la deuda con Olev, me quedé con tres mil dólares limpios, sin contar lo que gasté en ropas y cosas para la casa. (…) Yo jamás iba a hacer ni la décima parte de eso en todo un año, aunque bailara los siete días de la semana sin descansar. (…) Al final en Cuba uno termina haciendo lo mismo. Bailas para los extranjeros y después terminas acostándote con ellos por unos dólares y ya”, afirma Daysi, quien apenas ha cumplido los 20 años.

“Mi padre es militar y mi madre es profesora de secundaria, pero ellos no saben nada. Para ellos yo tengo un contrato de trabajo en una escuela de baile allá (en Moscú) y están muy contentos. (…) Bueno, yo les traigo de todo. Antes se quejaban por haberme dejado estudiar Danza, sobre todo cuando me veían llegar de madrugada, ojerosa, cada día más flaca, pero ahora me ven como alguien que ha logrado algo bueno. Yo no les puedo quitar esa ilusión”, comenta Daysi, quien además afirma que cada día hay más jóvenes cubanas que viajan a Moscú en una aventura similar a la suya.

“Conmigo trabajan cuatro cubanas. Todas somos negras o mulatas, porque somos muy demandadas y nos pagan muy bien. (…) Ninguna estudió conmigo pero hay dos que son graduadas de Danza en La Habana y otra es de Camagüey; la otra no sé, porque no me llevaba muy bien con ella y siempre estaba quejándose (…). Nadie que está allí está obligada (…). Bueno, no te puedes ir hasta que no pagues la deuda. Olev se queda con el pasaporte y con los pasajes y hasta que no le pagues no puedes salir del apartamento sola. (…) Si quieres ir a la tienda, por ejemplo, tienes que ir con él o con Serguei, que es el que nos cuidaba por la noche, incluso llevaba pistola. Mientras no pagues no puedes salir, ni siquiera asomarte al balcón, pero vale la pena, al final vale la pena”, afirma Daysi.

Al no requerir visado, Rusia se ha convertido en un destino ideal no solo para los negocios de las llamadas “mulas” en Cuba (personas que viven de importar mercancías, aprovechando la perpetua escasez de productos en la isla), sino, además, para aquellos jóvenes que, desesperados por la miseria en que viven y  la falta de oportunidades una vez terminados los estudios, buscan salir adelante aunque sea viviendo una doble vida y exponiéndose a los peligros del tráfico humano.

No obstante, otros países que exigen visado a los ciudadanos cubanos y que incluso clasifican en la lista de las naciones más empobrecidas del planeta se han convertido en lugares de destino para el comercio sexual proveniente de Cuba.

Haití es el mejor ejemplo, según lo confirma el testimonio de Leyanis, una joven guantanamera que dice haber viajado a la nación caribeña para trabajar como bailarina en un centro nocturno donde debía, además, dedicarse a la prostitución.

“La primera vez que viajé me hicieron muchas preguntas al entrar pero al final pasé. Tenía miedo porque todo lo que uno oye hablar de Haití es de enfermedades y pobreza, y es verdad que las hay, pero existe otro Haití para la gente que tiene dinero. Hay clubes nocturnos y hay gente que va a gastar (…). Yo fui por una amiga que ya había estado y entonces me puso en contacto con la gente. Buscaban blancas, rubias y entonces tuve que teñirme el pelo, y para salir a la calle usaba blusas de mangas largas y una sombrilla (…). La primera vez fue en 2015 y viajé con pasaporte cubano. Solo pude estar veinte días pero hice bastante dinero. (…) En mi caso solo tuve que pagar dos mil dólares al que me ponía los puntos (clientes), (…) no tuve que pagar pasaje ni alojamiento porque todo estaba en esos dos mil dólares. (…) El año pasado fui con un pasaporte español que compré en cuatro mil dólares, entonces pude estar tres meses y vine con el dinero que gasté más ropa, zapatos y cosas para vender, que al final se me convirtieron en casi siete mil dólares”.

Leyanis piensa volver este año a Haití e incluso ha planeado casarse con un ciudadano haitiano para poder quedarse a residir en el país buena parte del año y, de ese modo, aumentar las ganancias.

“Tengo que aprovechar mientras tenga juventud y la gente pague por eso. Después pienso regresar a Cuba y comprar mi casa en La Habana, comprarle una casa a mi madre, y tal vez poner un negocio que nos dé para vivir. Pero también puede ser que me embulle y me quede por allá. Aquello, con todos los problemas que tiene, está mejor que esto. Incluso, si me enfermo, hay más médicos cubanos allá que aquí”, comenta Leyanis entre risas, como si no considerara los riesgos de su doble vida.

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