Cuba: abusos y miseria en tiempos de coronavirus

Cuba: abusos y miseria en tiempos de coronavirus

Intentar sacar provecho de manera inescrupulosa en medio de tanta pobreza y calamidad que pudiera avenirse, es inhumano

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La necesidad sigue marcando la realidad cubana, aun en días de pandemia (foto del autor)

LA HABANA, Cuba. – En la situación de crisis económica agudizada que atraviesa Cuba en momentos de pandemia, con las fronteras cerradas al turismo y todos los ciudadanos cubanos sin poder viajar al exterior, van quedando pocas opciones para subsistir y muy escasos recursos para poder enfrentar una enfermedad que no entiende de estatus sociales pero que, sin dudas, se ensaña con los más pobres.

En Cuba, teniendo en cuenta los bajos salarios, las condiciones de las viviendas, los altos niveles de desabastecimiento, unidos a los obstáculos del régimen al emprendimiento individual, cuyo probable éxito es visto como una amenaza política, pudiera afirmarse que la pobreza es casi generalizada, por lo que las estrategias de supervivencia se vuelven mucho más dramáticas que en otros contextos.

Mientras unos, aunque quisieran, se ven imposibilitados de recluirse en cuarentena porque están obligados a salir a la calle y “luchar” por llevar el alimento a la mesa, otros, con más recursos, se escudan en la situación actual para intentar “raspar” hasta el último centavo del bolsillo de aquel desesperado por el miedo al contagio de la COVID-19.

Por ejemplo, si la cadena hotelera española Iberostar, viéndose despojada de la clientela extranjera, ha tenido la “iniciativa” de “ayudar”, vendiendo la comida que de otro modo se les pudriría en los almacenes y neveras, solo para aquellos cubanos capaces de pagar un mínimo de 30 dólares por una ración de alimento —de acuerdo con información de los propios medios de prensa oficialistas—, entonces ¿por qué no remontar esa misma ola de oportunismo mercantilista, enmascarado en gesto caritativo? Se preguntarían algunos revendedores y comerciantes que publican clasificados en páginas de promoción como revolico.com, a la que muchos en la isla llaman con ironía el “Amazon cubano”.

En ruidoso contraste con un pequeño número de personas de gran bondad—entre ellos dueños de restaurantes, que de verdad se han dispuesto a brindar ayuda a los más necesitados del barrio llevándoles alimentos hasta las casas sin propaganda ni alardes en las redes sociales—,  abundan los que se aprovechan de la situación.

Si bien la estrategia de usar páginas de clasificados para vender productos y servicios pudiera ser recomendable en este momento no solo por evitarnos salir a la calle sino, además, por ser una manera de ganar algún dinero desde casa hasta tanto se normalice la situación, el abusar con los precios y el manipular el temor de las personas para venderles “brebajes mágicos” contra el coronavirus, por ejemplo, lejos de ser una astucia de comerciante se asemejaría más al crimen.

Así, tan solo en una mirada rápida por revolico.com, encontramos decenas de restaurantes que anuncian servicios a domicilio por no menos de 5 dólares, mientras en el menú los precios se mantienen tan elevados como siempre, incluso más, sin importar que tan solo el costo de envío equivale a la mitad de la pensión de un jubilado.

Filete de pescado a 7.60 dólares, pollo asado a 8.50, una ración de cerdo a más de 7 y todo por “hacer un bien”, “ayudar en tiempos de coronavirus”, dicen algunos anuncios, en medio de una terrible pandemia que, de alcanzar las dimensiones que en Europa, en Cuba, donde ya de por sí la gente intenta sobrevivir a las miserias cotidianas de más de medio siglo de política fallida, pudiera causar un verdadero desastre total, un daño irreparable.

Por otra parte, la carencia en las redes comerciales estatales y farmacias de productos de aseo, de protección individual y de desinfección, de medicamentos y vitaminas, las inmensas filas en los lugares donde “aparecen” el cloro y los nasobucos, ha creado un mercado paralelo especulativo de esos mismos géneros en redes sociales y páginas de ventas por internet.

Nasobucos “originales”, importados de Estados Unidos u otros lugares, entre 1 y 2 dólares; los fabricados en las casas o de producción nacional, uno o dos por un dólar; gel antibacterial, en 3 y hasta 5 dólares, incluso más cuando la entrega es a domicilio, un servicio que, por las circunstancias, puede doblar el costo del producto, o pudiera no estar disponible para quienes adquieran mercancías por debajo de los 10 dólares.

Al final, se justificarían algunos, Iberostar es mucho más abusador, y si no le compras chucherías por encima de los 30 dólares no las llevarán hasta la puerta de tu casa, incluso cuando el servicio se limita exclusivamente a los municipios Plaza, Habana Vieja y Centro Habana. Negocio más que redondo.

Buena manera de ayudar la de estos españoles, aún cuando junto con las autoridades cubanas cargarían con la culpa de introducir el contagio en la isla, al promover el turismo irresponsablemente en medio de la situación de pandemia.

Un sistema legal que funcione como debe ser, los obligaría a pagar millonarias indemnizaciones pero ya sabemos que las leyes “nuestras” auspician y consolidan tales “hipocresías solidarias”.

Si bien es legítimo continuar el comercio y la prestación de servicios auxiliándonos del internet, como serían los casos de las academias de idiomas particulares que ahora dan la posibilidad de hacer los cursos desde las casas o aquellos que aprovechan la auto reclusión para hacer otros trabajos que no impliquen salir a la calle y que también son necesarios, incluso bromear como un recurso muy criollo de mercadeo, tal como vemos en anuncios de lavadoras, autos, o de arrendadores de habitaciones —que dicen “ayudar al  turista que ha quedado varado en Cuba”, lo cual es hasta picaresco—, intentar sacar provecho de manera inescrupulosa en medio de tanta pobreza y calamidad que pudiera avenirse, es inhumano.

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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