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sábado, 28 de mayo, 2022 10:00 am

Ofelia Schuder y García Menocal: “Creo que mi madre fue la última mambisa cubana”

Entrevista con Ofelia Schuder y García Menocal, marquesa de Arcicóllar, hija de Ofelia García-Menocal Brito.
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MADRID, España. – Casi todos los habaneros conocen la hermosa casona en lo alto de un promontorio rocoso que se encuentra en la esquina de las calles N y 25. Ya no tanto por sus antiguos propietarios, Fausto García-Menocal Deop  ―hermano del que fuera presidente de la República cubana― y su descendencia, sino porque a partir de 1973, fecha en que sus dueños legítimos fueron expulsados de Cuba, el Gobierno la convirtió en el Palacio de los Matrimonios del Vedado. 

La casa siempre me gustó por su aire de mansión victoriana, con una columnata semicircular en su portal, sus hermosos jagüeyes y el misterioso túnel para que los autos pudieran subir hasta su entrada principal. De hecho, en Fugas, una de mis novelas, esta casa marca una de las etapas del itinerario del personaje, un joven universitario cubano que, en la década de 1980, atraviesa esa parte del barrio.

En esa casa vivió, hasta su salida de Cuba, Ofelia García-Menocal Brito. Esto fue antes de que, tras un ultimátum de Fidel Castro, ella y Ofelia Schuder y García-Menocal, su hija de 13 años, salieran rumbo a Madrid, después de que Ofelia madre fuera encarcelada. En el exilio, esta última se convirtió durante tres décadas en epicentro de la vida de los que llegaban huyendo del castrismo.

Considerada como una “pasionaria” de la lucha contra la dictadura cubana, trabajó arduamente desde el Centro Cubano de Madrid y la Federación Mundial de Expresos Políticos de la que fue su secretaria permanente hasta su fallecimiento. Con el tiempo, y tal vez porque su labor y dedicación datan de una época en que el internet no existía, es difícil encontrar información e imágenes sobre su vida y obra, e incluso, sobre otros que como ella mantenían viva la causa cubana desde la capital de España.

Para subsanar, en la medida de lo posible, estos olvidos, entrevisto en Madrid a su hija Ofelia Schuder García-Menocal, marquesa de Arcicóllar, quien conserva inédita la autobiografía de su madre, y muchísimos documentos, fotografías y, sobre todo, una vívida memoria de su infancia en la Isla, así como de la entrega, sin concesiones ni beneficios a cambio, de su madre. “Una vida de sacrificios”, resume, “que me marcó de joven y contribuyó al poco entusiasmo y al mucho escepticismo que me inspiran los tiempos que corren”.

Naciste en el seno de una familia que marcó la historia cubana, no solo política, sino también artística y cultural. ¿Tenías conciencia de esto siendo niña?

―Nací en 1960 con la Revolución andando. Mi madre era hija de Fausto García-Menocal Deop, hermano de quien había sido presidente de la República cubana. Con el triunfo del castrismo, la mayor parte de la familia se exilió, o sea, que mi llegada al mundo ocurrió en medio de un cataclismo que había removido los cimientos de lo que había sido hasta ese año mi institución familiar y la de casi todas las familias cubanas en general. Mi madre, no era una simple descendiente de ricos, como suele decir la propaganda del régimen. Era doctora en Derecho Civil por la Universidad de La Habana y licenciada en Derecho Diplomático y Consular (1937-1943). Fue nombrada cónsul por oposiciones en 1957, hablaba varios idiomas, tenía una gran cultura y se esmeraba en transmitirla a quienes la rodeaban. 

La casa de Fausto Menocal, en N y 25, donde nació la entrevistada (Foto: Cortesía)

Su padre era el menor de todos los hermanos de Mario García-Menocal, al punto que cuando estalló la Guerra de Independencia no había alcanzado aún la mayoría de edad. Por eso intentó dos veces incorporarse al Ejército Libertador, fugándose de casa para llegar a la manigua; y dos veces el propio general Calixto García lo envió de vuelta a sus padres. Mi abuelo fue luego representante de la Cámara y senador de la República. La familia había estado muy implicada en la Guerra de los Diez Años, así como en la de Independencia. Mi tío abuelo Serafín tuvo que emigrar por esa razón a Nicaragua, en donde fomentó la industria azucarera de ese país, y gracias a esto pudo mantener al resto de la familia que se había quedado en Cuba, arruinada por la guerra de 1868. Gustavo, otro tío abuelo, también fue coronel del Ejército Independentista. La familia de mi madre estuvo siempre muy implicada en la historia del país, incluso después del castrismo. Dos primos de mi madre, Eugenio y Jorge Sardiña Menocal (nietos del que fue presidente) fueron miembros de la Brigada 2506 y de los dos, el último participó en el desembarco en bahía de Cochinos como capellán. También Raúl García-Menocal Fowler y mi tío Fausto iban en esa misma brigada.

Pero la familia contaba también con varios artistas, como Pedro García-Menocal Almagro, que fue un gran retratista de grandes personalidades norteamericanas. El retrato mío que ves allí lo pintó él cuando tenía 31 años, regalo de bodas cuando me casé en 1991. Y más lejanamente, el pintor Mario García-Menocal y García-Menocal, uno de los pilares de la Academia de San Alejandro. Sin contar la influencia en la vida religiosa del país, pues también era primo nuestro el vicario y arzobispo Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal. 

Por supuesto, todo ese mundo de nombres, cargos, anécdotas, alianzas, guerras y exilios fue poblando la imaginación de una niña como yo que había nacido rodeada de objetos e historias sobre la familia.

Fiesta en casa de Fausto Menocal, en el Vedado, 1938 (Foto: Cortesía)

Ofelia, tu mamá, decide quedarse en Cuba y defender a capa y espada su legado familiar. ¿Por qué renuncia al exilio, contrariamente a casi todos los miembros de su familia y qué consecuencias tuvo esta decisión?

―Mi madre no le tenía miedo a nada. Había visto mundo y conocido a mucha gente. Había vivido permanentemente en el Hotel Ritz de Madrid entre 1946 y 1954, o sea, durante nueve años, porque su madre, Ofelia Brito Mederos, que era propietaria de varias casas en La Habana, tenía alquilada la suya a la Embajada de Bélgica, en el mismo sitio en que se encuentra hoy en día, en la Quinta Avenida de Miramar y la calle 24, frente al gran parque de la iglesia Santa Rita. Esa casa había sido construida por el arquitecto César Mederos Menocal, pariente nuestro, y mi abuela quiso destinarla a embajada, cosa que logró alquilándosela al Reino de Bélgica por $ 900 mensuales. El Sr. Rosier, embajador de ese país, quedó muy complacido con la casa y la manera en que mi abuela la había amueblado recurriendo a los anticuarios que existían en las calles Consulado y Salud. Y solo pidió como condición que el comedor fuera de Jansen y mi abuela lo complació.

Durante esos años de vida en Madrid, en que era una veinteañera ―pues había nacido el 18 de marzo de 1920, en la clínica del Dr. Gustavo de los Reyes, en la calle 21 y G del Vedado― frecuentaba a gentes tan diversas como Orestes Ferrara, los condes de París, el rey Pedro II de Yugoslavia, Salvador Dalí y todo el beau monde que residía o pasaba temporadas en este célebre hotel del Paseo del Prado madrileño.

Tal vez el haber nacido en ese medio le daba una fuerza particular, algo así como la idea de que nada podría afectarle. El caso es que decide quedarse contra vientos y mareas. Como era diplomática de carrera, nombrada cónsul en la Gaceta Oficial de la República entre 1957 y 1960, Raúl Roa le propuso un puesto de diplomática en París, pues hablaba perfectamente el inglés y el francés y había vivido también en Francia anteriormente. Su negativa fue categórica: “Yo no colaboro con un gobierno dictatorial”, le respondió. 

Al verse privada de su trabajo, comenzó a sobrevivir vendiendo enciclopedias y objetos, para mantener nuestra casa. Pero en 1961, cuando yo tenía un año de nacida, conoció en una recepción de la embajada belga ―que como ya conté estaba todavía alquilada por mi abuela al cuerpo diplomático de ese país― al embajador de Francia en La Habana, quien la contrata para ocuparse de las traducciones y como secretaria en la sesión de asuntos culturales. También crea su propia agencia de traducciones y hace lo mismo para la embajada suiza. En la francesa trabajó entre 1961 y 1971, pero nunca estuvo exenta de sobresaltos, pues en septiembre de 1963, siendo yo pequeña, recuerdo cuando de madrugada tres milicianos tocaron la puerta para arrestarla en medio de la noche. Mi madre no quiso abrir, pero un miliciano trepó por fuera y penetró en la casa. En pocos minutos la casa estaba repleta de policías y ella fue conducida a Villa Marista. 

La acusaban de gestionar asilo a “contrarrevolucionarios” cubanos ante embajadas occidentales en La Habana. En realidad, María Antonia Mier, antigua maestra del Colegio Lafayette, había influido para que mi madre evitara que algunas personas fueran encarceladas, e incluso, fusiladas. Ella pertenecía al Movimiento de Recuperación de la Revolución y su jefe era Rogelio González Corzo, conectado con Manuel Artime, de la Brigada 2506. Mi madre aceptó colaborar y le pusieron “Silvia” como nombre de guerra. Así logró conseguir el asilo de Raúl Arango, Gabriel Valcárcel (financiero), Pedro López Peñaranda y su mujer, Ricardo González (a través de México), Sergio Fuentes Frías, Bernardo Hernández Álvarez (ambos por Francia) y a través las embajadas de Italia y Uruguay, el de Felipe Quintero y muchos más. Con Gilberto Bosques, embajador de México entonces, cuyas hijas eran amigas de ella, consiguió el asilo de tres personas. Para ello contaba con el apoyo del vizconde Roger Robert du Gardier, embajador de Francia y del conde Karl von Spretti, embajador de Alemania Federal, en La Habana.

Ofelia García Menocal Brito, Embajada de Francia en La Habana, julio de 1959 (Foto: Cortesía)

La soltaron gracias a las gestiones de la embajada francesa. El caso fue que, como contrapartida de su liberación, el gobierno cubano pidió que Francia dejara aterrizar en la isla de Guadalupe un avión que venía con deportistas cubanos desde Brasil y que los ingleses se negaban a que hiciera escala en una de sus islas del Caribe por los sucesos que habían ocurrido en Cayo Anguila (Bahamas), en donde fugitivos cubanos habían sido secuestrados por La Habana, violando derechos territoriales. 

Mi madre sabía también algo de la desaparición de un francés llamado Jean-Baptiste Mauriras, ocurrida el 9 de octubre de 1966. Se decía que este había salido a pescar, junto a un cubano, en el yate que tenía fondeado en Tarará, y de ninguno de los dos se supo nada más, aunque el yate apareció anclado luego en el puerto de La Habana. Por los vínculos de Ofelia con el cuerpo diplomático francés y por pertenecer su esposo a este hubo todo un operativo en el que detuvieron a muchas personas. El caso es que Mauriaras nunca apareció y se dice que donde se le vio por última vez fue en Villa Marista.

―En Cuba la enseñanza fue completamente nacionalizada en junio de 1961 (350 colegios católicos y 100 protestantes). ¿Tuviste entonces que asistir a la escuela pública del castrismo?

―Mi vida de alumna cubana en la década de 1960, desde que comencé el preescolar en una guardería de una alemana hasta la primaria, transcurrió en una burbuja completamente atípica. Lo que sucedió fue que mi padre (el primer esposo de mi madre) era Raymond Duane Schuder, un ingeniero norteamericano originario de Virginia del que se divorció poco tiempo después de mi nacimiento. Entonces, ella tuvo que criarme sola junto a María Isabel de Aróstegui Adán, marquesa de Santa Ana y Santa María, su mejor amiga, que tampoco se había ido de Cuba. Fue esta última quien tuvo la idea fabulosa de sugerirle a mi madre que me inscribiera, como hija de un norteamericano, en los servicios consulares de Estados Unidos que representaba ya el gobierno de Suiza.

Esa ciudadanía norteamericana permitió que me matricularan en el colegio Hillside, una escuela privada para hijos de extranjeros y diplomáticos en Cuba que todavía existe bajo el nombre de ISHavana, y que fundó en 1965 una inglesa llamada “Penny” (Phyllis) Powers, que había sido niñera de Goar Mestre y también profesora del Ruston College. De ella me enteré hace apenas unos años que se cree que trabajó para los servicios secretos británicos y que estaba envuelta con la famosa Operación Peter Pan ―los niños cubanos enviados solos por sus padres a Estados Unidos por temor a que les quitaran la patria potestad― ya que ella había sacado a muchos niños judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial.

Colegio Hillside, fundado en La Habana en 1965 por Penny Powers (Foto: Cortesía)

De modo que yo siempre asistí a ese colegio de diplomáticos en la calle 39, entre 44 y 46, en Playa, y vivía un poco desconectada de la realidad, como en la película Los sobrevivientes, pues incluso me llevaba y traía el chofer de la casa. Mi único contacto con el mundo cubano de entonces era con mis primos Alicia, Leonardo, Juan Luis, Virginia y Cecilia Morales Menocal, que vivían frente al parque Gonzalo de Quesada del Vedado y cuyos padres tampoco se habían ido del país. Frecuentarlos era mi única “ducha” de realidad porque ellos sí tenían que ir a la escuela pública y vivían en una realidad que era la de todos los cubanos. Dicho sea de paso, aquellos momentos en que correteaba y montaba bicicleta en la calle con mis primos me encantaban.

―¿En qué condiciones salen de Cuba?

―En 1973 acusan a Ofelia, mi madre, de fraguar un atentado contra Fidel Castro, además de facilitar la entrada clandestina de armas a Cuba por Pinar del Río (Causa 83/73). Por supuesto, todo eso era falso, pero la condenan a 15 años de cárcel y luego le rebajan la pena a nueve. 

Mi madre estaba casada, en segundas nupcias, como dije antes, con Louis Mongrelet, un capitán del Ejército Francés, caballero de la Legión de Honor, Cruz de Guerra, consejero de la Legación de la Orden de Malta en La Habana y chiffreur (descodificador) de la Embajada de Francia en Cuba. Como militar, él había estado en Argelia y Marruecos, pues había nacido en el seno de una familia de franceses de los que llaman pieds-noirs ya que habían nacido y vivido desde varias generaciones en las colonias galas en el norte de África. Mongrelet había nacido en Nemours, en la Argelia francesa, en 1903, y hablaba perfectamente el árabe y el barbaresco. A los 22 años era subteniente del regimiento de tiradores de Marruecos y tres años después trabajaba para la Corte de Asuntos Indígenas de Rabat. En 1946, después de haber estado como jefe del Servicio de Controles Técnicos, también en Rabat, quedó retirado como militar por enfermedad, pero siguió trabajando para el gobierno francés como comisario del gobierno cherifiano en Safi, subjefe del territorio de Marrakech, hasta ser mutado al Ministerio de Asuntos Exteriores en París. Es entonces que llega, el 30 de marzo de 1958 como attaché de la embajada francesa en La Habana, puesto en el que se mantiene hasta 1968, con una breve estancia de un año (1963) en Paraguay. 

Louis Mongrelet, esposo de Ofelia García Menocal Brito (Foto: Cortesía)

Cuando arrestan a mi madre en 1973, Pierre Anthonioz, el embajador francés en La Habana, tuvo la desvergüenza de proponerle sacarnos a él y a mí de Cuba y dejar a mi madre presa. Todo en nombre de las “buenas relaciones entre los dos países”, o sea, para no afectarlas. Por supuesto que mi padrastro se negó y, al día siguiente, envió una carta al embajador renunciando a su pensión como militar francés. Ya estaba jubilado. Así que, por temor al escándalo que se les venía encima, el embajador intercedió para que liberaran a mi madre, algo a lo que Fidel Castro accedió porque vio, al fin, la posibilidad de librarse de nosotros, confiscarnos lo poco que nos había dejado y enviarnos al exilio.

―¿Es entonces que llegan a Madrid?

―Ofelia estuvo presa en Villa Marista dos meses y luego en una granja llamada América Libre, entre el 8 de enero de 1973 y el 7 de junio de ese mismo año. Estando en la granja vio un día al hijo de la directora, un muchachito de 10 años, comiendo lichis. Cuando le preguntó de dónde venían esas frutas, poco conocidas en Cuba, el muchacho le respondió que eran de la finca colindante, llamada El Chico. Así fue como se enteró de que la granja de mujeres en donde la habían encarcelado estaba al lado de la finca de su tío Mario García-Menocal Deop. Fue su propio padre quien le regaló a su tío las plantitas chiquitas de ese árbol. Décadas después habían crecido y daban frutos. De vez en cuando, el hijo de la directora le regalaba a escondidas algunos lichis. Mi madre anotó en sus memorias que cuando se las comía creía que eran mensajes que le estaba enviando su padre.

Fue juzgada en la fortaleza de La Cabaña en junio de 1973. En ese mismo lugar había estado preso su padre durante la dictadura de Machado, junto al coronel Carlos Mendieta, cuando el levantamiento de Río Verde contra Gerardo Machado. Mi madre contaba que en su juicio se violaron todas las leyes, empezando por el habeas corpus y que su abogado defensor fue interrumpido varias veces por “complicidad con la acusada”. No dejaban de repetir que la Revolución no necesitaba pruebas. Una farsa de cinco horas al final de la cual el fiscal terminó pidiendo 15 años de reclusión y la confiscación de todos sus bienes. Al final la condenaron a nueve. 

Gracias a las gestiones del vizconde Robert du Gardier, exembajador de Francia y del conde Robert de Billy, presidente de la Casa de América Latina en París, pudo salir de la cárcel. La llevaron directamente al hotel Habana Hilton (convertido en “Libre”) y a su esposo Louis Mongrelet y a mí nos dieron tres días para prepararlo todo y unirnos con ella para salir del país. Inmediatamente vinieron los funcionarios de Confiscación de Bienes para inventariar todas nuestras pertenencias. Recuerdo que la hoja del inventario, con todo lo que teníamos, parecía una sábana. Papeles y más papeles en los que anotaron hasta las más insignificantes cucharitas y tacitas. Además, sellaron todas las piezas de nuestra casa y solo nos dejaron vivir por esos días en dos de las habitaciones. Evidentemente se quedaron con todo. 

Como nota anecdótica te puedo contar que, años después, cuando Ofelia trabajaba como galerista de antigüedades en Madrid, en donde había abierto un negocio de este tipo junto a Carmen Schwartz y Zenaida Zunzunegui, empezó a viajar a Londres, París y otras ciudades para comprar muebles y otras antigüedades en las subastas. ¡Cuál no fue su sorpresa al encontrar en algunas subastas de esas ciudades el gran sofá de nuestra sala, así como otros objetos! El Gobierno cubano se los había vendido a los diplomáticos que estaban en misión en La Habana.

Louis, mi padrastro, no quería vivir en París pues prefería un clima más clemente. Prefería Madrid y es por eso que aquí llegamos. Los primeros seis meses vivimos en el hotel Velázquez. Luego nos instalamos en un pequeño estudio hasta que mi padrastro empezó a recibir su pensión. Al principio todo el mundo elegante que la adulaba y frecuentaba en sus años de bonanza, desapareció. Excepto Elena González del Valle y Herrera, marquesa de Villalta, que nos ayudó mucho, no había nadie más para tendernos una mano.

A mí me inscribieron primero en el King’s College de Madrid y luego en el Santa Ana de la calle Serrano, y finalmente en Runnymede College, también en Madrid, en donde fui muy feliz e hice grandes amigos.

Ofelia Schuder delante de su propio retrato realizado por el pintor Pedro García-Menocal y Almagro (Foto: Cortesía)

―Inmediatamente Ofelia García-Menocal Brito se convierte en una de las figuras clave del exilio cubano en España. ¿Qué recuerdos tienes de esas actividades?

―Mi madre ofrendó todo su tiempo y energía a la causa de la libertad de Cuba. “De casta le viene al galgo el ser rabilargo”, como dice el refrán castizo español. Y sus tíos, padre y abuelos lo habían dado todo por Cuba. Así que, entre venta y venta de objetos antiguos para sobrevivir, se convirtió en una de las activistas incansables del Centro Cubano de Madrid, una auténtica institución humanitaria para ayudar a los exiliados que llegaban a dar sus primeros pasos en Madrid. Allí trabajó, codo a codo, con María Comellas. La casa estaba siempre llena de presos que salían de la Isla. Mi madre era una intelectual y alguien que podía perfectamente vivir con lo mínimo. Nunca se quejó de haber perdido todo lo que perdió, ni iba por ahí, como tampoco voy yo, de “yo-tuve”, que es como se llama entre cubanos a los que enumeran, a veces exagerando un poco, lo que perdieron en Cuba.

Diario ABC, 28 de febrero de 2010. Protesta contra la permisividad de Castro con respecto a ETA (Foto: Cortesía)

Ofelia iba mucho a Tampa pues se convirtió en la delegada europea de la Federación Mundial de Expresos Políticos desde 1983. También era delegada coordinadora en Madrid del Gobierno Constitucional de la República de Cuba en el Exilio. Muchas veces, con pocos recursos, se largaba a Nueva York o a Ginebra para manifestarse con un par de cubanos delante de las sedes de las Naciones Unidas en estas ciudades. Yo siempre digo que para mí ella fue algo así como la última mambisa.

Mi juventud estuvo siempre rodeada de estas actividades y de los pocos alicientes que daba una causa en la que pocos la apoyaban. Tal vez mi escepticismo actual tiene sus orígenes en toda aquella lucha estéril, que no condujo nunca a nada, por mucha pena que me dé reconocerlo.

―Tú viajas a Cuba en 2003 y supongo que a tu madre no le gustó para nada la idea. ¿Por qué lo haces y qué impresiones tuviste?

―En 2003 ya llevaba 13 años de casada con mi esposo, Rafael Fernández-Villaverde y Silva, y tenía a un hijo de nueve. Durante todo este tiempo, en que había entrado en un mundo de profundas raíces españolas, me daba la impresión de que yo venía de un hueco negro, de que no tenía nada que mostrar de lo que había sido mi historia familiar, excepto palabras y dos o tres fotos que se salvaron de la hecatombe. Ya me habían quitado demasiado como para permitir que me quitaran también el derecho de decirle a mi hijo: “Tu madre nació aquí, caminó de niña por estas calles, tú también tienes sangre de este país”. 

Ofelia madre, Ofelia hija y su esposo Rafael Rafael Fernández Villaverde y de Silva, marqués de Arcicóllar, durante su boda (Foto: Cortesía)

Así que arreglé el pasaporte cubano que ni siquiera tenía y viajé con mi esposo e hijo a La Habana. Nos hospedamos en un hotel que fue el palacete de los condes de Santovenia, frente a la Plaza de Armas, en la antigua Habana intramural. Recorrí los sitios de mi infancia o lo que quedaba de ellos, pues había más ruinas que otra cosa. Mi escuela, la embajada francesa, la casa de mi abuela materna convertida en embajada belga, la casa de mis queridos primos Morales Menocal cerca del antiguo Auditorium del Vedado, el Hotel Nacional, que fue donde aprendí a nadar, Coppelia y sus pocos helados, etc. 

Llegó entonces para mí el momento de visitar, una vez en Cuba, mi casa, construida por mi abuelo Fausto Menocal, en donde nací y viví los primeros 13 años de mi vida. Esa casa había sido construida en 1917 en unos terrenos que compró mi abuelo al Sr. Aulet, propietario de casi toda la extensión del barrio Vedado que estaba por levantarse. El arquitecto fue Emilio de Soto y demoró más de tres años en construirse. La casa no se ve casi desde la calle porque está sobre un alto promontorio escondida detrás de frondosos jagüeyes.

Cuando intenté subir, con mi esposo y mi hijo, una mujer nos vociferó desde arriba que las visitas de aquella casa estaban reservadas a los arquitectos y a las personalidades extranjeras. Insistí tanto que logramos colarnos por una reja entreabierta y llegamos hasta la puerta de entrada. Cuando toqué salió una mujer mayor, que al verme exclamó: “Tú eres la niña de esta casa”. Me entraron temblores, me dio una crisis de pánico. Mientras tanto, la otra, la que había vociferado antes seguía gritando y diciendo que ya ella nos había dicho que no podíamos estar allí, que la casa no estaba abierta a visitantes foráneos. Entonces la señora que nos había abierto la puerta se volteó y le dijo: “Cállate de una vez que ella es la auténtica dueña de esta casa”.

De más está decirte que de aquella escena no me recuperé en todo el viaje. Quien me había reconocido se llamaba Lázara. Yo la había olvidado por completo, pero al parecer había trabajado en la casa en tiempos de mi abuelo y hasta antes de 1959, pero como sucedía entonces, había seguido viniendo a vernos cuando yo era niña y, al parecer, yo la había borrado del todo de mi mente. Después de aquella escena, en que quedé destrozada, le dije a mi esposo que me llevara al Hotel Nacional y recuerdo que me tomé como cuatro daiquirís de una para poder recuperarme.

En internet hay una foto de Ofelia en auto exhibiendo una pancarta en la que puede leerse “Basta ya. No Castro y por la libertad de Cuba”. Parece una foto bastante reciente y a tu madre se le ve ya mayor. ¿Cómo fueron los últimos años de su lucha en el exilio?

―En efecto, esa foto es del siglo XXI, y probablemente de un par de años antes de que falleciera en Madrid, en 2012. Como te dije antes, ella nunca perdió el entusiasmo, a pesar de los muchos embates y de los pocos alicientes de esa lucha. Cuando muchos de los presos de la Primavera Negra cubana pasaron por Madrid ella estaba siempre lista para recibirlos. Había ingresado en 2007 como Dama en el Real Cuerpo de la Nobleza de Madrid, amadrinada por la condesa de Monterrón, pero su prioridad siguió siendo hasta el último suspiro la libertad de Cuba.

Ofelia García Menocal (derecha) manifestándose frente a la Embajada de Cuba en Madrid, 2006 (Foto: Cortesía)

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William Navarrete

Novelista, periodista, ensayista, poeta y crítico de arte cubano naturalizado francés.

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