Nelson Rodríguez frente al pelotón de fusilamiento

Nelson Rodríguez frente al pelotón de fusilamiento

Las UMAP fueron el preámbulo de muchas escapadas, de algunas muertes… el prólogo de un desastre que ya tiene muchos años

(Imagen: ‘1959. Hombre solo’, de Juan Abreu)

LA HABANA, Cuba. – Mariela Castro parece tener el don de la ubicuidad. Mariela Castro se nos aparece en cualquier sitio, hasta en la sopa, incluso en un relato de Ahmel Hechevarria que “Hypermedia” acaba de publicar. En ese texto de ficción que escribió Ahmel también aparece el escritor Orlando Luis Pardo Lazo encadenado al timón del taxi que maneja, un Uber; detrás están sentados el autor del relato y Mariela Castro. El texto es excelente, es descacharrante la idea del autor de juntarse con esos dos “personajes”. Es un delirio suponer a Mariela Castro bajo el mismo techo que Orlando Luis y Ahmel.

La ficción puede permitirse algunos delirios, suposiciones que hacen sonreír, desconcertado y quizá gozoso, al lector. La ficción puede ser, a veces, un terreno deleitoso, inquietante, pero también doloroso. La idea de juntar a Orlando Luis con Mariela bajo el mismo techo y en el espacio brevísimo de un taxi es maliciosamente “divertida”, carnavalesca casi, perversa, maravillosamente diabólica.

Los tres en un mismo auto, pero no en La Habana, que es la ciudad de los tres. Todos en un mismo auto, pero la geografía que desanda el vehículo que maneja Orlando Luis, en el sueño de Ahmel, no es la cubana. El chofer del taxi, con los otros dos viajeros, recorre Saint Louis, Missouri, aunque todo cuanto miran, en ese instante en el que “Mariela se quitó los espejuelos”, como el aya de la francesa, no es Saint Louis, y ni siquiera es La Habana. Lo que miran los tres, desde el auto, son las barracas de las UMAP.

Y ante esa visión advierte Mariela: “¡Mira, si es como si fueran a la escuela al campo! ¡Míralos!”. Y yo me reí con esa “salida” de Ahmel, y sentí rabia con esa perversión de la Mariela de ficción, que es idéntica a la de la realidad. Luego creció la irritación, justo cuando el narrador advierte la posibilidad de que ese tren que llevó a los alfabetizadores, al este del país, pudo ser el mismo al que luego subieron, unos años después, esos desdichados que viajaron para ser encerrado en las UMAP, allá en Camagüey. Y enfrentado a esa posibilidad escribí un post.

Y fue entonces que un colega, el escritor y periodista Luis Cino, me contó de un amigo suyo, del escritor Nelson Rodríguez. Luis me hizo notar a ese joven que fue alfabetizador, al muchacho que se montó en un tren, o sabrá Dios a que artefacto, soñando con la posibilidad de instruir a un montón de guajiros analfabetos. Nelson Rodríguez, el amigo de Luis Cino, viajó a algún oscuro rincón de la isla y dejó atrás el asfalto, y conoció el fango y los mosquitos, pero enseñó a leer, a escribir, quizá con el mismo empeño que Conrado Benitez y Manuel Ascunce Domenech, pero aun así la “revolución” no le perdonó que “comiera carne por la hendija”, y lo castigó, lo encerró en las malditas UMAP, sin importar que antes fuera maestro voluntario.

Y Nelson Rodríguez, ese joven de quien se dice que era hermoso y que despertaba enormes simpatías a Virgilio Piñera, no pudo perdonar el ultraje, como tampoco lo perdonan aún algunos amigos de Nelson, como Luis Cino, que escribió un cuento en el que habla al amigo que no está, y le recuerda cómo se habían conocido; le habla otra vez del hambre, del miedo, de la “posibilidad real” de ser encerrados en Villa Marista e incluso en Mazorra. Luis recuerda al amigo muerto, a toda una generación de hombres aterrados, cuando le escribe al amigo muerto.

Y también lo recuerda Reinaldo Arenas en un poema en el que habla a “un joven norteamericano” para advertirlo de lo que le podría sucederle en Cuba si se llamara Nelson. Reinaldo advierte a ese joven norteamericano de todo cuanto podría padecer si viviera por acá y fuera un muchacho. Arenas le cuenta lo que podría escuchar en una plaza de “celebraciones”, lo que podría vivir en un campo de concentración en Camagüey, en cualquier sitio de la isla.

Reinaldo Arenas advierte a ese joven, que no tiene porque llamarse Nelson, lo que podría sucederle si intentara escapar del país, al parecer la única manera de evitar el dolor, de evadir la cárcel, de esquivar las UMAP y las manos atadas, el repudio, los disparos que salen de un pelotón de fusilamiento, la muerte, el sufrimiento de los padres, de los amigos, el olvido, el silencio…

A Nelson, aquel que fue alfabetizador, no le quedó otro remedio que intentar la escapada secuestrando un avioneta. Esa “revolución” lo acosó tanto que amenazó a la tripulación, e incluso a los viajeros, mostrando una bomba. Nelson quería escapar, que era el único modo de salvarse, de sobrevivir, y amenazó, pero antes fue alfabetizador, antes fue encerrado en una de esas unidades militares de apoyo a la producción, UMAP, y no volvió a ser un hombre feliz, no pudo ser más un tipo equilibrado.

Nelson estuvo frente al pelotón de fusilamiento porque secuestró un avioneta, porque amenazó con lanzar la granada si no hacían el camino al norte, pero en el juicio nadie debió contar lo que llevó a Nelson a subir con la granada, a poner a todos tan cerca de la muerte. Quizá perdió un poco la razón; tan loco lo dejaron que amenazó con hacer explotar la granada si no hacían ese trayecto breve que separa a La Habana de Miami.

Nelson fue encerrado en La Cabaña y puesto luego frente al pelotón de fusilamiento, no mucho tiempo después de que fuera alfabetizador, un poco después de que los comunistas comenzaran a olvidar sus servicios a la patria, un poco después de que lo encerraran en las UMAP porque le gustaba “revolcarse” con otros hombres. Y yo no supe nada de Nelson, porque Nelson fue borrado de la historia de la literatura cubana.

Nelson Rodríguez murió espiado por las mirillas de unos fusiles que le apuntaban, pero antes estuvo encerrado, vigilado, y antes de estar encerrado conoció otra reclusión, esa vez en las UMAP, pero algo antes enseñó a leer y a escribir. Y quizá por eso me pregunto a que lugar fueron a parar esos muchachos a los que alfabetizó Nelson. ¿Será que accedieron al poder y olvidaron al maestro difunto? ¿Será que secuestraron una lancha? ¿Alguno de ellos habrá hecho en avión el viaje como embajador, como médico, para quedarse luego por allá? ¿Estará alguno en el fondo del mar? ¿Será que alguno de esos muchachos vio a Nelson a través de la mirilla y luego disparó?

Y es que a Nelson, aquel que fue alfabetizador, no le quedó otro remedio que intentar la escapada secuestrando un avión, no encontró otra salvación que morir delante de un pelotón de fusilamiento. Nelson Rodríguez no está desde hace mucho, y no son pocos los que desconocen de su existencia breve, de sus tantas tribulaciones; quizá por eso agradecí tanto el texto de Ahmel Echevarría, porque pone a Mariela Castro en un taxi que conduce Orlando Luis Pardo; ella detrás y él conduciendo, proponiendo el camino. Ella detrás, espiada por el ojo de Ahmel, que muy bien sabe contar, como también supieron Nelson y Reinaldo. Lo malo es que la historia de Nelson Rodríguez no tuvo ese final, tan abruptamente feliz, de las telenovelas.

Quizá nadie pueda reconocer el lugar donde está enterrado Nelson. Es posible que nadie le ponga flores, es casi seguro que ningún profesor menciona sus cuentos en un aula. ¿Tendrá Nelson una sepultura visible? ¿Permitirían a la familia honrar a su muerto? Y todavía dice Mariela Castro que las UMAP no fueron mucho más que una “Escuela al campo”. Las UMAP fueron el preámbulo de muchas escapadas, de algunas muertes. Las UMAP fueron el prólogo de un desastre que ya tiene muchos años.

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Acerca del Autor

Jorge Ángel Pérez

Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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