La historia de los soldados cubanos que no quisieron marchar a Venezuela

La historia de los soldados cubanos que no quisieron marchar a Venezuela

“Solo aguanté quince meses, después dije, mejor que me metan preso pero yo no voy a irme a morir a Venezuela, y así nos fuimos como veinte de un tirón”

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Soldados de la tropas de élite cubanas marchan en la Plaza de La Habana (miamidiario.com)

LA HABANA, Cuba. – “Pasábamos hasta dos meses en medio del monte, durmiendo bajo tierra o haciendo nidos con yerbas, palos, hojas, comiendo lo que apareciera (…), a veces por la madrugada venían, nos montaban en un camión y nos llevaban a la costa (…), eso fue en enero y febrero, con tremendo frío, nos subían a una lancha y nos soltaban un kilómetro, dos kilómetros mar afuera, con tremendo oleaje, y teníamos que nadar hasta la orilla. No se veía nada (…), a algunos tenían que sacarlos casi ahogados (…) hubo uno que se ahogó y apareció como a los dos días (…), los que renunciaban iban presos (…), casi dos años allá, más otros dos en el tanque (prisión), te hacen tierra”.

Esto lo cuenta bajo condición de anonimato un exsoldado de una brigada cubana de Tropas Especiales, quien asegura haber recibido entrenamiento, entre mediados del año 2016 y finales del 2017, para cumplir misión militar en Venezuela.

Apenas pasa de los veinte años y las manos, el rostro y la mirada parecen las de un anciano destruido por las vicisitudes. Igual pasa con sus amigos, también exsoldados, reacios a hablar y a dejarse grabar en principio pero más tarde convencidos de que pudiera ser liberador.

Hablan con nosotros con miedo pero después de mucha insistencia por nuestra parte, se relajan un poco aunque advirtiéndonos constantemente que corren peligro. Pero hablar de lo sucedido, como dice uno de ellos, les brinda el alivio de saber que, aunque omitiendo sus nombre, alguien sabrá la historia.

Desamparados y vulnerables

Huérfano de madre desde edad muy temprana, rechazado por el padre y los abuelos, todos alcohólicos y expresidiarios, uno de los jóvenes pasó parte de su adolescencia en varios internados escolares de la zona oriental del país donde fue forjando el duro carácter y la fortaleza física que lo hicieron elegible para una vida militar en tropas de élite como “boina negra”.

Los militares fueron por él y por otros muchachos de la misma escuela. Ya el director del plantel les había hablado de pasar a lo militar donde encontrarían en un futuro casa propia y otros beneficios materiales.

También durante varios días les proyectaron películas de violencia bélica, casi todas estadounidenses, para crearles expectativas. Ellos eran los más intranquilos, los más “problemáticos” de la escuela pero, igualmente, a los que nadie echaría de menos, ni siquiera esos pocos familiares que les quedaban en el mundo.

“Yo era muy regado, era un loco, loquísimo, de esos que si me mirabas me ponía verde (…),  quería dejar de estudiar y esa era la mejor oportunidad. Lo veía como ir de campismo pero solo aguanté quince meses, después dije, mejor que me metan preso pero yo no voy a irme a morir a Venezuela, y así nos fuimos como veinte de un tirón, y éramos doscientos al principio, y cuando me fui ya quedaban unos cien (…), unos se fueron porque no aguantaron, se enfermaron, se fracturaron una pierna o perdieron un ojo, una mano, pero a los que nos íbamos porque renunciábamos, nos metían presos, dos años por la cabeza, y nada de prisión militar, como si fuésemos ladrones, de hecho mi causa aparece como robo con violencia y la de los otros socios igual, como asalto, tenencia de arma blanca. No hicimos nada y tenemos antecedentes penales, ni siquiera podemos salir del país ni buscar un trabajo decente”.

Entrenados para matar

Al duro adiestramiento, que no tenía en cuenta horarios para dormir ni fin de semanas, se unía el entrenamiento psicológico extremo.

Según otro de los jóvenes exmilitares entrevistados, miembro del mismo grupo que desertara en 2017 y que luego fuera enviado a prisión, sin previo aviso eran recluidos desnudos durante días en huecos donde cabía apenas un hombre de pie, sin un mínimo de luz, casi sin ventilación y cero alimentos y agua.

“No te avisaban. Llegaba el sargento y decía ‘tú y tú, acompáñenme’, y tú ibas porque si no era peor (…), pero no siempre era para encerrarte en los huecos sino para torturarte o para echarte a fajar con otro, te decían, ‘mira está diciendo que tú eres maricón’ y era mentira pero tenías que entrarte a golpes con el otro, fajarte a pedradas, con palos o con bayonetas que entizaban con trozos de goma y tela pero otras veces, no (…), no podías tirar ni a la cara ni al cuello, no podías tirar a matar pero siempre se te iba y pinchabas, o te pinchaban, yo estoy lleno de marcas todas partes (…), nada, te curaban y volvías así mismo al fuego”.

También los preparaban para enfrentar la tortura tanto física como psicológica. No solo les explicaban las principales técnicas de interrogatorio sino que los sometían a varias de ellas, como métodos de ahogamiento, exposición a frío o calor extremos, electrocución, ruidos ensordecedores, asfixia y golpizas, ejercicios que eran monitoreados posiblemente por un asesor ruso.

“Había dos cubanos, un negro, Yoslén Pantoja, y otro ‘jabao’ que era más suave (…), se llamaba Neivis, sargento Neivis Lora, que le decían San Luis, porque dicen que era de San Luis (Santiago de Cuba) (…), cuando te tocaba ese uno respiraba tranquilo porque nunca se ensañaba como Pantoja, yo creo que lo disfrutaba, se reía, te escupía, y si estaba el ruso, entonces cágate porque ese sí era un demonio (…), claro que era ruso, si no se le entendía nada, lo único que decía más o menos bien era ‘maricón’ o ‘eres puta’, también picar (pedir) cigarro a todos los chamacos, eso sí sabía, lo otro lo decía en ruso, no sabía ni lo que estaba preguntando, uno quería desmayarse, morirse, yo me ponía a cantar, y cantaba como un loco porque no podía llorar, era peor, era lo único que podía hacer, y eso era casi un día entero”.

Eres venezolano, no eres cubano

Tropas de élite cubanas en entrenamiento (pinterest.com)

Tres veces por semana un militar venezolano y otro cubano los preparaban para hablar y entonar como venezolanos. Según los exsoldados, les enseñaban frases propias del país sudamericano, las coloquiales como las callejeras, especialmente la de los malandros, así como sus códigos y rutinas grupales, además se les instruía sobre historia del país, las costumbres y hasta los obligaban a hablar así entre ellos durante todo el día, hasta fuera de clases.

“Ustedes son venezolanos, son venezolanos, nos gritaban. Incluso en los interrogatorios nos preguntaban ‘¿Tú eres cubano?’, y teníamos que responder que no, si no venían más golpes, y teníamos que hacerlo como hablan allá (…). A veces no te decían nada, al principio sobre todo, lo veíamos como algo gracioso y nos reíamos porque suena uno como amanerado y hacíamos gesticos de jevitas (muchachas) y cosas así pero sin que los jefes nos vieran (…), si pasaba un jefe entonces hablábamos como venezolanos, incluso los jefes nos hablaban así, y había que responderles (…), si se te iba algo que sonara a cubano, lo que te caía arriba era tremendo (…), ese hablado se te queda, claro que se te queda, fue más de un año, fíjate que en el tanque (la prisión), que te ponen aparte, en una brigada aparte, la gente que nos oía hablar decía ´ustedes no son cubanos´ y no podíamos decir nada, porque si te cogían te echaban un año más y te cambiaban de prisión”.

De Santiago a Pinar del Río, y de allí a Guyana como mulas

Luego de un breve entrenamiento en un polígono militar especial en las montañas de Santiago de Cuba, el grupo de doscientos soldados fue enviado a otra instalación similar en Alto Songo para seis meses más tarde terminar la preparación en una unidad especial del Ejército Occidental, en Pinar del Río, desde donde serían más adelante enviados a La Habana para recibir instrucción sobre sus respectivas misiones.

No todos viajarían a Venezuela de inmediato, por lo que quedarían, sin ningún tipo de contacto con el exterior, a la espera de la orden en unidades de tropas especiales de la capital.

“Eso nos lo dijeron ya en Pinar porque antes todos pensamos que iríamos de Santiago directo a Venezuela (…), alguien había escuchado que nos llevarían hasta Guyana o Panamá como mulas o cosas así y que entonces nosotros teníamos que buscar cómo cruzar a Venezuela (…). Hubo clases donde nos enseñaron con mapas cómo pasar de Panamá a Colombia o pasar de Guyana a Venezuela pero fueron dos o tres clases, ya nadie más habló de eso”, dice uno de los jóvenes militares.

Otro de los testimoniantes asegura que no todos los reclutas hicieron los mismos entrenamientos y que solo una parte continuó recibiendo las instrucciones sobre cómo llegar a suelo venezolano por tierra desde varios puntos del continente sudamericano.

“Del pelotón de nosotros escogieron a dos (…) porque eran chamacos que se veía que les gustaba eso de los mapas y los ejercicios de sobrevivencia, esos no fueron con nosotros para Pinar”, afirma uno de los ex soldados.

“En Pinar estábamos los más brutos, creo que por eso la cosa se puso más dura, como si de verdad quisieran que nos rajáramos (rindiéramos). Casi ni dormíamos, y era corre para allí, corre para allá, los mosquitos te alzaban en peso a cualquier hora, yo pensé que me moría, que no iba a sobrevivir, nos pusieron con dos oficiales venezolanos y dos cubanos que eran unos hijos de puta, se ponían a comer frente a nosotros, nos mojaban la comida con agua sucia o con orine y nos obligaban después a comer (…), alguien empezó a decir que de ahí íbamos a Caracas directo pero que solo íbamos treinta (…), algo de eso había porque ya aquello no era entrenamiento ni nada, era joderte, matarte de hambre, claro que teníamos que renunciar, sabíamos que íbamos directo para el tanque, aunque nadie nos había dicho que era como causa común, eso fue criminal, yo nunca le robé nada a nadie. Yo no era bueno, pero jamás le robé a nadie”.

Los cinco exreclutas cubanos entrevistados para este reportaje aseguran haber sido sancionados con penas de entre uno y cuatro años por delitos comunes fabricados por la fiscalía como método de escarmiento por haber abandonado el entrenamiento militar.

Algunos de ellos lograron disminuir sus condenas bajo la promesa de jurar permanecer dentro del territorio nacional y bajo disposición de ser nuevamente reclutados por el ejército en caso que se les convocara, aunque aún sus sanciones constan en los registros policiales, algo que les impide la obtención de un pasaporte, aspirar a un buen empleo y gozar de la libertad de moverse libremente por el país donde viven.

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