Miami-Cuba: cuando la distancia se refleja en el lenguaje

Miami-Cuba: cuando la distancia se refleja en el lenguaje

La diferencia entre los que llevan tiempo exiliados y quienes llegaron ayer, o hace unos meses, tal vez un par de años, es bien notable

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Cubano mira al horizonte desde el malecón en la Ermita de la Caridad del Cobre, Miami (Foto: The New York Times)

MIAMI, Estados Unidos. – Existen modos de hablar en Cuba que pudieran diferenciarse de los de Miami. Puede notarlo quien, después de vivir en la isla durante años, llega a la Ciudad del Sol y presta oídos a las formas de hablar de los cubanos. También pudiera percibirlo así quien haga el viaje en sentido opuesto, entonces La Habana le parecerá un universo lingüístico muy diferente al que dejó atrás en el tiempo.

No solo frases y acentos nos identifican como de una región u otra de la Isla sino que la diferencia entre los que llevan tiempo exiliados y quienes llegaron ayer, o hace unos meses, tal vez un par de años, es bien notable.

No tanto por los que han incorporado el inglés como lengua de lo cotidiano, mientras han conservado el castellano para el ámbito privado, sino por quienes, conscientemente o no, solo por haber salido de Cuba a inicios de los años 60, se encargaron de conservar aquellos modos del habla de cubanos y cubanas que no sucumbieron a la ofensiva “ideologizadora”, convertida en política oficial como “trabajo ideológico sistemático”, contra todo lo que tildaron peyorativamente de “rasgo burgués”.

Los que se fueron en aquellos tiempos y los que permanecieron en la isla, todos, quedaron divididos no solo por el Estrecho de la Florida, los embargos, la Guerra Fría, las rupturas familiares, la “intransigencia revolucionaria”, la ausencia de comunicaciones telefónicas y de puentes aéreos y marítimos, por los desfases tecnológicos y las amenazas de cárcel por “claudicar a los pies del enemigo” sino que fueron obligadas a convertirse, digamos, en dos “especies” de cubanos, tal como diferenciamos hoy a coreanos del Norte y del Sur por el lenguaje y, además, por las huellas físicas y psicológicas que dejan los contextos con sus peculiaridades.

Las décadas de aislamiento no solo sembraron diferencias ideológicas entre unos y otros sino que se expresaron incluso en los cuerpos. La estatura promedio de los cubanos residentes en la isla, de generaciones más recientes, se ha visto reducida notablemente. Hay más de un estudio biométrico al respecto.

Algo similar ha pasado con el repertorio léxico de un sector importante de la población dentro de la isla y sus modos de expresarse verbalmente.

Basta con salir a las calles de La Habana e intentar entablar conversación con personas jóvenes para percatarnos de que algo de cierto llevaría en lo que afirmo, aunque sin otras pruebas que mi experiencia personal como conversador más que periodista.

Para nada intento lanzar una tesis en la que establezco con alocada certeza que en uno u otro lado, en Miami o en La Habana, se habla mejor o peor. Lo único que deseo hacer notar es que, al menos en las comunidades de cubanos exiliados en los Estados Unidos se pudieran haber conservado, y hasta dado en herencia, normas de habla y repertorios léxicos que dan cuenta de un panorama diferente del actual en la isla.

Podemos hallar las diferencias que señalo, por ejemplo, cuando vemos una película cubana de los años 50 o cuando escuchamos una grabación de la misma época, y a la vez comparamos nuestra experiencia acústica con nuestro entorno actual.

En Cuba solo una parte de la población de mayor edad conserva no solo aquel modo pausado y fluido que definía la norma más extendida entre todas las clases sociales. No importa si ricos o pobres, si de una provincia u otra, si blancos, amarillos o negros.

En Miami sucedería algo parecido a Cuba pero me arriesgo a decir que es posible notar cierta distancia léxica, expresiva, comunicativa entre las nuevas generaciones, que han recibido en herencia esos matices que los distinguen de sus contemporáneos quienes crecieron y alcanzaron la mayoría de edad en Cuba.

Al menos mi oído no los percibe igual y los diferentes modos de hablar dicen mucho sobre el tiempo que alguien lleva en los Estados Unidos.

“La gente va frenando la velocidad habitual del cubano al hablar”, me ha respondido un amigo a quien compartí mi apreciación pero me advierte que Hialeah, donde se concentra la mayor cantidad de cubanos, no siempre es el lugar ideal para notar las diferencias que descubres en otras zonas de Miami porque “allá hay muchos cubanos recién llegados. Pero en los que llevan más tiempo, quizás diez, quince o veinte años puedes notar cambios”. Es posible.

Nos comprendemos, reconocemos la mayor parte de los vocablos que nos definen culturalmente, pero los usamos y hasta los pronunciamos con diferencias bien notables.

Una buena parte de quienes arriban desde la isla traen ese ritmo de “carretonero” que no es más que ese hablar atropellado, que recorta las frases, incluso las palabras, y que gusta de sustituir vocablos e ideas con la gestualidad, el manoteo, la sobreactuación, las onomatopeyas y hasta con el contacto físico-visual extremo.

Otra diferencia importante es que en Cuba hasta se pudiera hablar de “generaciones del susurro”.

Los de la isla, a fuerza de silencios y censuras, incorporamos el susurro a nuestras conversaciones y, hasta pudiéramos decir que la pantomima —muy similar al lenguaje de señas de los presos— nos facilitó la vida en algunos momentos.

Aprendimos a hablar mal de Fidel Castro casi en clave, acariciándonos el mentón como forma de aludir a su icónica barba; a nombrar a los “verdaderos culpables” sin nombrarlos, solo con levantar el dedo índice al cielo y acotar que son “los de allá arriba”, o tocándonos el hombro como sinónimo silencioso de “jefe” en una sociedad militarizada hasta el tuétano, donde las órdenes se cumplen y jamás se discuten.

El lenguaje fue uno de los principales objetivos donde hicieron su tarea quienes pretendieron alguna vez darle vida al “hombre nuevo” del socialismo a la cubana.

Corrían los terribles años setenta y en los avales que debía presentar una persona para solicitar un puesto de trabajo o una matricula en un centro de estudios, era usual que las llamadas “organizaciones políticas y de masas” se interesaran por nuestro lenguaje.

Así algún vecino podía vetarnos con el argumento de que “suena demasiado fino o fina” o “habla un poco aburguesado”, con lo cual en muchas ocasiones elevaban a la condición de “atributos revolucionarios” la vulgaridad y la chabacanería.

“Señor” y “señora” fueron desplazados por “compañero” y “compañera”, incluso “camarada”, hasta años recientes en que las necesidades de vivir del turismo —y presentarse al mundo como un “totalitarismo actualizado” o de “nuevo tipo”, con bendición papal incluida—, los obligó a desempolvar incluso el “señorita”, el “gracias a Dios”, que estuvieron entre las primeras palabras y frases en ser estigmatizadas.

Tanto quisieron cambiar y aniquilar que con la oleada de turistas las prostitutas “renacieron” como “jineteras” mientras “el hombre que alquilaba su cuerpo a otro hombre” se convirtió en “pinguero”, tal vez como un modo de imponer la ”incuestionable virilidad” del falo comunista a ese “hombre nuevo” demasiado rosa, demasiado “traidor” a su propio sexo, en una tierra de machos.

En los momentos más críticos de la cruzada antiburguesa incluso dar los buenos días, responder “gracias”, articular las palabras y hablar pausadamente se transformaron en “chealdad” y “picúencia”, más para las generaciones que fueron entrenadas mentalmente en ese igualitarismo social que busca confundir la igualdad de derechos con políticas populistas donde se exacerban odios y mediocridades con nefasta intención.

No es posible articular el pensamiento si antes no dominamos el lenguaje. Iremos tan lejos en nuestras ideas y nuestros modos de interpretar el mundo que nos rodea como tan complejas sean nuestras capacidades lingüísticas.

Limitar el repertorio léxico —empobrecerlo, amoldarlo a una ideología extrema, impedir que como individuos tengamos nuestra propia y particular experiencia cognitiva—, mediante el “filtraje” de absolutamente toda la información que recibimos por nuestros sentidos, es quizás de las maniobras más efectivas y a la vez crueles empleadas por el Partido Comunista en Cuba durante más de medio siglo. Los límites del lenguaje marcan las fronteras del pensamiento.

Ahora se ha visto cómo llaman “filtraje de contenidos” a la censura, cómo nombran “sociedad civil” a las “organizaciones políticas y de masas” del Partido Comunista, cómo un interrogatorio policial se transforma en una “entrevista”, así como el que pretende coartar y fiscalizar tu libertad de pensamiento es un “compañero que te atiende” y no un oficial que te reprime.

De igual modo rehabilitan palabras como “propiedad privada” en un país donde no le permiten existir; “alcalde”, “gobernador”, “presidente”, “concejal” y una lista extensa que nos tuerce la cabeza de tan confusa, sobre todo para quienes intuimos cómo funciona “la cosa”.

No existe otra explicación lógica para tales “recuperaciones”, casi arqueológicas, que no sea el intento de proyectar una mejor imagen ante la opinión pública sin tomarse la molestia de realizar cambios en profundidad.

Al desenterrar las viejas denominaciones están creando espejismos sobre una realidad que no existe. Juguetean con los nombres de las cosas sabiendo que la “libre traducción” de la realidad cubana permitiría que esta sea asimilada por miradas distantes, foráneas, bajo una apariencia de normalidad que desarmaría los cuestionamientos más letales.

El mensaje que envían al mundo es tan sencillo como “somos un país como otro cualquiera” cuando en realidad se trata de una “singularidad” tan rara como lo puede ser Corea del Norte, pero sin armas nucleares.

Una singularidad en muchísimos aspectos de lo ideológico, lo económico y lo político, pero incapaz de proveer al ciudadano de a pie de los alimentos que necesita para crecer y pensar o de las libertades individuales que requiere para progresar por el bien de él, de su familia y su país.

Los del Partido Comunista, con sus egoísmos ideológicos, han logrado que una buena parte de los cubanos de la isla hayan integrado en sus esquemas mentales el fárrago de consignas que los acosan en lo cotidiano.

Examínese el repertorio de frases hechas que les sirven como respuesta ante una pregunta sobre “la realidad cubana” y nótese cómo pudiera predominar quien no se esfuerza en pensar y suelta un “Pa´lante” o “Pa´lo que sea”, ya ni siquiera por marcar o remarcar que son “integrados al proceso revolucionario”, aunque no lo sean en realidad, sino por el “ejercicio”, convertido en hábito, de esquivar los mil y un modos de “meterse en candela” cuando se vive en un país donde las libertades individuales han sido secuestradas por unos pocos.

Todo en nombre de una patria que, lejos de crecer, se esfuma lentamente en cada amigo o familia que se va de Cuba, aunque se repitan una y mil veces para sí que la patria se lleva por dentro.

(Ernesto Pérez Chang, residente en Cuba, se encuentra de visita en EEUU)

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