Martí no quiere homenajes

Martí no quiere homenajes

Ha sido paciente ante tantas marchas y “continuidades”. Hoy solo quiere que le devuelvan su sueño, o ser borrado de una narrativa que mancilla su memoria

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Díaz-Canel y Raúl Castro, la estatua de Martí al fondo en la Plaza (foto EFE)

LA HABANA, Cuba. – Miguel Díaz-Canel no quiere aceptar que su paso por la presidencia de Cuba está maldito desde el momento en que aceptó formar parte de semejante impostura. En enero de 2019, durante la primera víspera martiana de su mandato antidemocrático, un tornado arrasó en varios municipios de La Habana, dejando cuantiosos daños materiales y el augurio de que la presunta transición no haría sino redoblar miserias y abusos para este pueblo que a pesar de tanto cuero sigue sin levantar la cabeza.

Ayer, 27 de enero, el abandono de la dictadura cayó sobre tres niñas de 11 años que regresaban a casa de su escuela primaria. El balcón de un edificio que debió haber sido demolido años hace años, se desprendió matando a estas víctimas inocentes que al igual que la pequeña Paloma, fallecida el año pasado tras haber recibido la vacuna RPS, pasan a engrosar el listado de muertes por negligencia de un régimen espurio, que hoy se sostiene única y exclusivamente gracias a la aplicación del terror como política de estado.

En todas las escuelas se ensayaron los actos para que este fuera el homenaje más rimbombante de todos; el que demuestre que Clandestinos nada puede contra ese rebaño de niños, adolescentes y jóvenes que hoy recitarán versos del Apóstol, aprendidos con mucho sacrificio, pues la mayoría probablemente acaba de leerlos por primera vez. El desgobierno de Castro-Canel sabe que el grueso de la juventud cubana no piensa en Martí, ni le interesa; que los adolescentes, en sus vagabundeos por las redes sociales, ríen las “travesuras” de Clandestinos, un sentimiento lúdico que debe ser frenado antes que se transforme en abierta simpatía y no den abasto los correccionales de menores para encerrar a tanto muchacho descarriado.

Ayer las escuelas retumbaron con las arengas, los “patria o muerte venceremos”, y los profesores azuzando, “más alto, que no se oye”. Lo sonidos de pisadas fuertes, las voces duras y acompasadas, el aire marcial, traían evocaciones de una Habana militarizada, en plan bastión o lucha de todo el pueblo; como si la intención fuera declarar la guerra y no rendir tributo a un hombre extraordinario.

Dicen que las niñas fallecidas en la Habana Vieja venían precisamente de ensayar su “parada martiana”. Dicen que el edificio en vías de derrumbe total se halla enfrente de una escuela primaria donde por estas fechas abunda el interés en adoctrinar a los estudiantes, pero no existe la menor preocupación por su bienestar. La muerte de esas niñas es la negación del pensamiento de Martí, de su humanidad y su lucha incansable. Es el resumen de nuestra desgracia como país, aplastados por la ideología maldita, a expensas de nuestro propio bienestar y el de los seres que amamos; sumidos en la miseria, la barbarie y la más abyecta cobardía.

Cuba debe haber sido un sueño, una invención de José Martí. El hombre que fue, tan cargado de defectos como de virtudes, probablemente tuvo que construirse una ilusión para no ser tan duro consigo mismo, para apaciguar su conciencia por haber sacrificado absolutamente todo (padres, esposa, hijo, vida) con tal de liberar a Cuba de la dominación española. Un hombre de su genio debió padecer alguna clase de locura benigna que por momentos le impedía ver con claridad los matices del pueblo al que siempre defendió.

Tan seguro estaba Martí de los cubanos y de que la libertad aguardaba al final de la guerra, que entregó su vida voluntaria y prematuramente, dando por concluido su aporte a la causa independentista. Es inevitable preguntarse qué pensaría hoy de este pueblo que huye o se esconde, pero no rompe el cepo.

“En mí, solo defenderé lo que tengo yo por garantía o servicio de la Revolución. Sé desaparecer”, escribió con humildad a su amigo Manuel Mercado. Esa sola frase lo desmarca de la alharaca reivindicadora que hoy tomará cada parque y plaza en la capital, para demostrar que estamos muy pendientes de nuestros bustos; aunque no de las palabras de quien tanto hizo sin alardear, sin ambicionar grados ni honores, movido únicamente por su deber hacia Cuba.

La dictadura necesita aferrarse al engaño de Fidel Castro como continuador del legado martiano. Debe mantener secuestrada la dimensión moral de José Martí, que todavía posee el don de subyugar al pueblo. No es raro que la prensa oficialista no haya mencionado una sola palabra sobre el siniestro que mató a las niñas en la tarde de ayer. No conviene publicarlo. A pesar del pragmatismo en que nos han educado, muchos podrían creer que el Apóstol continúa mostrando, de muy mal modo, su rechazo a Miguel Díaz-Canel.

En el transcurso de sesenta años, José Martí ha sido paciente ante tantas marchas inútiles, declamaciones y “continuidades” forzadas. Hoy solo quiere que le devuelvan su sueño, o ser definitivamente borrado de una narrativa que mancilla su memoria. Quizás en retribución por ese ultraje, la víspera de su natalicio ocurren tragedias que sitúan al maltratado pueblo en el lugar primordial y visible que la dictadura, por su propia conveniencia, le ha reservado al más universal de todos los cubanos.

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Acerca del Autor

Javier Prada

Javier Prada

La Habana, 1979. Graduado de Lengua Inglesa por el Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona”, durante ocho años fue maestro en los niveles de enseñanza Medio y Superior, donde también debió impartir clases de Historia de Cuba debido al déficit de personal docente. Desde 2014 se desempeña como profesor particular de inglés. En su tiempo libre se dedica a la pesca y el dibujo. Actualmente incursiona en la prensa independiente.

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