Los negros mendigos de La Habana

Los negros mendigos de La Habana

“No es fácil vivir en la calle. Cuando podemos comemos, y nos bañamos, para fregarnos nuestro sudor y  nuestra miseria”

Mendigos 3 -Foto
Juana Cecilia Rodríguez Averof y Alfredo Molinet Valdés – JAML

LA HABANA, Cuba — Juana Cecilia Rodríguez Averof y Alfredo Molinet Valdés son invisibles a los medios de prensa oficiales. Forman parte de esa legión de mendigos que hoy habita La Habana sin que a nadie le importe. Les asusta morir en la calle. Son una pareja de negros viejos sin esperanzas. La historia de Juana y Alfredo arruga el corazón.

Tras quince años de casados, llevan diez viviendo en la calle. La noche los abriga en  cualquier portal de una tienda del boulevard de San Rafael. Mordidos por el hambre, intentan calmar sus tripas buceando los tanques de basura en busca de restos de comida o cualquier cosa que puedan vender para aliviar sus necesidades.

Tarea durísima patear tanques de basura con las piernas hinchadas de tanta caminata, y bucear los basureros desde  Galiano y San Rafael  hasta Prado y Colón, raspar un hueso, encontrar una fritura maloliente, un pedazo de pan. Alfredo entre lágrimas nos comenta: “Vine de Camagüey a La Habana a trabajar despachando combustible. Laboré en los contingentes 30 de Noviembre y Blas Roca Calderío, participé en zafras azucareras.

Con este cuerpazo trabajé duro para que nadie tuviera que darme un peso. Pero hoy este cuerpo no sirve de nada”. “Nunca pensé terminar así. De qué me sirvió mi diploma de trabajador vanguardia, si ellos traicionaron  todas las glorias y corrompieron las conquistas sociales. Mírame aquí. ¡Nadar tanto para morir en la orilla! No es fácil vivir en la calle. Todo el mundo nos mira con asco. Te montas en una guagua y la gente te dice ¡aléjate asqueroso!

Nadie ha hecho nada por nosotros”. Juana Cecilia lo interrumpe: “Antes de vivir en la calle, comencé limpiando piso en una empresa gastronómica. De ahí me gradué de cajera, me hice inspectora de trabajadores por cuenta propia, fui económica en una empresa por más de 20 años. Por mis manos pasaron muchísimos billetes, fui militante del Partido, del cual me botaron por alcohólica. Tengo un expediente muy limpio y ahora quienes fueron mis trabajadores me miran con desprecio porque no soy nadie”. Y añade Juana Cecilia: “Ambos somos alcohólicos por la necesidad, no porque queramos beber. Solo pedimos un albergue pues estamos pasando muchísimo trabajo.

A veces sentimos la necesidad de estar borrachos para sentir menos el sufrimiento. Mi marido y yo nos vamos a morir en la calle como la mayoría de los que llevamos esta vida. Cuando podemos, comemos. Cuando podemos nos bañamos, para fregarnos nuestro sudor y  nuestra miseria”. Al igual que la mayoría de los mendicantes, Alfredo y Juana Cecilia sienten el acoso de la policía cada vez que La Habana recibe una visita oficial y baja la orden de higienizar las calles.

“Entonces nos internan, nos desaparecen, nos esconden en la Colonia, un centro para menesterosos en las afueras de La Habana, para que nadie nos vea”. Alfredo y Juana forman parte del paisaje de los portales habaneros. Pobres negros viejos que extienden la mano con las esperanza de una moneda que les resuelva el almuerzo.

Fotos: Juan Antonio Madrazo Luna

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