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Son los emigrados cubanos quienes pueden decapitar a la bestia

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LA HABANA, Cuba.- El año está cerrando con estertores de ahogado. Para la mayoría de los cubanos este ha sido el peor diciembre en décadas, con un arrastre de muertos que ha enlutado a miles de hogares y una guerra sin cuartel para encontrar alimentos. Parece increíble, pero Cuba empeora cada día pese a los pronósticos de un ministro de Economía que junto a Marino Murillo y su Tarea Ordenamiento ha realizado un trabajo encomiable desmantelando lo que quedaba.

Cuba es una tragedia que consume en tiempo récord las energías y la cordura de sus ciudadanos. La gente sigue en pie porque la otra opción es morirse, y lo cierto es que nadie quiere morirse; aunque algunos, de tanto en tanto, lo consideren.

Los cubanos se alistan para viajar a Nicaragua y no precisamente como mulas, pues a las malas entendieron que con este régimen no habrá prosperidad jamás, y el negocio de comprar para revender ofrece cada vez menos resultados entre una población empobrecida.

Mientras esta Isla desdichada sigue perdiendo masa laboral y personal altamente calificado, Alejandro Gil (ministro de Economía) presenta una tesis doctoral cuyo tutor es nada menos que Miguel Díaz-Canel; el enajenado de Yusuam Palacios dice que quiere hacer “comunismo con flow”; el coordinador de Programas del Gobierno Provincial de Cienfuegos advierte, en el colmo del descaro, que para fin de año no habrá carne de cerdo porque sencillamente no existe. Y lo dice con su estampa de alimaña alcoholizada, para que los cubanos sintamos aún más vergüenza de nosotros mismos por tener esa clase de dirigentes: brutos, torpes, inhumanos; tan cutres de aspecto y pensamiento.

Ese mismo tipo que desluce con su facha la imagen de una de las provincias más bellas y orgullosas de Cuba, ha anunciado, como si de un logro se tratara, que se le venderá una libra de carne de res a cada embarazada y niño de hasta seis años, porque la infancia termina pronto en el paraíso de la izquierda mundial. De esa miseria que los dirigentes cubanos consideran una dádiva, solo se beneficiará la ciudad cabecera. El resto de los cienfuegueros que coman lo que encuentren o se mueran de hambre; igual sería un alivio para este régimen que presume de racionar hasta las salchichas y no cesa de construir hoteles donde los turistas consumen todo lo que falta en la mesa de los cubanos.

El propio Díaz-Canel ha exhortado a comenzar el 2022 con alegría y esperanzas como si la crisis fuera a desaparecer en víspera de año nuevo, y los cubanos fueran capaces de sacudirse en un pestañazo el malestar causado por tantas muertes, las penurias, la represión y el aplastamiento irremisible de sus ilusiones.

El desprecio de la dictadura hacia el pueblo no tiene límites, y es compresible. Lo hemos soportado todo. Ahí están las madres de los presos del 11 de julio dando cuenta de los juicios amañados, de la intimidación que sufren por parte de la Seguridad del Estado, de testigos mintiendo descaradamente ante jueces corrompidos por el poder o el miedo.

Ellas se atreven a denunciar mientras el gobierno francés le regala casi 40 millones de euros a la dictadura destinados a supuestos programas de sanidad y saneamiento; pero probablemente acaben financiando alguna obra megalómana para que el fantasma de la Revolución siga dando batalla en el campo simbólico. Ahí está el Centro Fidel Castro Ruz para demostrarlo: un imperdonable despilfarro de dinero foráneo en medio de un escenario socioeconómico signado por la indigencia y la crisis sanitaria.

Europa sigue prodigando favores y Estados Unidos insiste en sanciones que hacen cosquillas a los generales cubanos. Entre esas dos aguas se ahoga el pueblo cubano, que solo tiene una verdadera carta a su favor: la diáspora. Los emigrados pueden poner fin al desastre reduciendo al mínimo la entrada de dinero a la dictadura, porque es evidente que el pueblo se ha llevado la peor parte en esta guerra de desgaste, y ya no puede más.

Su rendición es, de cierta manera, una sentencia de muerte. Los que tienen recursos para escapar, no lo piensan dos veces. Dentro de la Isla mayorea la ancianidad y una creciente “metralla” juvenil, sendas amenazas para un futuro saludable y decoroso. Cuando emigren o mueran esos sectores de población que hoy representan un flujo estable de remesas, el fantasma de la Revolución se quedará solo con sus delincuentes, menesterosos y tracatanes.

Tal será el porvenir de Cuba, y ya que no hay modo de revertirlo, deberíamos acelerarlo para acabar de una vez con la tortura de ver en cámara lenta la degradación nacional. Sería un crimen pedirles a los emigrados que dejen de ayudar a sus familias, especialmente si han dejado atrás ancianos, niños pequeños o seres queridos que padecen alguna discapacidad. Pero es razonable sugerirles que hagan sus cálculos con austeridad y envíen lo justo, de ser posible a través de otros viajeros, para que la dictadura no reciba ni un centavo de más.

Con este mismo espíritu, sería consecuente no exigir el levantamiento de ninguna de las sanciones impuestas por Donald Trump, específicamente la liberación de las remesas, porque 300 dólares mensuales son suficientes para comprar las minucias y tarecos que el castrismo vende, carísimos, a un pueblo desposeído.

Europa seguirá haciendo el papel de tonta, y la Casa Blanca se mantendrá en el juego de no hacer nada que produzca un impacto real. Toca pues, a los emigrados, decapitar a la bestia y no dejarse enredar en el lazo de la inversión extranjera; en primer lugar, porque no es una propuesta nacida del reconocimiento sincero a los derechos de la emigración cubana; en segundo lugar, porque los negocios con un gobierno supraconstitucional son una trampa segura.

Si esos millones de cubanos desperdigados por el mundo se ajustan al plan, dentro de cinco años el castrismo no podrá con el peso muerto de la nación. Hasta los trabajadores del turismo, que vivían un poquito mejor, están abandonando la Isla, con gran perjuicio para el sector.

Al paso que vamos, las huestes verde olivo deberán ser movilizadas a toda prisa, pero esta vez para preparar mojitos y cubalibres, tocar el güiro y regar el césped de la Casa Dupont, en Varadero. Sería la ruina de la industria y del país, la salida pacífica que tanto hemos evocado.

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