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Miércoles, 24 de mayo 2017

Los ‘cultos’ iletrados de la revolución

En Cuba cada vez se habla y se escribe peor, ante la indiferencia de los encargados de velar por el idioma

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Cartel en Avenida de los Presidentes, La Habana (albertoyoan.com)

LA HABANA, Cuba.- Con suma frecuencia he escuchado o leído acerca de la supuesta “cultura e instrucción” de los cubanos. Un fabuloso récord académico basado en las estadísticas oficiales de la Isla y que, por supuesto, cabría agradecer a la revolución cubana y a su (literalmente) ceniciento líder.

Semanas atrás, durante las prolongadas exequias del Finado en Jefe, mientras recorría algunas calles de Centro Habana en compañía de una colega extranjera –de esas que, ya sea por ingenuidad o por simpatía se han tragado sin chistar el cuento de “la isla más culta del mundo”– tuve la ocasión de mostrarle varios ejemplos categóricos de la tan renombradamente sólida y extendida cultura cubana.

Más allá de las calles sucias y rotas, los montículos de escombros y los contenedores de desechos desbordados, que ya por sí solos hablan de la peculiar concepción de la cultura de la higiene y la salud en la capital cubana, por doquiera proliferaban los carteles plagados de errores ortográficos: “hay coco rayado”, anunciaban en un mercadito de la calle Sitios; “café mesclado”, ofrecía otro anuncio sobre una tablilla en una cafetería privada, “proibido arrojar papeles en el piso”, rezaba en otro local.

Las cartas-menú de los restaurantes –tanto privados como estatales– también abundan en atentados terroristas a la legua española que harían revolcarse en su tumba al eximio Miguel de Cervantes. “Garbansos fritos”, “lomo aumado”, “filete enpanisado”, “paella valensiana” y otras lindezas similares se han tornado tan comunes que nadie parece reparar en ellas.

El “Paquete semanal”, con mucho el producto cultural y de entretenimiento más popular y de mayor difusión entre la población, adolece del mismo mal. Allí, entre los títulos de los archivos de videos, se pueden encontrar joyas anti-ortográficas de talla colosal, como “Parasitos acesinos”, “Guerreros del Pasifico”, “Humbrales al mas alla” y muchas más.

No faltan quienes consideran el uso correcto del lenguaje como algo superfluo, especialmente en un país donde la supervivencia diaria consume la mayor parte del tiempo y de las energías, y donde no existen muchas opciones de esparcimiento al alcance de los bolsillos de la población. Los cubanos cada vez leen menos, lo que coadyuva a una sensible merma del vocabulario y al deterioro de la ortografía. En todo caso, dicen muchos, ¿a quién le importa si la palabra garbanzo se escribe con s o con z, cuando lo esencial es conseguir el dinero para poder comerlos? ¿Qué es más significativo, que un archivo de video tenga un título bien escrito, o que puedas disfrutar del video en sí?

A esa lógica vulgar habría que oponer que la lengua constituye un elemento capital de la cultura de un pueblo o nación, no solo como vehículo de comunicación social para la transmisión y el intercambio de sentimientos, experiencias e ideas, sino como rasgo de identidad de ese pueblo. Más aún, la lengua se relaciona incluso con la independencia y soberanía nacionales. Por tanto, cuando se descuida la lengua se empobrece la cultura; de ahí que los pueblos verdaderamente cultos son exigentes con el uso correcto de su idioma.

La sistemática destrucción del lenguaje en Cuba se manifiesta tanto en el plano oral como en el escrito y entre individuos de todos los niveles de instrucción, incluyendo a no pocos profesionales de la palabra. Así, se ha tornado habitual encontrar textos de análisis periodísticos donde aparecen disparates insólitos en palabras comunes y de uso frecuente en los medios, como por ejemplo, “distención” por distensión o “suspenciones” en lugar de suspensiones.

La relación podría ser extensa, pero basten estos dos casos para ilustrar cuán profundamente se ha erosionado la cultura de la lengua española entre nosotros, al punto que se manifiesta también entre sectores que, al menos en teoría, lo componen sujetos versados en el uso correcto del idioma.

(foto del autor)

(foto del autor)

Lo peor es que el patrón de destrucción sistemática del lenguaje parte del propio sistema nacional de educación, del que ha sido eliminado el dominio de la ortografía entre los objetivos esenciales de conocimientos que deben adquirir los estudiantes desde los niveles elementales de la enseñanza. De hecho, los propios carteles y murales de numerosas instituciones estatales y de organizaciones oficiales exhiben sin el menor recato los mayores errores imaginables, tanto en su sintaxis como en su ortografía.

Es el caso de un aviso oficial sobre la puerta cerrada de un local estatal en pleno barrio Pueblo Nuevo –calle Peñalver, entre Subirana y Árbol Seco–, cuya imagen se reproduce en este texto, donde desde un cartel escrito a mano sobre un papel estrujado, y con pésima caligrafía, se convocaba a los vecinos a acudir a esa suerte de luctuoso conjuro colectivo que han dado en llamar “Ratificación del Concepto Revolución”. El cartel de marras rezaba textualmente:

Ratificación del Concepto Revolución

Día 28 de 9:00 am-10:00 pm/Día 29 de 9:00 am-10:00 pm

Puntos: (Lobin del teatro chiquito (ctc)

Lobin-Teatro Lazaro Peña

Fabrica Partagas: San Carlos y Peñalver

MINBAS: Carlos III y Soledad

La Culinaria: Sifre y Estrella

ISDI: Belascoain y Estrella

E/P Mario Muñoz: Carlos III

E/P Vado del Yeso: Posito y Oquendo

Biblioteca: Carlos III

Por supuesto, se infiere que el aviso informaba sobre el horario y los lugares a donde los dolientes revolucionarios deberían acudir a blindar con sus rúbricas el “concepto” de la espectral utopía (“revolución”, le dicen) que falleció décadas antes que su hacedor. Lo cual puede que sea “políticamente correcto”, pero sin dudas el cartel es lingüísticamente atroz.

Paradójicamente, una de las locaciones referidas en el aviso, la Biblioteca de Carlos III, (por cierto, la primera biblioteca pública cubana fundada en Cuba en tiempos tan lejanos como el siglo XVIII), es –ni más ni menos– la sede oficial de la Academia Cubana de la Lengua, cuyas funciones, lejos de velar por el conocimiento y protección del idioma, se reducen a lo eminentemente burocrático-simbólico y, sobre todo, a la recepción de beneficios metálicos y de otros tipos enviados desde la sede central de esa institución internacional, en España.

Convocatoria para la ratificación del concepto de revolución (foto del autor)

Convocatoria para la ratificación del concepto de revolución (foto del autor)

Lo cierto es que en la Isla cada vez se habla y se escribe peor, ante la absoluta indiferencia oficial y de las instituciones supuestamente encargadas de velar por el idioma. Lo que realmente importa a las autoridades es que se mantenga la fidelidad a la ideología del Poder, lo demás es hojarasca.

Mientras, la falta de libertades empobrece el pensamiento, y con él se arruina también su envoltura material que es parte esencial de la identidad cultural: el idioma. Aunque los medios oficiales, las organizaciones internacionales y muchísimos alcahuetes de ocasión insistan en repetir como papagayos que los cubanos somos uno de los pueblos más cultos del Planeta.

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Acerca del Autor

Miriam Celaya
Miriam Celaya

Miriam Celaya (La Habana, Cuba 9 de octubre de 1959). Graduada de Historia del Arte, trabajó durante casi dos décadas en el Departamento de Arqueología de la Academia de Ciencias de Cuba. Además, ha sido profesora de literatura y español. Miriam Celaya, seudónimo: Eva, es una habanera de la Isla, perteneciente a una generación que ha vivido debatiéndose entre la desilusión y la esperanza y cuyos miembros alcanzaron la mayoría de edad en el controvertido año 1980. Ha publicado colaboraciones en el espacio Encuentro en la Red, para el cual creó el seudónimo. En julio de 2008, Eva asumió públicamente su verdadera identidad. Es autora del Blog Sin Evasión

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