Los cubanos perdimos el hábito de ir al dentista

Los cubanos perdimos el hábito de ir al dentista

Durante muchos años acceder a ese servicio ha sido complicado. La élite, en cambio, dispone de servicios estomatológicos de calidad

Clínica estomatológica en Candelaria, provincia de Artemisa. (foto 14ymedio)

LA HABANA, Cuba.- Según datos emitidos por el doctor Tomás Toledo, director nacional de Estomatología del Ministerio de Salud Pública, en Cuba existen en total “132 clínicas y 330 servicios estomatológicos en policlínicos en todo el país”.

Sin embargo, los cubanos no tenemos el hábito de acudir al dentista de manera periódica y preventiva. Sólo lo hacemos cuando tenemos alguna afección, y no siempre es por miedo o por abandono, sino principalmente porque durante muchos años acceder a ese servicio era bastante complicado para la población.

Claro que no sucede así con la élite y sus servidores, que disponen de clínicas y servicios estomatológicos de calidad.

Pero pese a lo precario de la asistencia estomatológica, en más de un congreso internacional de estomatología celebrado en nuestro país los medios han publicado los elogios hechos por los participantes (como a otros visitantes foráneos, siempre les enseñan lo que les conviene que vean) sobre los buenos resultados obtenidos en esta especialidad, y se toma a la isla de referencia por sus indicadores de atención a la población.

Dora es una de las muchas personas que acabaron perdiendo la dentadura ante las dificultades para inscribirse en la clínica dental (requisito indispensable para recibir este servicio de manera periódica). Me comentó que pasaba días y noches soportando el dolor, hasta que iba a hacerse la extracción de urgencia. Se hizo su primera prótesis con un mecánico dental particular (para lo cual no hay licencia), y opina que le quedó muy buena. Pero los años fueron pasando, y fueron apareciendo nuevos espacios vacíos donde sus dientes se le iban cayendo.

Hace algún tiempo recibió la visita de dos especialistas de la clínica dental de su área. Le explicaron que se trataba de un nuevo plan piloto para evaluar el estado bucodental de los miembros de los núcleos visitados, y le revisaron la dentadura. Pasado algún tiempo le enviaron un telegrama, se presentó en la clínica, la inscribieron y le dieron turno para un mes después. Pero el día de la consulta, la doctora no fue a trabajar porque estaba enferma, por lo que le cambiaron el turno para la semana siguiente. Al llegar a la nueva cita, le informaron que la clínica había cerrado –ahora sí hasta nuevo aviso– porque el compresor estaba roto, y que se mantuviera llamando. Así lo hizo, y cuando preguntaba le decían que seguían cerrados y que el personal estaba prestando servicios en otras clínicas.

Pasaron casi dos meses hasta que reanudaron el servicio. Por fin fue atendida por la doctora. Hacía algo más de un mes que le habían sacado las piezas restantes y ahora sólo necesitaba sus nuevas prótesis. La dentista le dio un turno para quince días después, pues debía ser valorada por la especialista, y le enfatizó que tenía que estar a las 8 en punto. Sin embargo, el día señalado no la atendieron sino hasta las 10 am, y eso sólo para darle otro turno para dentro de treinta días.

Disgustada, harta de tanto ir y venir por gusto, de tanta indolencia, de ver como atendían a “favoritos” sin turno, fue a ver a un mecánico dental particular para averiguar el precio actual de las dos planchas (siempre “por la izquierda”). De regreso en su casa se sentó en la sala, encendió el televisor, lo apagó y, llena de determinación, lo llevó al taller de reparaciones, se lo vendió al técnico –para piezas– y con el dinero se mandó a hacer los dientes. Cuando una amiga le criticó su impaciencia para seguir insistiendo en la clínica estomatológica, Dora le espetó: “¡Total, hija, para las mentiras que hay que ver…!”

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