Por qué los cubanos no quieren conservar el CUC

Por qué los cubanos no quieren conservar el CUC

En los antecedentes que tiene el castrismo como rector cambiario está la respuesta

(Foto archivo)

LAS TUNAS.-  Sir Thomas Gresham por estos días debió estar haciendo guiños a Fidel Castro en el más allá, como diciendo: “Te lo advertí”.

Y para tranquilidad de los cubanos en este Viernes Santo, si la comunicación entre esos difuntos es posible, bien puede considerarse traducida por el BCC (Banco Central de Cuba).

Mediante una nota hecha pública la noche del jueves por el Noticiero Estelar de la Televisión Cubana, el BCC puso fin a la especulación que ya era vox populi por la supuesta inminente desaparición del CUC (peso convertible).

Según la nota del BCC, el CUC se mantiene vigente y a su actual tasa de cambio, 24 CUP (pesos cubanos) por CUC, y por lo pronto, las dos monedas mantendrán curso legal en Cuba como hasta ahora, calmando los para algunos alarmistas comentarios de la supuesta unificación monetaria con probables pérdidas para los ahorristas.

Cuando al inicio escribí “puso fin a la especulación”, lo anoté desde el estricto concepto financiero y no de la mera teorización.

A cuenta de remesas enviadas por familiares o amigos en el extranjero, de comercio lícito e ilícito o ganados por su profesión, no pocos cubanos atesoran importantes sumas en CUC, y a raíz de las bolas (comentarios) de pronta unificación monetaria, comenzaron a deshacerse de esa moneda, cambiándola unos por pesos CUP y otros por dólares o euros, trayéndole dificultades al sistema bancario cubano.

De buenas a primeras la ley de Gresham está surtiendo efecto en Cuba, y, por la generalizada sensación de inseguridad, a saber hasta cuando los cubanos estén deshaciéndose de sus CUC a pesar de la nota del BCC.

La ley de Gresham no es una norma jurídica pero sí un principio financiero autenticado por el derecho consuetudinario (el de la costumbre).

Thomas Gresham (Londres, 1519-1579), tan temprano como en el siglo XVI, se percataría, aunque sin formular el enunciado, lo que a partir del siglo XIX, llevando su nombre, sería una de las columnas fundacionales de la economía de mercado y que, quiérase o no por los gobiernos, funciona así:

“Cuando en un país circulan dos monedas, el público considera a una buena y a la otra mala, y así, la moneda mala saca del mercado a la moneda buena”.

Dicho de otro modo: el consumidor utiliza como moneda de pago a la moneda mala y ahorra la moneda buena.

Y por estos días en Cuba el CUC es una moneda mala. El mismo BCC ha admitido que los cubanos se están deshaciendo de ella.

¿Por qué los cubanos temen mantener su dinero en CUC, una moneda mala, según la ley de Gresham?, pregunté a un economista,

“Por los antecedentes que tiene el castrismo como rector cambiario”, dijo el experto.

Según el economista, el canje de la moneda en Cuba se produjo mediante la promulgación de la Ley No. 963 del 4 de agosto de 1961, pero con anterioridad a esa fecha, el régimen había promulgado dos o tres leyes “maniatando” los billetes de “alta denominación”.

Revisando el ordenamiento jurídico de la época encontré la Ley No. 210 de 7 de abril de 1959, dos años y cuatro meses con anterioridad al canje, disponiendo la caducidad de los billetes de 1000 y 500 pesos.

Dos meses después, el 19 de junio de 1959, promulgan la Ley No. 412, traspasando al entonces Banco Nacional de Cuba (BNC) el importe de los billetes de 1000 y 500 pesos no canjeados o de tenencia ilegal.

Y antes de completarse el mes, el 7 de julio de 1959, salía la Ley No. 438 que el “gobierno revolucionario” consideró a quienes “se enriquecieron ilícitamente”.

Mediante la Resolución No 77 del INRA (Instituto Nacional de Reforma Agraria), el 18 de noviembre de 1959 esa institución disponía se abriera a su disposición una cuenta bancaria por el “no canje de los billetes de 1000 y 500 pesos.

Y, como un símbolo de ese “legislar”, cuando el 25 de noviembre de 1959 el Consejo de Ministros, en sustitución del doctor Felipe Pazos Roque designó al comandante Ernesto Guevara como presidente del BNC, al rubricar su cargo en lugar de su nombre el argentino estampó su apodo: Che.

Requerido para que firmara ajustado a derecho, el guerrillero dijo: “Cada uno firma como quiere”.

Y ahora los cubanos, que no conocen la ley de Gresham pero sí tienen la experiencia de que alguien puede llegar al Banco Central de Cuba y estampar una “firma como quiere”, cambian sus monedas malas por buenas monedas.

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