“Lo más importante es poner al ser humano en el centro”

“Lo más importante es poner al ser humano en el centro”

Conversamos con el cineasta cubano Fernando Pérez

Fernando Pérez (EFE)

LA HABANA, Cuba.- Muchas cosas distinguen a Fernando y entre ellas están sus apellidos; el primero de ellos es Pérez, idéntico al que lucía Leonor, la madre de José Martí, Valdés es el segundo, como el de Cecilia, esa mulata a la que retrató Villaverde en su novela del mismo nombre y que se convirtió en uno de nuestros más grandes monumentos literarios. Si atendemos entonces a estos apelativos no quedarán dudas de que Fernando tiene grandes y cubanísimas distinciones; pero este hombre es también un artista universal y su obra cinematográfica da prueba de ello; Clandestinos, Madagascar, Suite Habana, José Martí, el ojo del canario, están entre sus filmes más vistos y premiados, pero Últimos días en La Habana, su más reciente obra, y que ha dejado enormes secuelas en el público de la isla, es ahora la razón para que conversemos con Fernando Pérez Valdés:

-Cuando supe que se estrenaría una película suya con el título Últimos días en La Habana, pensé de inmediato en un poema de Dulce María Loynaz; no pude evitarlo y volví a leer Últimos días de una casa. ¿Algo tiene que ver su película con el poema? 

-Ojalá lo tuviera, en el sentido de la poesía, porque conozco ese libro de Dulce María Loynaz y lo estimo muchísimo, pero no fue una intención, no fue un  propósito. Si se lograra, a partir del resultado que tuvo Últimos días en La Habana como imagen y como historia que se cuenta de los días de hoy en mi ciudad pues yo estaría muy feliz de que esto ocurriera. Aunque pienso que el lenguaje de Últimos días en La Habana aspira a ser un lenguaje muy realista, es una película muy narrativa donde el espacio para las metáforas y para las imágenes poéticas está muy reducido. Es una película que busca más esa narratividad.

-Un viejo solar, un desvencijado e insalubre espacio en el centro mismo de la ciudad, “protege” a los protagonistas. Allí vivirán sus últimos días en La Habana. ¿Por qué escogió ese lugar?

-La Habana es una ciudad muy diversa, hay muchas Habanas, y habrá muchas Habanas porque ese es el movimiento eterno, el eterno cambio, pero vuelvo a esta Habana porque siento que es la más representativa, porque es la más popular, aunque no puedo dar un porcentaje específico, eso requeriría una investigación sociológica; que existen, las hay, pero no las he consultado. Yo creo que gran parte de los habaneros viven así y en ese espacio es donde se puede encontrar un termómetro, la temperatura más diversa y más significativa de nuestra sociedad de hoy y de nuestra ciudad. Es un espacio, un entorno, al cual yo acudí hace quince años, en el 2003, cuando filmé Suite Habana, con un contexto muy similar en este documental al espacio en el que Últimos días en La Habana se desarrolla. Lo que pasa es que transcurrieron quince años, y, aunque el entorno sigue bastante parecido, tuvo cambios; pero más que en la infraestructura material, en los valores y las actitudes de los personajes, y ahí es donde está focalizada la mirada de Últimos días en La Habana.

-Creo que ese solar que es también personaje, y quizá héroe, resulta centro imantado… ¿Acaso lo supone una metáfora de la nación?  

-Aunque la historia principal de la película es la amistad de sus dos protagonistas, Diego y Miguel, a partir de sus diferencias, sí es un propósito de la película, y para mi adquiere un valor muy importante, el contexto en que se desarrolla, y ese solar imantado, que está en tu pregunta creo que tiene la atracción de poderse convertir en una metáfora de generalizaciones mayores. Y no aspiraría a ser la metáfora de la nación, pero sí quisiera que estos personajes fueran representativos de las individualidades, de esas múltiples individualidades que viven el día a día y son totalmente desconocidas. Eso es lo que me motiva a hacer este tipo de películas.

-En sus películas anteriores los personajes no tienen “obsesiones tan evidentemente opuestas” como las que existen ahora entre Miguel y Diego. ¿Le resultó cómodo poner a dialogar a dos personajes tan “diametralmente” opuestos; un enfermo que no puede salir del país, o que no quiere, frente a un hombre “sano” a quien no le interesa otra cosa que no sea escapar?

-La contradicción de Diego y Miguel me resultaba atractiva desde el primer momento porque el conflicto es el que mueve el desarrollo de la narración, de la historia, y Diego, siendo un personaje inmóvil, está en pleno movimiento. Su mente, sus ideas, su corazón, su vida; avanza, vive, aunque en los momentos de soledad también sufre la angustia de saber que no puede ir más allá de lo que provoca su imaginación. Y, en el caso de Miguel, teniendo la posibilidad de avanzar, de cambiar; sin embargo está detenido en sí mismo, en su coraza, que le impide abrirse al mundo que lo rodea. Ese trabajo con los actores de lograr, sobre todo que Miguel expresara la “no expresividad” y que Diego expresara en el exceso la posibilidad de moverse en su lecho tranquilo fue un trabajo muy cuidado entre Patricio Wood y Jorge Martínez. Creo que a ellos les debo la posibilidad de que el carácter de esos dos personajes fuera reflejado en la película.

-¿Cómo reaccionaría un Miguel tan obsesionado con la fuga, si antes de ese final que ya conocemos, hubiera conseguido llegar a la frontera con México o salvar el espacio que lo separa, por mar, de la Florida, enterándose al llegar de que la política de “pies secos, pies mojados” había dejado de existir?

-¿Cómo yo me imaginaría a Miguel ante una situación como esta? Si tuviera que escribir ese desenlace en un hipotético guion de Últimos días en La Habana, yo creo que el Miguel de mi película estaría esperando siempre por la llegada metódica, establecida, de la visa y no se arriesgaría a otros procesos menos seguros. Lo que sí daría para otras, y múltiples, películas son las historias de muchas individualidades —las conozco— que se han quedado de pronto, a partir de que ya ha dejado de existir la política de “pies secos, pies mojados”, se han quedado en una tierra de nadie. Muchos de ellos con el sueño de poder emigrar, y lograr incorporarse a lo que esta política permitía, han vendido todas sus propiedades, han dejado todo, han dejado sus casas y de pronto se han quedado en un limbo que es realmente dramático y triste. Eso refleja cómo a veces, o generalmente, los grandes acontecimientos políticos ignoran los pequeños dramas de los individuos y, por supuesto eso es tema de muchísimas otras películas.

-¿Es intencionado que el personaje que en su película quiera marcharse se llame Diego, como aquel que Gutiérrez Alea y Senel Paz diseñaron para Fresa y Chocolate?

-Sí, totalmente. La película le debe mucho a esa obra emblemática del cine cubano realizada por Titón, Senel y Juan Carlos Tabío, que es Fresa y chocolate, y por eso el personaje protagónico lleva el nombre de Diego, que es el mismo nombre del de Jorge Perugorría en Fresa y chocolate. Ese homenaje expreso va también a Titón, porque mi primera entrada en un set cinematográfico fue como asistente de dirección en Una pelea cubana contra los demonios, y Titón, de alguna manera, ha sido mi  primer maestro, y a él le debo muchísimas cosas de lo que hoy puedo hacer. Sin embargo, en la película es un propósito marcar una diferencia con Fresa y chocolate, y es el entorno de los personajes. Si en Fresa y chocolate Diego es un intelectual, un artista, un hombre de pensamiento, el Diego de Últimos días en  La Habana se mueve en un entorno menos intelectual. Su preparación no responde a la del personaje de Fresa y chocolate, pero sin embargo sí logra expresar la sensibilidad y esa sabiduría natural y popular que define al personaje. Eso sí, en la película, es una intención bien definida.

-Usted conmovió a la nación con el joven José Julián Martí de su película El ojo del canario, y parece que ahora sucede algo parecido con estos personajes. ¿Cree que las angustias de Martí, Diego y Miguel se parezcan en algo?

-Yo pienso que sí, en un sentido general, porque las contradicciones, los anhelos y las búsquedas de los personajes de Últimos días en La Habana son tan humanas como humanas fueron las del joven y niño José Julián Martí en la película. Los contextos se diferencian, por supuesto, y las costumbres y las maneras de expresarlo también. Más allá de las posibles coincidencias yo creo que lo más importante, y eso es lo que me mueve en cada película que hago, es poner al hombre en el centro, al ser humano más que al hombre, en el  centro. Y creo que, aunque las épocas sean distintas, aunque las situaciones históricas se diferencien, aunque a veces incluso los países sean distintos, el ser humano va siempre a enfrentar los mismos  problemas, va a tener los mismos anhelos, va a tener los mismos principios de comunicación. Si algo va conmigo siempre es la reflexión que hizo José Martí en el prólogo que escribió al poema Oda al Niágara, y definía lo que lo que para mí es una de las definiciones más certeras de la condición humana y del individuo. De ese momento Martí, y no es una cita textual, dice que una vez que nace el individuo, el hombre, el ser humano, ya están rodeando su cuna para ponerle una venda en los ojos; la pasión de los padres, las filosofías, las religiones, los sistemas políticos, y ya a partir de ese momento; el ser humano, el hombre, el individuo comienza ya a ser un caballo embridado que va siempre conducido; alguien le lleva la rienda. Y la verdadera realización del ser humano será cuando la libertad individual se alcance y se produzca. Siempre, siempre, siempre, cuando estoy tratando de reflejar los conflictos de los personajes en mis películas, esa reflexión de Martí va conmigo.

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