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Miércoles, 22 de febrero 2017

La UNEAC contra los jóvenes

Un golpe a ciegas del extraviado patriotismo cubano

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Miguel Barnet, ministro de Cultura de Cuba (foto tomada de internet)

Miguel Barnet, presidente de la UNEAC (foto tomada de internet)

LA HABANA, Cuba.- El 28 de noviembre de 2015 tuvo lugar la ceremonia de los premios Lucas, proyecto cultural concebido para apoyar y promover la creación de videoclips en Cuba. Desde hace algunos años el público de la Isla aguarda y participa de este importante evento, acudiendo a la gala en el teatro Karl Marx, o disfrutando en la tranquilidad del hogar la transmisión –en vivo o diferida– del espectáculo.

Transcurre el mes de enero de 2016 y aún los cubanos que no fueron al Karl Marx se preguntan por qué la Televisión Cubana no ha transmitido la entrega de los premios Lucas 2015. El motivo ha sido la censura, por parte de una Comisión del Comité Central, de la escenografía preparada para apoyar la interpretación del tema “Hace falta”, del cantautor cubano Raúl Paz.

Desde mediados de 2015, ha provocado un efervescente estado de opinión el polémico performance –verificado en el marco de la XII Bienal de La Habana– de un sujeto disfrazado con el cuerpo de Mickey Mouse y la cabeza de Elpidio Valdés, ícono de los dibujos animados cubanos, tradicionalmente emparentado con los valores patrios.

La canción de marras aborda el tema amoroso, pero de modo tangencial alude a la necesidad de un cambio de aires en el statu quo, anhelo que desde hace poco más de un año los cubanos asocian al restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre la Isla y los Estados Unidos. De ahí la acción plástica que dio a luz a Mickey Valdés. Lo que para el público no pasó de ser una simpática metáfora visual, provocó un inopinado estallido de ira en la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), que extendió una carta acusando al equipo de Lucas de permitir que un ícono de la intransigencia revolucionaria cubana apareciera en escena como un héroe vencido, congraciándose con uno de los símbolos más difundidos de la cultura norteamericana.

Las repercusiones de dicha queja –cuya existencia desconoce la mayoría de los cubanos– han colocado en un frágil equilibrio los presupuestos defendidos por el proyecto Lucas frente a la asfixiante esquematicidad de la política cultural cubana, que se recrudece cuando se aplica a los medios de comunicación masiva. Algunos se preguntan, en medio de un contexto en el cual debe abogarse por el entendimiento a toda prisa con el gobierno estadounidense, si la reacción de la UNEAC pudo atribuirse a un inesperado acceso de nacionalismo trasnochado, o si solo fue una treta para enturbiar los diálogos entre Cuba y Estados Unidos. Un berrinche intelectual para dejar claro que “los cubanos no van a ceder”, que “aquí no se rinde nadie” y otras consignas vacías que parecen haber dejado secuelas irreparables en las altas directivas de la cultura cubana.

Una vez más, la que debería ser una institución de vanguardia apoya vergonzantes episodios similares a aquellas acciones difamatorias de los años sesenta y setenta, que provocaron la amargura, la decepción y el exilio de tantos artistas e intelectuales cubanos. Esa misma UNEAC que acepta el liderazgo de Miguel Barnet por conveniencia política –durante el congreso celebrado en 2015 la mayoría de los miembros votaron por el actor Osvaldo Doimeadiós para ocupar la presidencia–, ha articulado una cacería de brujas contra toda iniciativa cultural que considere “extranjerizante”.

La creciente fama del proyecto Lucas se ha convertido en un pretexto para levantar toda suerte de argumentos con el interés de denigrar lo que hasta el momento ha fungido como una alternativa para el diálogo cultural. Es cierto que se trata de un monopolio –como también lo son la Empresa de Telecomunicaciones o las cadenas de tiendas en divisa– generador de importantes beneficios económicos, que podría fomentar el crecimiento de un sector privado específico.

Sin embargo, la verdadera razón por la cual Lucas puede constituir un problema es su impacto en la juventud cubana, que paulatinamente se ha ido sumando a la cultura audiovisual online. Lucas es una ventana abierta a estéticas visuales diversas, diametralmente opuestas a aquellas legitimadas por décadas de política cultural obsoleta. Las irradiaciones de la fórmula Lucas escapan al control enfermizo de los esbirros de la cultura cubana; es fácil comprender, entonces, que el proyecto esté a punto de desaparecer, y sus hacedores sean objeto de críticas y amenazas, además de no tener un local donde trabajar, ni acceso a Internet.

La arremetida de los censores del Comité Central contra el programa Lucas debido al maridaje cultural entre Mickey Mouse y Elpidio Valdés, es un golpe a ciegas del extraviado patriotismo cubano. Un suceso que se revela más absurdo e hipócrita si se considera que la mega difundida canción “Me dicen Cuba”, de la orquesta Habana D´ Primera, cierra nada menos que con el Himno Nacional en pleno apogeo timbero-chovinista, sin el menor asomo de respeto por sus más de cien años de existencia, ni su significado para la dignidad nacional.

Acerca del Autor

Ana León

Licenciada en Historia del Arte

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