La Revolución que pasó por la calzada de Monte

La Revolución que pasó por la calzada de Monte

Resulta imposible caminar por la céntrica avenida sin lamentar el avance inexorable de la pobreza

Antigua peletería El Gallo, hoy Mercado Artesanal Industrial (Foto de la autora)

LA HABANA, Cuba. – No puede decirse que alguna de las principales calles de La Habana haya escapado a la devastación y el abandono que se enseñorearon de la capital tras enero de 1959; pero ninguna evidencia de manera tan contundente los estragos del socialismo como la calzada de Monte (Avenida Máximo Gómez), arteria principalísima que nace en la antigua Plaza de las Ursulinas, en la Habana Vieja, para morir en la intersección con la calle Infanta, punto conocido como la Esquina de Tejas, en el municipio Cerro.

Modesta en comparación con avenidas como Galiano o Neptuno, rebosantes de tiendas por departamentos y edificaciones modernas, Monte era la opción preferida por las personas de menos recursos. Durante el período republicano, la calzada era un concierto de rebajas y oportunidades que garantizaban la satisfacción de todos los clientes, sin importar cuán limitado fuera su poder adquisitivo.

Ancianas que aún conservan intactas sus memorias, recuerdan que al tratarse de una zona menos distinguida, había cierta flexibilidad en cuanto a la etiqueta; pero los dependientes vestían correctamente; las mujeres llevaban siempre el cabello arreglado y la atención al cliente era especial. Por humilde que fuera el establecimiento, jamás faltó el buen trato, la buena presencia y, en general, el ambiente que invitaba a comprar entre aquella barahúnda de gente que entraba y salía de una tienda tras otra.

Hoy Monte prevalece como la vía más transitada de La Habana, pero los comercios de otros tiempos han sido reemplazados por chiringuitos que venden lo poco que hay a precios inflados y con calidad variable. A lo largo de la estrecha calzada, en ambas aceras, pequeños negocios de gastronomía y piratería audiovisual se mezclan con la venta de artículos religiosos, perfumería, cosméticos y una amplia gama de enseres de ferretería.

Es el apogeo del contrabando y la especulación, tímidamente interrumpidos por algún establecimiento estatal de vidrieras rotas y anaqueles paupérrimos, señal inequívoca de la pobreza que ahoga al sector inútil del país.

Pero más allá de estas actividades económicas condenadas a la atrofia, seis décadas de socialismo han convertido la calle Monte en un viacrucis de churre, destrucción, mal olor y tráfico enloquecido. La populosa calzada que conecta el centro de La Habana con El Cerro y otras avenidas principales para facilitar la circulación hacia los municipios más densamente poblados de la capital ha sufrido los rigores de un sistema demoledor.

Los comercios confiscados después de 1959 fueron convertidos en dependencias estatales donde anidan el deterioro y la escasez. Edificios multifamiliares que antaño se regían por estrictas normas de convivencia, han conocido la anarquía social y la arquitectura de la necesidad, expresada en constantes violaciones de las regulaciones de Planificación Física.

Desde la Plaza de las Ursulinas hasta el cruce con Belascoaín, todas las aceras están rotas; los arroyos de residuos albañales llenan el entorno de fetidez; el granito de los suelos casi ha desaparecido bajo la nata de mugre y orines; lo que antaño fueron escaparates iluminados están hoy cubiertos por parches de tablas podridas, cartones, planchas de bagazo y cristales rotos pegados con cinta adhesiva.

Es un desastre que roza el límite de lo irrecuperable. Dieciocho cuadras convertidas en meadero público; vidrieras destartaladas que sirven de improvisadas camas a borrachos y menesterosos; comercios que fueron “reestructurados” para vender la espantosa e insuficiente producción nacional, y han terminado a merced de la putrefacción; ese ha sido el legado de un gobierno que se auto declara “progresista”.

A lo largo de los portales corridos, únicamente los nombres de negocios que alguna vez fueron prósperos han resistido el paso del tiempo y el horror comunista. La antigua colchonería Konfort, que durante los años noventa fue el salón de fiestas “La Cenicienta”, un día amaneció transformada en albergue. Hoy las filtraciones y el maltrato de los inquilinos amenazan con arruinar definitivamente lo que resta de su estructura, una de las más modernas que pueden apreciarse en toda la calzada.

Ningún local evoca tiempos mejores gracias a la destrucción sistemática y los interminables ciclos de desabastecimiento. El Ten Cents  (“Variedades Monte”) es célebre por las broncas multitudinarias que se armaban a inicios del Período Especial para comprar hamburguesas racionadas. En la actualidad el establecimiento, del cual solo funciona la planta baja, es testigo de riñas similares por huevos, pastillas de sazón o yogurt de bolsa.

El maltrato, la fealdad, la falta de educación; el tórrido calor sin ventiladores y la exigua calidad de la mercancía en oferta, distan mucho de aquel carnaval de opciones que en la era de “los malos” satisfacía a plenitud las necesidades del ama de casa y la mujer trabajadora.

La calle que vio pasar al Generalísimo Máximo Gómez en 1898 no ha sido incluida en las obras por el Aniversario 500 de La Habana. Mientras se la da colorete al Barrio Chino y se retocan algunos locales esquineros en Reina o Belascoaín, resulta imposible caminar por Monte sin lamentar el avance inexorable de la pobreza, que no solo se manifiesta en su arquitectura; sino también en la masa humana que la habita, mimetizada con la grisura y hediondez circundantes.

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