La protesta es performance

La protesta es performance

Puede que las tácticas para convocar protestas no deban ser exhibidas en redes. Ellas posibilitan, sin embargo, la deslegitimación del discurso del poder y el empoderamiento colectivo de la sociedad

Operativo de la Policía en las inmediaciones del Yara, el 30 de junio.
Operativo de la Policía en las inmediaciones del Yara, el 30 de junio. (Foto: Facebook)

LA HABANA, Cuba. – Leí una nota del excelente periodista Ernesto Pérez Chang sobre la protesta del 30 de junio (30J). Sus puntos, interesantes, merecen análisis. La crítica del espacio propio indica madurez cívica y política, e invita a una reflexión rigurosa.

A mi parecer, lo que se le critica al 30J como exceso performático es justo lo que considero por defecto. Al 30J le faltó performance. Porque toda protesta es performance. Desde la de Mohamed Bouazizi en Túnez, pasando por Otpor en Serbia, Black Lives Matter en Estados Unidos, las Damas de Blanco en Cuba, la de Yanelys Núñez en el Capitolio de La Habana hasta las Sombrillas Amarillas en Hong Kong.

El valor de lo simbólico, la teatralidad, la simulación de la performance, la representación y el contacto social no brillaron en el 30J del modo acostumbrado en los performers cubanos. Quizá porque no convocaron una protesta, que sí protagonizaron por su alto nivel de exposición pública.

Las Damas de Blanco; el Susurro de Tatlin de Tania Bruguera; el cuerpo de Yanelys Núñez untado con heces; las performances de Luis Manuel Otero, todos combinan la relación necesaria entre performance y protesta y son exitosos en sus objetivos.

La performance recupera en Cuba la energía y la autonomía social de un modo que no hemos logrado aún desde la pedagogía cívica: en la proyección pública y simbólica entre la ética, la tradición, la modernidad con sus demandas y el desenfado estético. No sustituye a la pedagogía cívica, pero es la única que la hace visible con sus gestos únicos e instantáneos. Sin ellos, no hay éxito social en la dimensión masiva de la protesta.

La comparación con la del 5 de agosto de 1994 es instructiva. Fueron miles los ciudadanos lanzados a (más bien estaban en) las calles, pero esa protesta se agotó por carecer de salsa performática. Fue la manifestación de un drama profundo disuelto frente a un símbolo fuerte: Fidel Castro. Hubo gente que protestó y que luego, con evidente disimulo, lanzó vivas a Castro. Con este efecto: una protesta encubriéndose ante el poder, se debilita y quiebra en su naturaleza, y no logra representarse. Le falta lo que proporciona la performance: un acto compacto de representación, simulación, demanda, simbolismo e identidad. Todo lo que marca la diferencia entre la explosión del malestar y la protesta-performance. La primera, sin autonomía, no genera conexión social; está limitada en su alcance territorial. La segunda expresa la autonomía cívica necesaria para crear conexiones y expandirse territorialmente. La diferencia también entre lo involuntario y lo deliberado.

Esta autonomía cívica cabe retenerla. Su éxito debería medirse por su capacidad para quebrar la narrativa del poder frente a los que solo piden pollo, no a partir de si suman de inmediato.

El inmovilismo social tiene muchos componentes. Uno fundamental: el discurso de que en Cuba nada cambia. Discurso desmovilizador que el arte desarraiga y desnormaliza mediante la burla, la representación, la destrucción de la imagen homogénea del espacio público y la performance: el cuerpo en la calle frente a la Policía y a los actos performáticos del poder.

La performance rompe esa normalidad que sustenta a una sociedad inmovilizada. Obliga a su constante reacomodo. Esto es de un valor extraordinario. Lo raro despierta aquello que le cuesta trabajo despertar a la normalidad política. La imagen de la zona del cine Yara vacía y rodeada fue el símbolo de la paz pública policíaca en un espacio emblemático, anteriormente ocupado por otros.

La protesta por el asesinato de Hansel Hernández quedó en el intento, donde el intento mismo es la protesta, justo porque la acción represiva estaba contemplada. Aquí el efecto de la performance va más allá. Es a mediano plazo: definirle a la Policía (cuerpo del poder) su nuevo lugar en la sociedad: protegerse de ella. Por eso comparar la sensación de victoria en la “derrota” de los activistas con la sensación de “victoria” en la derrota de Fidel Castro es asimétrico: coloca en un mismo nivel a la resistencia y el poder. Que este con todos sus recursos convierta sus derrotas en “victorias” es distinto en significado a las victorias sentidas en las “derrotas” de la resistencia.

Una razón por la que si el drama en la performance se representara dramáticamente, la protesta performática sí fracasaría: el desenfado, la ausencia de molestia, la risa irónica, y la que disipa el dolor, humanizan la protesta y la sacan de lo rígido. Desdramatizar el drama es condición para llegar, cubanamente, a los ciudadanos. Que llegan. No debe subestimarse la identidad oculta en el abrazo entre los performers y la gente, y el mensaje nocturno subrepticio.

La performance muestra que lo que acontece en la política sucede primero en la cultura. En doble sentido: como marcos de pensamiento y comportamiento, y como símbolo y expresión estéticos. A la espera de la protesta masiva, la performance desnuda simbólicamente al poder, haciéndonos ver que lo que se presenta como eterno puede ser efímero, aunque este “corto” tiempo sea de 60 abriles. La narración y exposición públicas de la performance normalizan lo que no logran los libros de cívica. Son como el teatro en Facebook: la gente conectada mira, frunce el ceño, se sobresalta, sonríe, se burla, consulta y comparte videos normalizadores. Los likes no forman partidos, pero su efecto multiplicador potencia tendencias importantes en la sociedad. ¿Una muestra? El apoyo transversal que recibió Luis Manuel Otero.

Cuando desaparecen las fronteras entre arte y política, ese tercer lugar ante el desencanto con los partidos lo ocupa la performance. Ello permite llegar a públicos desideologizados, a los del pollo; evitando que el rechazo al emisor (los proto partidos políticos en Cuba) se traslade al mensaje.

Creo que sin un previo escenario performático no hay protesta social exitosa. Lo que no significa que toda protesta social masiva esté condenada al éxito: Venezuela.

En Cuba el fracaso de las protestas no está protagonizado entonces por los performers. Si acaso, es del campo estratégico en la sociedad civil. En el ámbito visual y en redes la performance llena un vacío cívico para vociferar las demandas de la sociedad.

Lo que nos lleva al segundo de los temas: la exposición y convocatoria de las protestas en las redes, campo exponencial de las batallas híbridas. ¿Son estas inevitables? ¿Sustituyen a las protestas en las calles? Lo más importante: ¿tienen efecto práctico?

Si los ciudadanos no encuentran espacio para sus demandas civiles, estas buscan otros caminos posibles. Es la circunstancia de las redes por todas partes. Las redes sociales se convierten en las calles virtuales de la sociedad. Y ahí la Cuba democrática ya ganó. Con caos y algo de mala educación, pero la cacofonía en redes muestra que la realidad física puede ser ficción y que la ficción puede ser la realidad.

Puede que las tácticas para convocar protestas no deban ser exhibidas en redes. Ellas posibilitan, sin embargo, varias cosas necesarias para el cambio: la deslegitimación del discurso del poder; la conformación de una aldea fragmentaria y compacta al mismo tiempo; la información en tiempo real; la exposición de las varias Cubas; el empoderamiento colectivo y algunas interesantes victorias físicas. Sustraer el pensamiento táctico de esta nube pública proactiva supone regresar al plano conspirativo en el que la Policía política se mueve con soltura. La movilización virtual no sustituye a la movilización callejera. Pero no hay movilización callejera sin movilización virtual: esta ofrece el clima de confianza que las sociedades abiertas construyen de otro modo.

Saber que se va a ir preso no disminuye el valor práctico de la acción. Mide a la sociedad civil en su resiliencia; desgasta a la represión (los policías golpeadores son más, pero los que confraternizan ya aparecen); deslegitima institucionalmente al Estado arbitrario; empodera constitucionalmente e influye en las decisiones de aliados de la democracia. La repetición cíclica de las detenciones no produce el cambio, es una fase inevitable.

Hasta que logremos sumar a los ciudadanos. Aquí toda crítica es poca. La performance como protesta hace su parte. Una contribución clave es la de articular a gente que ni siquiera se habla entre sí. ¿Qué puede hacer la sociedad civil (la que tiene visión democrática, porque los dos conceptos no se yuxtaponen) para unir protesta virtual, malestar social y visión de cambio en las calles?

La conversación está servida. Para sacarle provecho hay que cumplir una de las exigencias de toda estrategia política: el principio de realidad. Realismo en el sentido pesimista: los obstáculos de la realidad para las aspiraciones, y en el sentido optimista: las opciones de la realidad para satisfacerlas. Los mejores escenarios salen de mezclar ambos sentidos.

Entretanto, el silencio del activismo no es una opción cuando carece de estrategia. Lo mejor es tenerla. Lo peor: callar frente a la brutalidad del Estado. El 30J fue eso: un ruido cívico-moral ante una muerte atroz siguiendo los hábitos e instintos de cada actor cívico: los de la calle ahora; los que poetizan o los que oran. El activismo clamó y hay quienes expusieron el cuerpo. Cívica y performáticamente. No era la protesta del pollo, era la rabia ante la impunidad. Protestaron hasta los likes.

Ahora bien. El 30J sigue a las protestas en Estados Unidos por la muerte de George Floyd. Y otros dos asuntos saltan: la “importación” de temas y estrategias, y el papel en el espacio público de los que, reivindicándolos, llaman los “cuerpos abyectos”.

Crucial el primer asunto. Hay una tendencia ―no digo que el autor forme parte de ella―, que anima la siguiente idea: “el problema de los otros, no es el problema de nosotros”. Se intenta reafirmar así la “excepcionalidad” de cada historia y sociedad particulares. Sucede con todos los temas sociales y políticos, y con las demandas y las estrategias para afrontarlos. Si los países tienen cocinas distintas entonces sus problemas también deberían serlos. El tema del racismo, la fijación racista de las policías y las maneras de enfrentarlos pasan por estas “excepcionalidades”.

¿Qué decir al respecto? La imitación es la historia. Hay historias que exponen problemas universales desde sus historias específicas. Como la de los Estados Unidos. Desde sus problemas hasta sus métodos. Estos son utilizados por todas las tendencias que emplean las luchas callejeras. De extrema derecha a extrema izquierda. De todos modos, cabe recordar que las luchas en las calles y los temas sociales, incluido el del racismo, están escritos e inscritos en la historia de Cuba pre 1959. La revolución solo des-normalizó lo normal.

El segundo es de importancia crítica. El “cuerpo de los abyectos” (los marginales, los delincuentes) es el cuerpo marginado que crean y reproducen ciertos Estados. Ello supone un dilema cuando se transfiere el derecho y la mentalidad penales al tratamiento de los asuntos sociales. Los “cuerpos abyectos” aparecen en la escena con sus marcas acumuladas para remover los cimientos de los incluidos. Significa que el problema es de todos. De nada vale que los incluidos excluidos desprecien a los excluidos marginales.

La marginalidad es parte sustancial del problema general, que salta al “liderazgo” como resultado y frente a las acciones marginales de los Estados. No lidera los cambios, sí los temas que los hacen urgentes: pobreza, represión, desigualdad estructural, guetos, racismo, cooptación conguera, depreciación de las clases medias y oligarquización del poder. Tendrían que desaparecer La Habana o Santiago de Cuba en sus propias geografías sociales para lograr que a los cambios no entren también los actores marginados por la pésima distribución de poder y riqueza en Cuba a lo largo de 60 años. Estos hacen legión.

Me alegro que ellos entren al espacio público mediante los filtros cívicos y culturales de la sociedad civil. Una opción rehabilitadora que no ofrecen las cárceles. Riesgo a tomar. Ellos son, en jerga habitual, ejemplos para sus compañeros de inframundo. La antropología sabe que la marginalidad es la otra cara visible de las sociedades opulentas sin sensibilidad social. Las sentinas más o menos alejadas de los viejos castillos medievales, a donde la realeza enviaba sus heces.

La escena gestual, no solo performática, donde termina la llamada Revolución Cubana, por cierto. Una performance, es verdad, desde sus mismos orígenes.

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Acerca del Autor

Manuel Cuesta Morúa

Manuel Cuesta Morúa

Manuel Cuesta Morúa (31 de diciembre de 1962). Licenciado en Historia. Portavoz Partido Arco Progresista. Coordinador Plataforma Nuevo País

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