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Sábado, 16 de diciembre 2017

La historia de Cuba torcida por el castrismo

El régimen ha ejecutado una aberrante traición a los nobles ideales de los padres fundadores de nuestra independencia

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GUANTÁNAMO, Cuba.- El proyecto ideológico dirigido a manipular la historia patria abarca acontecimientos, figuras imprescindibles y su ideario. Se trata de sembrar en todas las generaciones de cubanos los contenidos impuestos por el régimen.

Uno de los momentos significativos de dicho proyecto fue el discurso pronunciado por Fidel Castro Ruz el 10 de octubre de 1968, cuando se conmemoró el centenario del comienzo de las luchas por nuestra independencia. El país ya estaba bajo el control absoluto del partido comunista. La prensa libre había sido eliminada, también los colegios privados; habían sido fusilados, encarcelados o condenados al ostracismo los opositores, los medios de difusión masiva estaban a disposición del castrismo y este exportaba sin contemplaciones su modelo autoritario a todos los continentes.

Fue en ese escenario cuando Silvio Rodríguez estrenó su canción dedicada a Ignacio Agramonte y Loynaz, uno de los más altos paradigmas del pensamiento liberal y democrático cubano. Paradójicamente, momentos después el líder histórico del castrismo afirmó que la revolución cubana era una sola, la iniciada por Carlos Manuel de Céspedes en 1868, continuada por José Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo en 1895 y culminada el primero de enero de 1959. Luego lanzó su controvertida frase: “Entonces, nosotros hubiéramos sido como ellos; ellos, hoy, habrían sido como nosotros”.

¿A quién sirve tal manipulación histórica?

Una frase tan falaz, de gran carga especulativa, como si el orador hubiera sido un adivino con el don de una ubicuidad privilegiada hasta con el conocimiento de la posición que adoptarían nuestros próceres ante un sistema totalitario como el instaurado en Cuba, es tomada también una y otra vez como fundamento para hacer una supuesta defensa de la soberanía del pueblo cubano frente a lo que el régimen califica como pretensiones hegemónicas e injerencistas del gobierno norteamericano. Porque cuando se refieren a la supuesta defensa de la soberanía del pueblo cubano los miembros de la nomenclatura castrista y sus testaferros apelan a la falacia de que las ideas de Lenin y Carlos Marx fueron adoptadas de forma natural por los cubanos y que nuestros más ilustres próceres, de haber estado vivos hoy, serían comunistas. Por tanto, el régimen defiende una posición que, presuntamente según él, surgió con nuestras luchas independentistas.

Así, cada vez que el gobierno de los EE.UU. reclama a la dictadura cubana que cumpla con todos los derechos humanos y restablezca la democracia, esta responde que se trata de un asunto de soberanía nacional. Pero el pueblo cubano no fue quien decidió si se imponía el socialismo o no, más bien fue engañado cuando haciendo uso de la sicología de las masas Fidel Castro proclamó el carácter socialista-estalinista de su revolución en 1961, ante unos miles de milicianos que jamás fueron los representantes de todo el pueblo, y traicionando lo que él mismo había afirmado en La Historia me absolverá, el Pacto de México y el Pacto de la Sierra.

La soberanía reside en el pueblo, no en un grupito de privilegiados que, agrupados en el Comité Central del Partido Comunista de Cuba y la Asamblea Nacional del Poder Popular, representan sólo el 0.00022% de la población adulta del país. Estas personas, sin haber sido elegidas por el pueblo, ocupan altos cargos en la estructura estatal y partidista y son quienes deciden sobre todos los asuntos medulares del país. Son ellos quienes han secuestrado para sí la soberanía nacional. El único ejercicio democrático que realiza el pueblo es, supuestamente, elegir al delegado del poder popular de su circunscripción y luego acudir a las plañideras reuniones de rendición de cuentas donde lleva 41 años clamando por mejorar la calidad del pan, del transporte y de nuestra precaria subsistencia. Tan escuálido ejercicio de soberanía es una burla porque no decide nada en la comunidad ni en el país.

Quien haya leído el Acta de El Rosario, acuerdo del levantamiento liderado por Carlos Manuel de Céspedes, sabe que la lucha armada para lograr nuestra independencia tenía puestas sus miras en una república multipartidista, reconocedora de la teoría de Montesquieu sobre la organización del Estado, garante de los derechos de libertad de reunión, asociación, prensa, expresión y conciencia, donde ningún hombre fuera discriminado por su sexo, procedencia social, color de la piel u opinión política. Tal principio fue una constante en todas las constituciones mambisas y en la historia republicana hasta 1959.

Nuestro Héroe Nacional José Martí, profundo conocedor de la realidad latinoamericana, era un ardiente defensor de esos principios republicanos, los cuales pensaba incorporar a su soñada república “con todos y para el bien de todos”. Escribió muy poco acerca de cómo pensaba organizar esa república, pero sí hay constancia de que para él la soberanía radicaba en el pueblo y la concebía como un permanente ejercicio del sufragio universal, mediante el cual este pudiera oponerse a cualquier forma autoritaria o sectaria del poder. Por eso afirmó en su célebre ensayo conocido como Nuestra América: “Si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere”.

La intolerancia y el unipartidismo no fueron posiciones aceptadas por los protagonistas de nuestras luchas por la independencia. Cuando el castrismo asume la defensa de nuestra soberanía, equiparándola con la del autoritarismo, ejecuta una de las más alevosas manipulaciones de nuestra historia y una aberrante traición a los nobles ideales de los padres fundadores de nuestra independencia.

Hoy remueven de su lugar la tumba del Padre de la Patria y la de Mariana Grajales para colocarlas cerca de la de Fidel Castro, otro acto que responde fielmente a la manipulación comentada.

Acerca del Autor

Roberto Jesús Quiñones Haces
Roberto Jesús Quiñones Haces

Nació en la ciudad de Cienfuegos el 20 de septiembre de 1957. Es Licenciado en Derecho. En 1999 fue sancionado de forma injusta e ilegal a ocho años de privación de libertad y desde entonces se le prohíbe ejercer como abogado. Ha publicado los poemarios “La fuga del ciervo” (1995, Editorial Oriente), “Escrito desde la cárcel” (2001, Ediciones Vitral), “Los apriscos del alba” (2008, Editorial Oriente) y “El agua de la vida” (2008, Editorial El mar y la montaña). Obtuvo el Gran Premio Vitral de Poesía en el 2001 con su libro “Escrito desde la cárcel” así como Mención y Reconocimiento Especial del Jurado del Concurso Internacional Nósside de Poesía en 2006 y 2008 respectivamente. Poemas suyos aparecen en la Antología de la UNEAC de 1994, en la Antología del Concurso Nósside del 2006 y en la selección de décimas “Esta cárcel de aire puro”, realizada por Waldo González en el 2009.

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