La Habana Vieja después de los militares

La Habana Vieja después de los militares

La toma del Casco Histórico por la casta verde olivo es el principio de la decadencia definitiva

LA HABANA, Cuba.- Hace diez años, cuando era estudiante y algún turno de clase obligaba a mi grupo a recalar en la Habana Vieja, muchos íbamos a almorzar en el Café Habana; el único lugar donde, por ocho pesos moneda nacional (0.40 USD) podíamos comer dos huevos sobre un nido de papitas fritas, o una deliciosa crema Aurora por cuatro pesos (0.20 USD).

Rincón predilecto de los universitarios y de muchos trabajadores de la Oficina del Historiador, el Café Habana tenía la rara virtud de brindar un buen servicio, ofrecer opciones baratas, mantener los baños limpios y preparar un rico café. Como por arte de magia, parecía varado en la década de 1980, cuando existía la posibilidad —hoy impensable— de darse un gusto con el propio salario, por miserable que fuera.

El período de esplendor del establecimiento fue relativamente largo, considerando que no se trataba de un negocio privado. Un par de años después de haberlo yo descubierto, la papa comenzó a escasear y, sin ella, el huevo no tenía la misma gracia. En el menú aparecieron opciones algo más caras y el público habitual, que durante tanto tiempo resolvió allí el problema del almuerzo, solo apuraba el café en la barra y seguía su camino.

Un día, el Café Habana cerró para ser restaurado. Cuando reabrió, en 2016, lo hizo con una nueva decoración y una intimidante carta con todos los precios en CUC. Raramente se ve un cubano en la barra o las mesas. Los turistas, a quienes ya pertenece la casi totalidad del Centro Histórico, ocupan hoy los asientos mientras los cubanos traen su almuerzo de casa, o recurren al “pan con timba”, que en nuestros días quiere decir “pan con cualquier cosa”.

Tras la intervención militar, el Centro Histórico se ha convertido prácticamente en una “zona VIP”. Los pocos lugares que existían al alcance del bolsillo proletario han pasado al comercio en divisas, incluso aquellos que se insertaban en programas comunitarios, como el restaurante La Luz, donde personas con salarios regulares (20-25 CUC) podían saborear comida criolla por alrededor de veinte pesos (0.80 CUC). También los círculos de abuelos reservaban una vez al mes para que los ancianos pudieran disfrutar de un paseo por La Habana antigua, con almuerzo incluido, sin ver esfumarse hasta el último centavo de sus pensiones.

Eran alternativas que el pueblo agradecía y conferían a la ciudad vieja un aire natural, espontáneo, reavivando el sentimiento de pertenencia de los nacionales que hoy se sienten extraños entre tantos negocios carísimos, como si este fuera un país de ricos. La Luz reabrió en enero de 2017, con un menú no apto para cubanos en el que un simple desayuno compuesto por huevo, tostadas y mantequilla cuesta 2.95 CUC (75$ MN).

El panorama sugiere que se trata de una experimentación constante con el hambre del pueblo, con sus pocos dineros y hasta con su salud, pues las largas horas de ayuno, o la mala alimentación, influyen negativamente en el bienestar general y el rendimiento de los trabajadores. Algunas cafeterías se han especializado en vender almuerzos en moneda nacional, por un precio que oscila entre 30 y 40 pesos. Pasando por alto el rígido menú de cerdo o pollo, ¿cuántas personas pueden permitirse ese gasto diariamente?

Cada año el gobierno cubano disminuye las posibilidades de que la población optimice su calidad de vida. Tener al ejército en el poder ha sido un fracaso lamentable; no solo porque amenaza los derechos de la sociedad civil, sino porque los militares son intelectualmente mutilados, insensibles y codiciosos.

La toma de la Habana Vieja por la casta verde olivo es el principio de la decadencia definitiva. Desde que TRD (Tiendas de Recaudación de Divisas) reemplazó a Habaguanex, hay más desabastecimiento y problemas administrativos. Muchos trabajadores han renunciado y falta poco para que cesen los proyectos comunitarios que todavía subsisten, a pesar de la ausencia de recursos y personal.

Sin embargo, decisiones arbitrarias como las que condujeron a la modificación del Café Habana y el restaurante La Luz, solo han generado silencio y conformismo entre los ciudadanos. Por tal motivo, cuando escucho a alguien decir que “los cubanos tienen justo lo que se merecen”, me muerdo la lengua y ahogo mi malestar; pues sé que el comentario duele, más que nada, por su indiscutible carga de razón.

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