La democracia que ve Europa en Cuba

La democracia que ve Europa en Cuba

El poder en la Isla se ejerce desde lo alto. Y durante los casi seis decenios de régimen castrista ha sido unipersonal

(cadenagramonte.cu)

LA HABANA, Cuba.- A comienzos del presente año, viajó a Cuba la señora Federica Mogherini, jefa de Exteriores de la Unión Europea. La visita sirvió de marco a la “profundización” y la “normalización” de relaciones entre el Viejo Continente y la dictadura castrocomunista. Amén de hacerles numerosas zalemas y generosas promesas a los personeros del régimen, la encumbrada visitante bautizó a este último de manera sorprendente: “democracia de un solo partido”.

Los antecedentes históricos de la frase son poco tranquilizadores. Como señalara el colega Juan González Febles, la misma proviene de un compatriota de la ilustre viajera. Pero se trata de alguien dotado de una mala fama merecidísima: el felizmente desaparecido Duce fascista Benito Mussolini.

Las reacciones indignadas a ese fruto lamentable del cerebro fértil de la visitante, no se hicieron esperar en el seno de la prensa independiente ni entre los perseguidos activistas que en la Isla luchan en pro de la democracia. Algunas de aquéllas fueron bien enérgicas, y uno no puede criticar a sus autores, pues mucho hizo la visitante para hacerse merecedora de esas expresiones.

Pero no quisiera limitarme en este trabajo a lanzar calificativos o epítetos sobre la encargada de las relaciones internacionales del bloque comunitario, no importa cuán merecidos ellos sean. En lugar de realizar ataques personales contra una dama, prefiero analizar en sí misma la aludida frase, y ver si existe algún fundamento real para que la diplomática la haya empleado.

El concepto de “democracia” ha evolucionado a lo largo del tiempo. La etimología nos dice que es el “poder del pueblo”, pero desde el punto de vista político parecería más exacto definirla como el “gobierno ejercido por el conjunto de los ciudadanos”. No se trata simplemente de que los más se impongan a los menos; lo fundamental es que todos, de un modo u otro, puedan participar en la administración de la cosa pública.

En ese contexto, un elemento esencial de la democracia es el ejercicio del sufragio libre. ¿Desconoce doña Federica que éste no existe en Cuba? Ahora mismo, a pocos días de su partida, acaban de ser postulados los candidatos a las curules en el “Parlamento cubano”. Han sido aprobados por unanimidad en las asambleas municipales. Además, a mano alzada. Un candidato para cada cargo. El pueblo no podrá escoger. En vista de esto, ¿se asombra alguien de que todos los propuestos, siempre, hayan “ganado la votación”?

Pero eso es una mera formalidad. En realidad, el poder se ejerce desde lo alto. Y durante los casi seis decenios de régimen castrista ha sido unipersonal. Nada —pues— que se asemeje siquiera al ejercicio de las facultades de mando por parte de una pluralidad de personas. El jerarca de turno decide, por sí y ante sí, sin limitación alguna. Y, para colmo, sin una oposición reconocida.

No existe siquiera una división formal o teórica de poderes públicos diversos y contrapesados. La doctrina marxista-leninista enarbolada por el castrismo proclama la unidad de poder. Tampoco hay un control basado en el respeto a la Constitución. Ésta puede ser cambiada de la noche a la mañana por los diputados que —como ya vimos— nomina el propio régimen. En caso de duda, corresponderá a ellos mismos determinar si alguna disposición se ajusta o no a la carta magna.

La violación de los derechos humanos de los cubanos es sistemática. Además, está institucionalizada, ya que las mismas leyes —y hasta la propia Constitución— los infringen de diversos modos. Las libertades de expresión, prensa y asociación brillan por su ausencia. En Cuba, el principio de que rija la mayoría con respeto a la minoría no es siquiera letra muerte. Simplemente, no se le reconoce.

Pero, hablando en un plano especulativo: ¿Es posible en principio una “democracia unipartidista”? ¿Se trata o no de un oxímoron? Los antecedentes históricos en Nuestra América son harto inquietantes. Sabemos que, bajo el tirano quisqueyano Trujillo, existía una sola organización de ese tipo: el Partido Dominicano. A él debían pertenecer todos los ciudadanos del país.

Claro que aquello no se acercaba —ni de lejos— a la democracia. ¡Pero es que los cubanos ni siquiera contamos con esa posibilidad! El partido encabezado por el hermano Castro de turno es, por definición, selectivo. Sus jefes se arrogan el derecho de admitir o no a los ciudadanos que soliciten el ingreso. De hecho, los militantes de esa única organización política constituyen menos de la décima parte de los ciudadanos con derecho al voto.

¡Y es ese engendro elitista el que la señora Mogherini nos quiere presentar como cauce idóneo para el ejercicio democrático! ¿Por qué doña Federica no promueve esa venenosa receta entre sus cultos compatriotas europeos!

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