Infierno vs. paraíso: Centros de aislamiento y hoteles para extranjeros

Infierno vs. paraíso: Centros de aislamiento y hoteles para extranjeros

No hay testimonio de que alguien haya visto a un dirigente, a un militar de algo rango o a uno de sus familiares pasar por el infierno en un centro de aislamiento.

Centro de aislamiento de la Escuela Lenin visto desde uno de los cubículos de cuarentena (Foto: cortesía del autor)

LA HABANA, Cuba. – En Cayo Largo del Sur los turistas canadienses no están obligados a usar el “nasobuco” ni a someterse a aislamiento de 15 días. Es lo que se puede ver y leer en la prensa. 

En cuanto bajan del avión se les realiza una prueba de PCR y, para que no demore demasiado la espera por los resultados, hasta se construyó y equipó en tiempo récord un laboratorio en ese lugar tan apartado, de modo que las muestras recogidas ya no tendrían que viajar a La Habana para ser analizadas.

La noticia ha sido emitida con toda la festividad y el entusiasmo que caracterizan a la prensa oficialista, de modo que los periodistas no se han detenido a analizar que las altas concentraciones de salitre en el lugar así como la frecuencia en que resulta afectado por huracanes, obligará a renovar el equipamiento posiblemente todos los años, con lo cual aumentarán los gastos para una economía que el régimen ha declarado “en crisis”. 

Pero eso parece no tener importancia. En los demás centros turísticos del país, abiertos solo a extranjeros, se previó que suceda algo similar.

En los salones de los aeropuertos donde aguardan a que termine el proceso, a los turistas se les agasaja con cócteles gratis mientras algún grupito de música tradicional intenta hacerles menos “molestas” esas dos o tres horas de “protocolo sanitario” que hoy, deduzco, es mera formalidad, una gran representación teatral cuya finalidad no lleva como prioridad frenar los contagios en la Isla sino una brutal e inhumana estrategia de marketing que ha traído como resultado, por ejemplo, el rebrote descontrolado en la provincia de Ciego de Ávila, donde vive la mayor parte de los empleados que laboran en los cayos Coco y Guillermo; y el aumento de casos en Cárdenas, a donde pertenece el balneario de Varadero.

He usado los calificativos de “brutal” e “inhumana” porque tales “eficiencias” y “hospitalidades” para con los visitantes extranjeros no van a la par con el trato que, por contraste, recibimos los cubanos a los que se nos imponen multas excesivas por estar sentados en el parque por unos minutos, por trasladarnos de un municipio a otro para buscar alimentos o medicinas —ambos en falta— o por bajarnos unos segundos la mascarilla para tomar agua en medio del calor sofocante, fatigados por permanecer durante largas horas en las filas para alcanzar algo de comer en la jornada porque ni siquiera es legal adquirir las cantidades suficientes para permanecer en casa varios días. Ni es legal hacerlo ni es posible, teniendo en cuenta los bajos salarios.

Las redes sociales están abarrotadas de quejas y denuncias sobre abusos y excesos, mientras que desde los “centros de aislamiento” los retenidos suben imágenes de las pésimas condiciones de alojamiento donde ni siquiera se les provee de los medios de protección individual y donde los propios médicos y celadores reconocen que las posibilidades de contagiarse aumentan mucho más que si la cuarentena fuese realizada en el hogar.

Me escribía un amigo que fue obligado a permanecer en uno de esos lugares, precisamente en el que funciona en una de las unidades de la Escuela Lenin, en Arroyo Naranjo, que pasan más de una semana encerrados en cubículos donde las camas no guardan la debida separación unas de otras, que no les dan mascarillas y que el único recipiente con agua clorada está en un pasillo por donde transitan decenas de personas.

“Los baños nunca se limpian ni se desinfectan, tenemos que hacerlo nosotros mismos. Nos quejamos con los médicos pero dicen que aquí no han dado nada para limpiar, que ellos mismos a veces traen las cosas de la casa. El almuerzo y la comida las reparten en cajitas de cartón, el pan del desayuno lo mandan con el primero que llega a recogerlo, sin saber si tiene limpias las manos o si es positivo o negativo, y para colmo nos cobran la merienda a cinco pesos”, narraba su situación y a la vez se describía a sí mismo como un “preso”.

“Es como si estuviésemos castigados. Si alguien te envía algo tiene que ser antes de las 10:00 a.m. ¿Cómo alguien puede llegar a este lugar en el quinto infierno antes de las 10:00 de la mañana si no hay transporte? Estoy preso. Si no paso calor es porque traje ventilador porque ni eso te ponen. De verdad que los cubanos no valemos nada”, me escribía este amigo hundido en la depresión.  

Más testimonios, unos publicados en Facebook por gente a las que no conozco personalmente y otros narrados por vecinos que han sufrido en carne propia la realidad de los “centros de aislamiento”, dan cuenta del abuso que implica obligar a una persona a abandonar su hogar solo por ser “sospechosa” de portar el virus. Una obligación que si bien está respaldada por disposiciones y decretos “de último momento”, resulta violatoria no solo de la actual Constitución —al no haber sido aprobadas esas leyes por la Asamblea Nacional ni haber sido declarado un Estado de Emergencia—, sino también de los más elementales derechos humanos.

“Me llamaron que me venían a buscar por la noche. Tuve que llevarlo todo, hasta la cafetera eléctrica porque ya me habían advertido que no daban nada, ni nasobuco. No dan jabón ni pasta de dientes, nada. El televisor es uno como para 50 personas y está fuera del cubículo; el agua fría la ponen en pomo en una mesita pero cuando se acaba, se acabó”, afirma otra persona internada en una escuela adaptada como centro de aislamiento del municipio Boyeros.

A algunos que vivieron los tiempos en que los portadores del VIH y enfermos de SIDA eran encerrados en establecimientos de salud que llamaban “sanatorios” pero que en realidad funcionaban como cárceles, los actuales centros de aislamiento les recuerdan aquellos duros momentos de las décadas de los años 80 y 90, cuando incluso fuera nombrado como director del reclusorio de Santiago de las Vegas (1991-1994) el mismo doctor Francisco Durán García, que hoy en la televisión nacional rinde el parte diario del Ministerio de Salud sobre la COVID-19. 

“Si te escapas del lugar te meten preso. Si te niegas a ir, aunque tengas condiciones para aislarte en tu propia casa, te vienen a buscar con la Policía. Si te quejas muy alto, dicen que estás haciendo contrarrevolución, y para colmo ponen al mismo tipo que dirigía Los Cocos (sanatorio) a dar el parte y a regañar, porque es un regañón, el mismo loco que dijo en televisión que abrir las playas no era problema pero que hay que meter preso al que ponga un pie fuera de la casa después de las 7:00 de la noche”, me escribe el mismo amigo que cité anteriormente mientras hablamos del tema vía WhatSapp.

Pero en el Noticiero Nacional nada se dice de la oleada de quejas y mucho menos de los pequeños disturbios que han surgido en tales instalaciones de prevención sanitaria. A lo sumo eligen reportar desde aquellos centros con mejores condiciones y emplazados en zonas donde la población de sospechosos recluidos no es numerosa y, por tanto, se cumple un mínimo de condiciones óptimas para la estancia de personas, aunque igual deben llevar sus propios medios de protección personal.

La prensa oficialista no muestra el más mínimo pudor al exhibir las imágenes de cuán “paradisíaca” es la estancia de los turistas extranjeros en los hoteles de la Isla, y hasta comienza a correr con más fuerza el rumor de que incluso en el mismo Cayo Largo del Sur pudiera haber comenzado un tipo de “turismo de salud” especializado en tratar a extranjeros con la COVID-19 o a pacientes en proceso de recuperación, lo cual ha hecho temblar a unos cuantos que con razón calculamos cuánto perjudicaría a los cubanos una decisión como esa, un cálculo razonado no a partir de suposiciones sino de los balances negativos palpables a nivel social que han ido dejando las llamadas “misiones médicas” de Cuba en el exterior.

Si bien en ganancias financieras se habla de cientos de millones de dólares por la exportación de los servicios médicos, y el gran negocio, disfrazado de ayuda humanitaria desinteresada, sirve con cierto grado de efectividad a la propaganda del régimen, en cuanto a índices de bienestar del pueblo cubano los resultados son catastróficos: véanse como están arruinados el sistema de salud y la producción farmacéutica. 

Resulta imposible encontrar una simple aspirina en una farmacia, se engrosan las listas de espera para una intervención quirúrgica o un tratamiento para el cáncer, y lograr llegar a una consulta especializada pudiera tardar meses, así como la estancia de los pacientes tanto en las consultas regulares como en las unidades de urgencia ya es “normal” que se prolongue hasta el punto de comprometer la vida de las personas.

Hoy en Cuba es muy difícil que, en cuestiones de asistencia médica, alguien se pueda sentir totalmente seguro. La decepción y la desesperación aumentan a la par que el convencimiento de que solo si se es familiar de alguien “importante” e “influyente” se tiene asegurada la atención y ganadas las posibilidades de sobrevivir o de ser tratados con la dignidad que fuera prometida a cambio de la aceptación de un sistema político totalitario. 

Lo cierto es que no hay testimonio de que alguien haya visto a un dirigente, a un militar de algo rango o a sus familiares pasar por el infierno en un centro de aislamiento, así como a ninguno se les ha visto en una cola para comprar pollo o en una riña en la farmacia del barrio por un par de tabletas de duralgina o posteando que necesitan salbutamol para aliviar el asma. 

Evidentemente, el “socialismo a la cubana” nunca será próspero ni sostenible. Al menos no para quienes lo sostenemos a base de aguantar en silencio y en beneficio absoluto de los pocos que prosperan.

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Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971).
Escritor.
Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana.
Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela.
Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012).
Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014).
Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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