Indigna es la vida de los jubilados cubanos

Indigna es la vida de los jubilados cubanos

Carestía y miedo a la represión: dos monstruos recurrentes en la realidad de los ancianos en la Isla

Ancianos cubanos venden bolsas de plástico en las calles (foto del autor)

LA HABANA, Cuba.- En el periódico oficialista Trabajadores del 26 de febrero de 2018, una nota bajo el título “España: jubilados  exigen pensiones dignas”, contaba que en ese país miles de jubilados salieron a las calles convocados por Marea Pensionista, respaldados además por los sindicatos mayoritarios de España, para protestar por el “insuficiente” aumento del 0,25 % aprobado para este año.

Mientras leo, pienso en los miles de ancianos cubanos a los que hace diez años no les aumentan las míseras pensiones con las que apenas logran comer, y que sin embargo no se unen para protestar no sólo porque los sindicatos son oficialistas, sino también por miedo a la represión, que va desde la agresión de las turbas gubernamentales hasta la prisión: Esa es la diferencia entre la democracia española y la dictadura totalitaria que tenemos en nuestro país.

En Cuba, un quinto de la población es mayor de 60 años, o sea 2 219 784, lo que representa el 19,8 % de ancianos, según informó la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI). El 15 de noviembre de 2013 la prensa oficialista divulgó los datos emitidos por la directora de Control del Presupuesto del Ministerio del Trabajo y Seguridad Social (MTSS). En ellos se afirmaba que existían 1 672 568 jubilados y pensionados en el país. La mayoría de estos jubilados perciben unas pensiones que ni siquiera les alcanzan para cubrir sus gastos de alimentación y medicinas (de este grupo habría que excluir a los militares, combatientes de la clandestinidad y otros acólitos de determinadas categorías, cuyas pensiones están en el orden de los mil pesos).

Después de largos años trabajando por una mísera pensión, son muchos los que no aceptan verse como una carga para sus familiares, y, aunque viejos y cansados, se ven obligados a trabajar para incrementar sus ingresos. La mayoría opta por emplearse en negocios particulares, donde son mejor remunerados y considerados, aunque no todos pueden elegir esta alternativa, porque su salud no se lo permite: El 67,6 % necesita hacer uso de los servicios médicos – algo que no ignoran nuestros gobernantes, pues en estudios realizados por el Ministerio de Salud Pública (MINSAP), el 22 % de los ancianos padece tres o más enfermedades crónicas–.

Desde hace algunos años el costo de la vida ha aumentado considerablemente, y desde hace más ya las pensiones eran insuficientes. Por lo tanto, el nivel de pobreza de los jubilados se ha ido agravando sin que se tomen medidas efectivas para proteger a este sector tan vulnerable de la población. Al respecto, algunos pensionados, como Raúl Valdés, opinan que deberían recibir las medicinas gratuitamente, otros, como Rafaela Correa, desearían que el transporte público fuera gratuito para los jubilados. No obstante, la opinión más generalizada es a favor del aumento de los retiros, pues el incremento de las pensiones mínimas de beneficiarios de la Seguridad Social en mayo del 2008 fue simbólico: Con dicho aumento, algunas llegaron a 200 pesos (unos 8 CUC) y otras hasta 400. Las que excedían esta última cifra permanecieron iguales.

Con respecto a la alimentación de los ancianos, es cierto que hace algún tiempo se crearon los centros gastronómicos del Sistema de Atención a la Familia (SAF), conocidos también como comedores comunitarios, pero aún hay muy pocos, además, con insuficiente capacidad y el acceso a ellos es muy limitado, pues aunque aceptan a jubilados con dificultades, estos deben demostrar su situación ante funcionarios de la seguridad social para ser aceptados.

Al preguntarle a algunos pensionados su opinión sobre estos comedores comunitarios, todos afirman que son establecimientos deprimentes, debido a la falta de higiene, a la cantidad de borrachos y enfermos mentales que componen la gran mayoría de sus comensales, a la pésima calidad de la comida – que por demás, no es gratis – y al desastroso estado de las instalaciones.

A mis entrevistados tampoco les interesan las casas de abuelos, que funcionan de lunes a viernes, de 8 am a 5 pm, y los sábados hasta las 12 del mediodía, y por cuya asistencia deben pagar 180 pesos mensuales. Y mucho menos quieren saber de los asilos, donde hay que entregar la pensión íntegra.

A propósito de esto último, hace unos días pasaba por Acosta y San Miguel, en la Víbora, y vi a un anciano pidiendo limosna. Después de contribuirle, como la guagua se demoraba, conversé un poco con él. Llevaba un bulto en las manos y según me contó vivía en el asilo cercano. Necesitaba el dinero, me explicó, para llevar a arreglar unas ropas.

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