Hambre en Cuba: Un pueblo que vive de la croqueta

Hambre en Cuba: Un pueblo que vive de la croqueta

A raíz de la desaparición repentina de los productos cárnicos, los cuentapropistas también han dejado de fabricar embutidos

SANTA CLARA, Cuba.- Para hacer la masa de las croquetas Fefa prepara una caldera grande con un poquito de aceite en el fondo. Pela y rebana una cabeza de ajo, dos o tres ajíes, cebolla, si llega a encontrar, y le da el toque final con un consumé de pollo en polvo previamente disuelto en agua. Encima de la mesa del comedor le da forma a la mezcla de harina de pan y agua hasta que se torna viscosa, lista para añadirle el sofrito de sazones. Las croquetas de Fefa Vázquez no están hechas con carne, ni queso, ni verduras, saben a pan quemado y se quedan adheridas al cielo de la boca.

Los vecinos, no obstante, hacen colas todas las semanas para pagar a peso cada unidad, para freír tres, a lo sumo, por comensal en cada vivienda, porque tienen que estirarlas, porque la grasa escasea y “eso es para acompañar, no para disfrutarlo”. Esa y otras noches comerán croquetas y arroz, pan de la bodega y croquetas, croquetas que llenan estómagos y dan la impresión de saciedad para poder dormir en paz.

El año 2019 transcurre para los cubanos signado por la escasez, por un hambre crónico, por el desespero constante y la búsqueda descarnada del alimento diario. “Lo malo de esto es que la gente está acostumbrada a resistir”, espeta Fefa, que tiene a su hijo en Estados Unidos y, aun así, el dinero que le mandan resulta prácticamente inservible. “La gente tiene miedo a que esto sea el inicio de otro período especial, más duro”, protesta.

Las tablillas de las tiendas recaudadoras de divisa en Santa Clara, Villa Clara, están vacías desde hace meses. Situación similar atraviesan la mayoría de las provincias cubanas, aunque el occidente y el centro de la isla parecen ser las más afectadas por la crisis alimentaria. Excepcionalmente, en La Habana, de vez en cuando abastecen de cárnicos y aceite los grandes mercados, con una cantidad inversamente proporcional a la superpoblación de la capital cubana.

“Al principio dejaron de vender picadillo, hamburguesas, pollo, aceite, harina de pan. Ahora sí que no hay nada en las neveras. ¿A quién se le ocurre, con el hambre que estamos pasando, poner un cartel que dice frambuesas o frutos del bosque?”, argumenta Fefa, de 72 años, a quien le prohibieron estar de pie mucho rato ni caminar largas distancias. A pesar de su enfermedad, en la última semana tuvo que recorrer en vano más de tres mercados en busca de arroz liberado, porque las siete libras asignadas por “la libreta” apenas le alcanzan para comer quince días.

Ante la evidente falta de este producto en los establecimientos estatales, las autoridades ni siquiera se han pronunciado al respecto u ofrecido una explicación convincente en los medios oficiales. Alegan, sin pudor alguno, que se debe a una inusitada demanda, propia de los últimos tiempos.

Una de las clientas de Fefa se llama Odalys. Está divorciada desde hace diez años y vive sola con sus dos hijos adolescentes. Trabaja para el estado y nunca ha intentado, por miedo a fracasar, instalarse en ningún negocio por cuenta propia. Su salario no sobrepasa los 20 CUC mensuales. Hace tres días que los hijos de Odalys Gómez comparten un huevo en las comidas junto a un plato de arroz blanco y un plátano de fruta. “Yo le echo, a veces, un poco de harina de pan, si la consigo, o el mismo arroz, para que crezca la tortilla y se vea más grande, igual que hacíamos en el período especial”, confiesa. “Si te digo la verdad, todos los días me escondo para comer, me da lástima con los muchachos, que me vean comiendo otra cosa diferente”.

A los hijos de Odalys les asignaban leche fluida en días alternos por la libreta de abastecimiento hasta que cumplieron los siete años, sustituida luego por yogurt de soya hasta los doce. Todas las mañanas, ambos adolescentes desayunan solamente con una taza de café. “El pan hay que guardarlo para cuando regresen, que vienen con mucha hambre”, cuenta ella. “Trato de buscar lo que sea para hacerles algún jugo, pero tampoco hay muchas frutas en el mercado. Ellos no me han visto, pero cuando entro a la cocina me dan ganas de llorar. En el trabajo no hay quien se concentre, todo el mundo se la pasa pensando en qué va a cocinar cuando lleguen a la casa por la tarde”.

En el último mes, en algunas tiendas de Santa Clara, han sacado a la venta pequeñas bolsas que contienen seis o siete muslos de pollo, cuyo valor depende del peso establecido por kilogramos, y solo está permitido vender dos de estas unidades por persona. “Cuando la gente se entera viene corriendo para acá”, narra una de las dependientas del mercado El Encanto de esta ciudad.

“La mayoría de las veces la cola da la vuelta a la esquina. Cuando se acaba, la cogen con nosotras las vendedoras, que no tenemos la culpa de nada. Yo le aviso a todo el que pueda, de que lo vamos a sacar, para que hagan la cola desde temprano y no se embarquen. Lo mismo pasa con el aceite. Cuando empezó la crisis se llevaron hasta los galones grandes que hacía meses no se vendían y estaban cogiendo polvo en el almacén. Aquí las cosas las sacan por buchitos. Me toca todos los días sufrir las caras de decepción de mucha gente cuando se acercan a los refrigeradores”.

A raíz de la desaparición repentina de los productos cárnicos, los cuentapropistas también han dejado de fabricar embutidos, porque no encuentran, “ni por la izquierda”, la materia prima para los jamones y chorizos prensados. A la sazón, los dueños de restaurantes particulares han tenido que subir los precios de la mayoría de los platos que incluyan cerdo, pollo o lomo ahumado.

La última vez que Odalys fue al mercado dominical no pudo alcanzar unas patas de cerdo para echarle a los frijoles. “Allí hay que andar rápido”, se lamenta. “Lo único que sacan por el estado son vísceras, orejas, cabezas y patas. De la cabeza se saca alguna carne, pero es muy larga la cola y se forman tremendas broncas”.

Otra de las salidas ante el reiterado faltante de productos cárnicos resulta la cadena Pescavilla. Desde horas tempranas de la mañana una multitud circunda el perímetro de estos puntos de ventas para vigilar la llegada del camión que los abastece. Sin embargo, en reiteradas ocasiones, solo logran alcanzar los paquetes de croquetas de cinco pesos. Esa noche, como otras tantas, volverán a comer croquetas, croquetas y arroz, pan de la bodega y croquetas, croquetas que llenan estómagos y dan la impresión de saciedad para poder dormir en paz.

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