Hacer de tripas… ¿corazón?

Hacer de tripas… ¿corazón?

Han sido décadas de engullir “lo que te den” y, además, de pelearnos en las colas por ello. Echar la batalla como aves de rapiña con nuestros vecinos por un poco de tripas y de huesos pelados, malolientes.

Manuel Santiago Sobrino Martínez, ministro de la Industria Alimentaria de Cuba (extremo derecho) (Foto: Televisión Cubana)

LA HABANA, Cuba. – Que durante años nos han dado a comer peores cosas que tripas y gallinas decrépitas lo saben en Cuba hasta los más tontos. También que no ha sido gratuito y opcional el sancocho que nos empujan sino que nos obligan a comprarlo e incluso a agradecer la acción gritando vítores y consignas, siendo tan obedientes como lo hemos sido para tragar cosas mucho más aborrecibles que unas croquetas insípidas y “explosivas”, dicen que elaboradas con “subproductos de la pesca”. 

Tragar, sí, pero a secas. En un país donde tener agua corriente en el hogar las 24 horas del día se ha convertido en privilegio de esa misma casta que no se alimenta con tripas, pellejos, tendones y huesos. Pero de lo que se trata como “buenos cubanos que somos” es de intentar digerir la bazofia cotidiana sin cuestionar, entre otras miles de cosas cuestionables e irritantes, por qué en un archipiélago, rodeado de aguas cálidas y de larga tradición pesquera solo es posible hallar pescados y mariscos en las mesas de extranjeros y dirigentes del Partido Comunista de Cuba (PCC). 

Han sido décadas de engullir “lo que te den” y, además, de pelearnos en las colas por ello. Echar la batalla como aves de rapiña con nuestros vecinos por un poco de tripas y de huesos pelados, malolientes, que son desechados en los mataderos y, “de contra”, cocinarlos en silencio, ahora bajo toque de queda y jamás con derecho a preguntar a los estómagos de quiénes han ido a parar las toneladas de carne que envolvieran tales despojos. Pero nunca para el Partido Comunista habrá lugar y momento apropiados para las dudas. 

Tan obsesionados vamos por ahí pensando el día entero en “luchar” nuestro alimento que hasta postergamos y olvidamos lanzarnos a la calle para reiterar a gritos la pregunta sobre por qué no hay pescados en nuestras mesas ni pescaderías en nuestros barrios, casi todos cercanos al mar. ¿Por qué incluso está prohibido por la ley salir a pescar, tener un bote y navegar? Incluso preguntar con carita de ingenuo ¿por qué las industrias nacionales no fabrican algo tan sencillo como un anzuelo?

Si estuviéramos de suerte, al mismo tiempo que los mandamases “de buenas”, quizás recibamos esa cansina explicación sobre la influencia del cambio climático en la disminución de los volúmenes de capturas, una justificación que, bajo la premisa de recuperar un manglar y una duna, les ha servido, además de para rapiñar fondos de organismos internacionales preocupados con los efectos del clima en las naciones del Tercer Mundo, para desplazar comunidades enteras que vivían de la pesca, aunque más tarde las parcelas ganadas para “la preservación natural” sean ofrecidas a la inversión extranjera para hoteles, campos de golf, zonas de buceo y torneos de pesca. 

De igual modo que en Cuba aceptamos, porque “es lo que nos toca”, vacacionar en “campismos populares” y no en un “cinco estrella plus”, quizás también como efecto secundario de una dieta carroñera, veremos como “muy normal” y hasta “divertido” apretujarnos, desfallecidos de sed y calor en una ruta A40 rumbo a Guanabo mientras el “hijito de papá comunista” maneja hasta Varadero en un Audi particular del que nadie nos explica con qué salario estatal fue adquirido. Hemos sido tan bien entrenados en tragar tales “realidades” que no sabemos otra cosa mejor que hacer “de tripas, corazón”.

Así, de acuerdo con lo visto los últimos días en redes sociales, lo sorprendente o, mejor dicho, lo que debería encender nuestras alarmas como sociedad, no es que el Gobierno muela y mezcle intestinos, animales enfermos, granos transgénicos más un cóctel de sustancias químicas usadas como preservantes alimentarios, y que además el resultado sea transportado y despachado sin las condiciones higiénicas elementales, sino que algunas personas “dolidas” por tales revelaciones piensen que es algo “nuevo y circunstancial” y que el culpable de tal cadena de asquerosidades y desprecios sea uno u otro ministro y, en consecuencia, la solución estaría apenas en reemplazarlo. Es decir, matar al mensajero.

¿Reemplazarlo porque ha dicho públicamente y en horario estelar, con las palabras que son, que nos alimentan con tripas y gallinas decrépitas? ¿Destituirlo solo por haber olvidado aplicarnos anestesia antes de perforarnos el oído?Ojalá con más frecuencia de la habitual aparezcan en la televisión nacional ministros tan torpes como ese que, no importa si entre consignas partidistas y chapucerías del lenguaje, llamándole al pan, pan y al vino, vino, nos ofrezcan más pistas sobre cómo en realidad no tenemos gobernantes sino granjeros, y que no somos pensados como ciudadanos sino como dotación de esclavos.

Quizás así despierten de una vez quienes aún permanecen dormidos, anestesiados, o remoloneando en sus pesebres, perdón, en sus camas, a pesar de la oscuridad, el calor sofocante y el hambre. Tal vez encontremos en ellos a una especie de “traductores” de ese otro lenguaje “institucional” donde se le llama “croqueta” a lo que no es más que pienso para humanos; masa cárnica a lo que son tripas y tendones molidos con harina; o “café” a lo que apenas es un brebaje asqueroso del que muy pocos saben el origen. 

Quizás aún sin proponérselo, ese peculiar ministro de la “Industria Alimentaria” —he aquí el primer y más grande eufemismo— nos ha dicho sin demasiados rodeos lo que ya sabíamos: estamos siendo alimentados como ganado. Y una verdad tan cruda echada así a la cara como un jarro de agua fría no es lo que espera un “verdadero revolucionario” sino algo tan clásico e hipócrita como que “si todos pudieran viajar, chocarían los aviones”, en vez de decirnos que somos esclavos y, para escapar, debemos comprar nuestra “Carta de Libertad”; que “si todos pudieran conectarse a Internet, se caería la red”, en vez de soltarnos a las claras que el acceso a la información lo ven como un peligro; que “si todos comen langosta, no habría leche para los niños”, una frase acuñada por el mismo señor de las tripas pero que apenas ha sido el refrito de un clásico de la “oratoria socialista insular”.

De modo que, con cambiar al “tipo” por otro “cuadro de dirección”, tan solo estaríamos logrando que nos pongan otro nuevo ministro y con él nos regresen esa dosis de hipocresía y “medias tintas” que algunos necesitan para continuar haciendo “de tripas, corazón”. Un modo muy nuestro de sobrevivencia que pudiéramos resumir en algo así como: “Miénteme, que me gusta”. 

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Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971).
Escritor.
Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana.
Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela.
Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012).
Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014).
Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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