El gobierno cubano se poncha con “las bolsas” llenas

El gobierno cubano se poncha con “las bolsas” llenas

En la prensa deportiva nacional nadie escribió o se atrevió a levantar la voz para dar su criterio sobre una situación que violaba derechos

béisbol MLB
El Duque Hernández, jugando con los Yankees de Nueva York. Foto internet

LA HABANA, Cuba.- La tan llevada y traída cancelación del acuerdo suscrito entre Las Grandes Ligas de Béisbol Estadounidenses (MLB), y la Federación Cubana de Béisbol (FDC), ha quedado en el círculo de espera de un encuentro en el que no han faltado bolas escondidas, cogidos robando, errores al campo, golpeados por lanzamientos, y una ofensiva implacable para un juego político que se ha ido a extra inning por casi seis décadas, en un terreno ideológico polarizado y a graderío lleno.

De ahí que, como ratas de alcantarilla, ante las migajas de un pastel guardado celosamente por el arbitrio venal del gobierno cubano, los periodistas-voceros de la isla se abalancen sobre el tema para roer una historia que les estuvo vedada por medio siglo. Pero roto el tabú, la emprenden a dentelladas y coletazos contra un veneno que hoy les sabe a miel, y en diversos programas como Al duro y sin guante, Bola viva, Swing completo y Meridiano deportivo, se harten hasta la saciedad.

Por eso es que, ni aún después de cancelado el acuerdo por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro estadounidense, las ratas de la prensa deportiva cubana se apuren en regresar al nido, y en condicionados actos de libertad de expresión borren, manipulen y reduzcan a una burda simplicidad un hecho que trasciende las líneas de un terreno de béisbol.

Según el artículo “Trump se poncha con las bases llenas” (Granma, 17/6/2019), escrito por Oscar Sánchez Serra, uno de los toleteros oficiales que más swing ha hecho sobre el tema en la prensa nacional, “los peloteros cubanos no pueden jugar en las grandes ligas porque Donald no quiere, si antes la MLB no convence a Cuba que deje de inmiscuirse en los asuntos internos de Venezuela”.

Esta politiquera argumentación ante las exigencias y condicionamientos de Trump, nacida de una supuesta recta de 90 millas lanzada por el canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla –quien no aparenta haber jugado ni dominó–, más que dignidad, implica impotencia, arrogancia y perfidia sobre un tema de suma sensibilidad para los cubanos, que conocen menos de alimentos y libertades que de béisbol de aquí y de allá, pese a prohibírseles durante décadas ver, escuchar y hablar de la MLB.

Y no es que apoye la prohibición de los cubanos a jugar en la liga de béisbol de mayor nivel a escala mundial, todo lo contrario, pues mi deseo es que nunca se hubiera politizado el acceso de los peloteros cubanos a la “Gran Carpa”, como era normal antes de que llegara Fidel y mandara a parar la Liga Cubana de Béisbol (profesional), con aquello del triunfo de la pelota libre sobre la esclava, a la que hoy se añora regresar por causa de la crisis económica que atraviesa la nación.

Sí, distinguido señor Sánchez Serra, fue su comandante quien lanzó la primera bola que obligó a partir definitivamente a grandes jugadores que iban y regresaban, alternando las temporadas, sin necesidad de un permiso oficial, ni de lanzarse en balsa a la mar. Y si decidían quedarse de forma definitiva no se les llamaba traidores, vende patrias, esclavos, ni se les impedía regresar a su país.

“La pelota libre” impuesta por la revolución, señor Oscar, fue la que esclavizó el béisbol en este país, y se fue degradando, vaciando de peloteros hechos y de prospectos que huían y huyen de la mediocridad, las malas condiciones de los terrenos, la falta de implementos para jugar, los malos alojamientos, bajos salarios y pésima transportación que sufren en las series nacionales desde 1962.

Además, tuvieron que pasar alrededor de cuatro décadas para que se permitiera ver a uno de los jugadores cubanos que abandonaron de forma ilegal el país –no había otra–, y no fue por la buena voluntad del gobierno cubano, sino por la aviesa intención de exportar y vender el talento nacional en ese mercado esclavista que fue la MLB, hasta que las arcas del país comenzaron a quebrar.

Nunca olvidaré el año 2000, cuando un grupo de cubanos, con más sigilo e igual peligro que asaltantes de bancos y cuarteles, entrábamos uno a uno en las escaleras del centro cultural Concepción Arenal, en Egido, y en silencio subíamos hasta un bar, donde, pagando 10 pesos y bajo amenaza de expulsión de alzar la voz, veríamos lanzar por televisión, en la final de la MLB, con la franela de los Yanquis de Nueva York, a un ídolo declarado traidor: Arnaldo “El Duque” Hernández.

Es decir, que mientras funcionaros y estadísticos se apresuraban a borrar de las guías de béisbol los nombres y los récord de los peloteros que abandonaban el país y jugaban en la MLB, los narradores no los podían mencionar en ninguna transmisión, a los periodistas se les prohibía citarlos en cualquier panfleto que hablara sobre el béisbol nacional, el pueblo se las ingeniaba para seguir sus carreras en el exterior, no importa si con los yanquis, los Orioles o los tigres de Detroit.

Si no es así ¿cómo explicar que durante un lapsus de cuatro décadas o más de la historia del deporte nacional, Eddy Martin no mencionó a René Arocha, Héctor Rodríguez a su ponderado Máels, René Navarro a José Ariel Contreras y Rodolfo García a Aroldis Chapman cuando estos peloteros abandonaron el país? ¿Fiebre beisbolera, o amnesia inducida para poder viajar?

Por lo que se puede ver a través de la trayectoria de la prensa deportiva nacional, ninguno de los amanuenses escribió o se atrevió a levantar la voz para dar su criterio sobre una situación que violaba derechos, causaba humillaciones y frustraba el talento de los peloteros del país, deseosos de probar su calidad al mayor nivel del béisbol internacional, en décadas de malograda intención.

Ahora, autorizados por el poder que antes les prohibió hablar de la MLB, se lanzan en una alharaca de invectivas y falsas lamentaciones contra Trump, o cualquier otro mortal que ponga en riesgo la vida de una mercancía de alto valor para el país, los separe del seno familiar, les impida el regreso a una tierra en la que el gobierno los acusó de apátridas y traidores, como si esa Cuba democrática y humanista que hoy pretenden vender en busca del dinero redentor fuera posible vivirla aquí.

No, señor Sánchez, así no nos podemos entender. Hable claro, fuerte y con sentido común para saber cuál es su verdadera intención al defender lo que por tantos años calló. Y no me diga que los tiempos cambian,  pues ustedes, los de siempre, nunca suelen cambiar si no es a su favor. Por eso le aseguro, no fue Trump, sino el gobierno cubano, quien se ponchó con las bolsas llenas de ilusión.

vdomínguezgarcía4@gmail.com

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