Estados Unidos: 231 años de constitucionalidad ininterrumpida

Estados Unidos: 231 años de constitucionalidad ininterrumpida

Es la más antigua de las constituciones federales escritas, y posee el récord que no tiene la Constitución de ningún otro país

Estatua de la Libertad en Estados Unidos. Foto internet

LAS TUNAS, Cuba.- Un preámbulo, siete artículos y 27 enmiendas, sólo contiene la más antigua de las constituciones escritas que, como desde el día de su entrada en vigor ya hizo la friolera de 231 años y hasta el presente, preside los destinos del país más influyente de la tierra: Estados Unidos.

Y, entiéndase que, en el derecho constitucional estadounidense, “enmienda”, es una disposición adicional, no una reformulación del precepto constitucional.

Cabe preguntarse: ¿Cómo en un país tan dilatado, que bien puede considerarse un mosaico de naciones, ese texto constitucional pudo resistir los embates del tiempo, con sus épocas de crisis y de bonanzas, de paz y de guerras (Guerra de Secesión, Gran Depresión, Primera Guerra Mundial, Segunda Guerra Mundial, Guerra de Vietnam…) y, sobre todo, de los caracteres tan dispares y cambiantes de los seres humanos?

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos, proclamada el 4 de julio de 1776, cumple 243 años este jueves. Ella anunció al mundo el nacimiento de una nación, pero también, puso en práctica una filosofía de la libertad que llegaría a ser una fuerza inquebrantable en el mundo todo.

En el conocido pasaje inicial, “…Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres han sido creados iguales, que fueron dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables como el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad…”, la Declaración de Independencia, redactada por Thomas Jefferson, se sujetaba de Two Treatises of Government, (Dos tratados de gobierno), obra germinal de John Locke, publicada en 1690.

Locke, político y filósofo, afirmaba que todo gobierno legítimo debía apoyarse en “el consentimiento de los gobernados”, y, esa simiente, plantada en suelo estadounidense por los padres fundadores de Estados Unidos, propagó el polen de un fruto que, en 1789, en Francia llamarían “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y siglo y medio después, en 1948, en todo el mundo llamaríamos “Declaración Universal de Derechos Humanos”.

Con la influencia de Locke, de Montesquieu, quien ya en 1748 en su libro El espíritu de las leyes, propuso el equilibrio de los poderes entre las ramas ejecutiva, legislativa y judicial, la Declaración de Independencia conceptuó que, para dar cumplimiento a los derechos inalienables, surgidos con el ser humano, las personas han de instituir gobiernos, y que siempre que cualquier gobierno llega ser perjudicial para alcanzar esos fines, “el pueblo tiene derecho de cambiarlo o abolirlo y de instituir un nuevo gobierno”, en las formas que “el pueblo juzgue más apropiadas para el logro de su seguridad y felicidad”.

Pero la Declaración de Independencia sólo fue el preámbulo en un largo batallar de las Trece Colonias, asistidas de no pocos aliados, para independizarse del imperio británico. Desde su promulgación el 4 de julio de 1776, transcurrirían siete años hasta la firma del Tratado de París, el 3 de septiembre de 1783, mediante el cual las ex trece posesiones inglesas pasaron a ser estados independientes.

Así y todo, si la lucha por la independencia fue prolongada y cruenta, pese a la disparidad de criterios entre ellos, los padres fundadores de los Estados Unidos sentaron las bases del derecho constitucional de esa gran nación en sólo cuatro años y 14 días.

Aprobada el 17 de septiembre de 1787, la Constitución de los Estados Unidos entró en vigor el 21 de junio de 1788. Es la más antigua de las constituciones federales escritas, y, con sus 231 años de procedibilidad ininterrumpida, posee el récord que no tiene la Constitución de ningún otro país.

Pero la Constitución no fue ratificada por los entonces 13 estados de los Estados Unidos al mismo tiempo ni su rúbrica se acolchonó sobre un tálamo de rosas. A unos tres meses de su firma, el 7 de diciembre de 1787, Delaware fue el primer estado en ratificarla. New Hampshire fue el noveno estado en refrendarla, y así, se completó el quórum necesario y la Constitución entró en vigor.

En enero de 1789, todos los estados firmantes, excepto Nueva York, seleccionaron electores presidenciales en sus legislaturas o por voto directo de la población, y el 4 de febrero, los electores designaron a George Washington primer presidente de los Estados Unidos.

El primer Congreso constitucional se reunió en Nueva York el 4 de marzo, y el 30 de abril de 1789, Washington tomó posesión de su cargo. Ciertamente, hay que decir que, desde su fundación, Estados Unidos ha tenido presidentes, legisladores y jueces buenos, menos buenos y rayanos en la ineptitud, pero Estados Unidos está ahí; es la tierra donde desde optimistas ilusos hasta soñadores con los pies bien plantados en sus proyectos, allá van para concretar sus desvelos.

Hay que decir que, si las ideas de Locke, de Montesquieu, contribuyeron a despejar el sendero constitucional de los Estados Unidos, fueron los propios estadounidenses, como los de Carolina del Norte y los del pequeño Rhode Island, que no sólo se negaron a aprobar la Constitución, sino también a participar en el nuevo gobierno mientras el Congreso no admitió la declaración de derechos, esto es, la posibilidad de formular enmiendas al articulado fundacional, los que hicieron de Estados Unidos el país de las libertades, ganadas paso a paso cuando fueron negadas por una sencillísima razón de derecho: la Constitución permitía a los ciudadanos autonomías y ningún jurado, presidente o legislador podía conculcarlas.

Fue en aquel ambiente de encuentros y desencuentros fundacional de la nación estadounidense que, el debate cívico se amoldó hasta el día de hoy. Al respecto, James Madison, considerado Padre de la Constitución de Estados Unidos, por aquellos días de acaloradas disputas y de ausencias equivalentes a negativas rotundas, dijo que estaba considerando un plan que, “decidiría para siempre el destino del gobierno republicano”.

Pero Madison no se refería al destino de una mera facción, de un clan, un partido, o una gavilla de demagogos haciéndose con su palabrería de los acomodos nacionales, sino al gobierno de una República.

Lástima que en Cuba, luego de 117 años de instaurada la república y con ella una ristra de constituciones, incluido un período de “provisionalidad” a decir del difunto Fidel Castro, que se prolongó 17 años, desde 1959 hasta 1976, los cubanos todavía hoy, no hayamos considerado y puesto en ejecución un plan para, a decir de James Madison, decidir “para siempre el destino del gobierno republicano”, aunque… la Constitución de 2019 del Partido Comunista de Cuba diga: “Nosotros, el pueblo de Cuba”, copiando el preámbulo de la Constitución de Estados Unidos que dice: “Nosotros, el Pueblo de los Estados Unidos”.

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