En Cuba un dedo puede dar la señal que anuncie el perdón o el castigo

En Cuba un dedo puede dar la señal que anuncie el perdón o el castigo

El gobierno comunista alaba la supuesta salubridad cubana y esconde las muertes, las desatenciones, y culpa siempre a un enemigo lejano, al bloqueo

Cuba sistema de salud
En Cuba un dedo puede dar la señal que anuncie el perdón o el castigo. Foto Juventud Rebelde

LA HABANA, Cuba.- Después de la muerte de Paloma, de la terrible noticia, seguida por la denuncia y la salida de sus padres del país, precisaba el gobierno de alguna “nueva” que vitalizara la reputación que supone en su sistema de salud. El momento no tardó en aparecer, aunque no el suceso contundente y vindicatorio, pero el gobierno lo asumió como si fuera extraordinario, lo describió asombroso, lo supuso descomunal, y la prensa hizo sus loas acostumbradas después que una sierra eléctrica cercenara un dedo pulgar a un joven carpintero. Ahmed Campuzano Villacampa perdió uno de sus pulgares mientras intentaba cortar un trozo de madera con el círculo estriado, afilado, de una sierra que giraba a gran velocidad en la carpintería en la que trabaja.

Y Ahmed resultó ser un joven ecuánime que atinó, incluso, a tomar su dedo ya desprendido de la mano, y resguardándolo en un pomo hizo el camino hasta el Hospital ortopédico Frank País. Tuvo suerte el muchacho, los médicos de esa institución de salud no tenían mucho trabajo y pudieron asumir en equipo una cirugía en la que nunca antes se habían empeñado los galenos de ese hospital habanero. Ahmed fue sometido a una operación para poner su dedo pulgar en el mismo sitio en el que antes estuvo y, según dice la prensa oficial, lo lograron con una maestría digna de significarse.

La prensa oficial se ocupó de inmediato en realzar la “proeza” de la medicina cubana, y relató con precisión cómo se dedicaron los médicos a identificar venas, arterias, tendones, nervios y huesos, para hacer coincidir luego los cercenados con los semejantes que permanecieron en la mano del carpintero lesionado. Fue delicada la cirugía que necesitaba de una precisión minuciosa, y Ahmed consiguió ver otra vez su dedo pulgar junto a los otros. Ahmed tuvo otra vez ese dedo que usaban los romanos para anunciar, poniéndolo hacía abajo, la muerte o dando vida cuando el mismo miraba al cielo.

El dedo de este habanero volvió a su lugar, junto al trascendental índice, ese que es tan usado en esta isla para señalar, para asustar, para imponer y dar órdenes, para apoyar el discurso laudatorio y denostar a quienes se oponen. La ortopedia salvó el dedo del carpintero y yo me alegro sinceramente, pero no dejo de pensar en la utilidad de la “hazaña”, capaz, al menos en el intento, de minimizar la muerte de Paloma, de quitar los ojos del asunto que angustió tanto a los cubanos, y sobre todo para juzgar el desacato de unos padres acongojados por el dolor que trajo la pérdida de una hija concebida no muy fácilmente.

El repuesto dedo de Ahmed  apoya el discurso laudatorio del gobierno, el repuesto dedo de Ahmed fue el “útil a la mano” que consiguieron los comunistas en el poder para “compensar”, para desviar la atención que el mundo puso en el deceso de la pequeña vacunada. Iatrogenia llaman los médicos al mal que ellos mismos provocan, por descuido, por impericia, por casualidad, y muchas veces por irresponsabilidad. Y ¿cómo se llama cuando la ineptitud es del estado?

El gobierno cubano no pierde la más mínima oportunidad para ensalzarse, para destacar “bondades” que no lo son, que más que todo son sus responsabilidades, sus obligaciones. El mundo puso los ojos en la noticia, el mundo reconoció los reclamos de la madre, sus quejas, pero los cubanos que no pudieron acceder a esos sitios noticiosos no consiguieron enterarse del dolor de la madre y tuvieron que imaginarlo, se vieron obligados a suponer sus condescendencias o las reprobaciones.

El gobierno comunista alaba la supuesta salubridad cubana y esconde las muertes, las desatenciones, y culpa siempre a un enemigo lejano, y habla de bloqueos mientras obvia decesos y congojas. El gobierno habla de un campesino paupérrimo que solo tuvo acceso a la salud cuando bajaron los rebeldes de la sierra sin que cuente cómo la salud de muchos está en quiebra por la falta de medicamentos. Yo lo sé muy bien, yo lo sufro cada día cuando mi madre no puede tomar los medicamentos que prescribiera el médico, yo lo sufro cuando la dependienta de la farmacia mira el tarjetón y me dice: “Ay niño tú estás soñando, eso está “perdío” desde hace rato”.

Y es justamente por eso que el gobierno de Cuba destaca la devolución de un dedo a su lugar de origen como si se tratara de grandes aportes científicos, como si fuera la “Teoría del germen, la estructura del ADN o el descubrimiento de la penicilina”. El gobierno busca cualquier resquicio para alabarse, para hablar de una salud impecable que no lo es, al menos para los que no tienen acceso a esos hospitales en los que nada falta y que son pocos y llenos de privilegios. La salud en Cuba se ha convertido en una prerrogativa para unos pocos, y por eso hablan de la reposición de un dedo al lugar donde estuvo antes.

Yo no conozco al accidentado, no sé qué piensa de la salud cubana, si creyó siempre, y sobre todo antes de este suceso, que el sistema de salud en Cuba es vigoroso, impecable, como advierten cada día los medios oficiales, esos que hablan del sensacionalismo en la prensa foránea, y de la “objetividad” de la que aquí se hace. Ahmed tiene otra vez su dedo pulgar en la mano, junto al índice, y quién duda que si no hubiera resultado exitosa la devolución del dedo a su lugar, su respuesta nada tendría que ver con las alabanzas.

Si el dedo no volvía a su lugar Ahmed podría estar ahora protestando, mientras el amenazante índice del gobierno lo señalara, lo amenazara. Si Ahmed en lugar de alabar rezongara, un pulgar, como el que estuvo a punto de perder, podría ponerse hacia abajo, como hacían los romanos, para dictar un castigo, el peor escarmiento, para que reconociera que con el gobierno no se juega, aunque los médicos no sean capaces de conseguir la salud que se precisa, ni devolver un dedo cercenado a su lugar.

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