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El triunfo de Ana de Armas es un fracaso para el Gobierno cubano

Ana de Armas Marylin Monroe

LA HABANA, Cuba.- “Una rubia peligrosa” armó revuelo hace ya algún tiempo. Sharon Stone asumió esa vez el protagonismo y encarnó a la atrevida rubia, a la florista endeudada del “Beautiful Joe”, pero eso fue hace mucho tiempo, sobre todo si pensamos en el ritmo de estos tiempos y en sus sucesos. Y ahora, veintidós años después, aparece otra rubia para inundar las pantallas de los cines en USA y en otras partes del mundo. Y esta vez resulta ser una cubana quien acapara todas las atenciones y los aplausos, después de ponerse delante de las cámaras. Ana de Armas encarna nada más y nada menos que a Marilyn Monroe, y eso no es cualquier cosa.

En estos días se comenta sin cesar el increíble parecido de la cubana con la Monroe. “Blonde” es el título de una trama que convirtió a la cubana en el ombligo del mundo, una cubana que no nació en Los Ángeles de 1926, sino mucho después, y en Santa Cruz del Norte, una provincia a la que los comunistas nombraran, desde hace unos años, Mayabeque, ese Mayabeque del que se dice que tiene algunas reservas de petróleo, y hasta de gas natural, ese mismo Mayabeque por el que discurre todavía el muy famoso tren de Hersey, ese tren eléctrico que hace un recorrido desde Casablanca hasta el Versalles matancero.

Ana nació en una provincia cubana donde se levanta una de esas termoeléctricas que suenan mucho en estos días de apagón, una termoeléctrica que sale de servicio con muchísima frecuencia y nos deja a oscuras. En el Santa Cruz de Ana se levanta también una fábrica de ron, una de esas industrias que favorece el embotamiento que precisan los cubanos para soportar la falta de luz y de comida, la falta de muchas cosas, sobre todo de una vida digna que aleje los pesares.

Ana, dicen algunos, salió de la nada, como si tal cosa importara. Ana nació, como todos, de su madre y en Cuba, y ahora está enterneciendo al mundo, conmoviendo a las gentes de ese mundo. Ana no murió un 8 de agosto en Los Ángeles, como Marilyn. Ana está vivísima y triunfando. Ana no tuvo, al menos hasta este instante, a un poeta y sacerdote católico e izquierdoso, vaya contradicción, que le escribiera un larguísimo poema.

No conozco yo de alguien que hiciera reclamos al Señor para que recibiera “a esa muchacha conocida, ahora, en casi toda la tierra”. Cardenal no tuvo tiempo de enterarse de la existencia de la cubana, pero estoy seguro que de haberla sospechado iba a sentir mucha pena por esa joven que descubrió la primera luz en un país comunista donde una familia de apellido Castro, tan tramposa como la Ortega, acabara con la vida de sus hijos y hasta con sus muertos.

Ana la cubana acaba de “ponerse en la piel” de Marilyn, pero muy poco dijo esa prensa regentada por el gobierno comunista de la isla; solo la refiere una discreta, y hasta opaca, notita del “Granma”, escrita como quien no quiere las cosas. Y es que Ana abandonó la isla, como Celia Cruz, y eso importa mucho. Y poco importa que se fuera cuando era apenas una niña, porque para los comunistas los niños también traicionan. Ana cometió uno de los peores pecados que archivan los comunistas. Ana se fue y triunfó. Esa debe ser la razón de las ojerizas oficiales; de sus miradas esquivas, de las miradas torvas, de “la pupilas insomnes pero los párpados cerrados”.

La mirada de los comunistas es esquiva, tan de soslayo que apenas permite ver la luz, esa luz que es el centro de la vida y del pensamiento. La mirada de los comunistas es oscura, pero a veces ni la oscuridad consigue esconder los colores. Los colores persisten en la oscuridad, los colores pueden permanecer opacados por un tiempo, esperando un resquicio de luz. La luz se espera hasta en las más cerradas oscuridades, hasta en las tupidas oscuridades de las cuevas. Ya debían saber los comunistas que en esas oscuridades, en sus negruras, se sueña siempre la luz, esa antigua “luz cataléptica” que sigue viva aunque no se le vea, aunque se le esconda.

La luz espera en una especie de sueño profundo, espera con la apariencia de estar dormida. Y ahora se hizo la luz para esa muchacha cubana, un tiempo después de que las tinieblas acogieran a Marilyn, esa a la que hallaron muerta con la mano en el teléfono. Y ahora Marilyn se refuerza en la luz eterna y en el cuerpo de una cubana que no es federada ni militante del partido comunista, que no va a la plaza a dar sus bendiciones a un tirano, que no se monta con cuatro gatos en una bicicleta para apoyar un Código de las Familias en un país que dividió a las familias.

Parecería demasiado obvio asegurar que la luz trae claridad a todo, incluso a algunas cosas en las que no se estuvo pensando. Sin dudas la luz que ha estado ganando esa muchacha, esa Ana de Armas, hará hablar de Cuba. Y muchos verán la película en estos días; en Madrid, Berlín, Nueva York, Buenos Aires, y lo más probable es que se haga alusión al hecho de que Ana nació en Cuba, y aparecerá entonces la enorme posibilidad de que se hagan referencias a la vida en esta isla.

La política cubana, y sus ejecutores de uno u otro bando, podrían ganar el centro. Los múltiples temas de la vida en la isla aparecerán en las conversaciones, y se relatará la miseria y la represión. Cada vez que se hable de Marilyn y de Ana se mencionará a Cuba, incluso dejando a Ana, y hasta a Marilyn, en una breve pausa. Entonces la miseria cubana y la represión saltarán al ruedo de las conversaciones, y se pensará, se mencionará, a los muchos isleños que atraviesan selvas peligrosas para llegar a USA, a cualquier sitio que les aleje de esta geografía y de sus muchísimas miserias. Ana y Marilyn podrían “ponerse en pausa” para dar paso a una mirada a los malos manejos del gobierno, a las torpezas del “presidente”.

La fama de la cubana guiará las conversaciones, y también revelará otros caminos, se harán comparaciones. Ana triunfa y nosotros aplaudimos sus laureles, y sus triunfos nos hace comparar, nos hace poner la mirada en las madres cubanas que tienen a sus hijos presos, esas que jamás tienen tiempo, ni dinero, para acicalarse cuando van a visitar al hijo encerrado.

En Cuba no todos los caminos conducen a Roma. En Cuba casi todos los caminos, las veredas, los terraplenes, conducen a la miseria, al desaliento, a la cárcel y a la muerte. Y aunque aplaudamos una y mil veces, como sucede ahora, el desempeño de Ana de Armas interpretando a Marilyn, terminaremos haciendo comparaciones. Y mirando las luces en el filme, y el caché de los trajes, y haremos cotejos, y veremos los apagones, y las despensas vacías, y al enfermo que no consiguió medicamentos. Sin dudas el gobierno sabe que el triunfo de Ana es un fracaso para ellos.

Los triunfos en la otra orilla siempre ponen al gobierno de la isla en la mirilla. Ahora se hablará mucho más de la vida de las madres de los presos, de las madres de los muertos, de las madres en las infinitas colas, de las que no son protagonistas en una película. Ahora se hablará más de las cubanas y de sus miserias, siempre sucede así. Lo fastuoso hace notar mucho más nuestras miserias. Y eso es Ana de Armas para el poder, y por eso el silencio, el miedo a mencionar a una rubia que resulta peligrosa.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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