El rap cubano ya no es guerra

El rap cubano ya no es guerra

Mientras el movimiento de Hip Hop cubano se ha dispersado, el reguetón se ha enraizado en la preferencia de los más jóvenes

Los Aldeanos en el Festival Rotilla (foto: havanaleaks.com)
Los Aldeanos en el Festival Rotilla (foto: havanaleaks.com)

LA HABANA, Cuba.- El auge y dispersión del movimiento de Hip Hop cubano es un proceso que comienza en la década del 2000; una revolución lírica impulsada por discursos audaces logró traspasar el ámbito contracultural que, igualmente demandaba cuestionar la (su) realidad, y consumir letras diferentes al bamboleo de caderas orquestado por la “timba brava” que hizo furor en los noventa. Este bautizo de fuego, marginado de la radio y televisión, se fundó en un acto de resistencia cultural que sufrió bajas sensibles desde su misma gestación.

Esa movida se expandió desde los Festivales de Alamar (promovidos por el olvidado Rodolfo Rensoli) hasta el club Barbaram, de Nuevo Vedado. Un síntoma gremial se imponía como fenómeno citadino y, melómanos de diversas capas sociales hicieron suya esa poesía urbana, que impugnaba los desencuentros cotidianos entre masa y poder. Tener la boca tapada devino más irresistible que el hambre del “Periodo especial”.

Al compás de este desahogo público, el rap continuaba sin abandonar su impronta clandestina, producto del veto institucional e imposibilidad de acceder a teatros y sellos discográficos. Solo en La Madriguera, ladeada casa-teatro de la Asociación Hermanos Saíz, fluían conciertos sin una mano dura en el chequeo del guión; pero con ese audio donde el fraseo sanguíneo y veloz era prosa oscura depurada por una comisión del sonido ambiente. Allí amplificaban su insolencia muchos que se mantenían fuera de la Agencia Cubana de Rap como Los Aldeanos, Maykel Xtremo, David D Omni o Silvito El libre.

La postura de estos cronistas de la infelicidad se apoya en un brío anti-reguetón, contrario al pacto de esgrimir una relajación del compromiso político. Esta generación de raperos mira hacia el entorno de los perdedores y testimonian las grietas del magma social. Sin embargo, esta no sería la actitud a imitar por los jóvenes, al compás que el reguetón se entronizaba como molde en un vasto sector poblacional. Por lo que la “esperanza cierta” se identificaría con los autos y prendas inalcanzables para los raperos.

“Cerrado por capacidad” es un eslogan imposible de sustentar para un estilo minoritariamente pobre y anárquico como el Hip Hop, que difícilmente arrastraría al turismo sexual. Así, entre falsas persecuciones y barniz de intolerancia oficial, el reguetón monopoliza los centros nocturnos con niveles de cover desorbitantes; mientras que el rap apenas consigue frecuentar espacios provisionales como el Palacio de la Rumba o el asfixiante cine Avenida, siempre a través de la fantasmal Agencia Cubana de Rap.

En cuanto al paripé de intolerancia con el reguetón, basta mencionar el reencuentro de Baby Lores y El Insurrecto (o el sonado concierto de los 100 CUC de cover) en el Salón Rojo del Hotel Capri (2009), luego de una performática y agresiva tiradera. ¿Acaso esta instalación no es otro eslabón de la cadena turística al servicio del “consumo cultural”?

“La máquina de hacer dinero” (Lores) y “El mejor bolígrafo de la República” (Insurrecto) ratificaron su condición de apagafuegos con pistolas de agua: “enemigos íntimos” de una ripiadera “entre iguales”. Falsa temeridad de quienes sacrifican cuánto sea por el show que los mantenga vivos en la farándula nocturna, sostenida por los perversos “nuevos ricos” y una invasión de forasteros venidos a menos expertos en rastrear ninfas baratas.

Ese afán de evitar la exclusión tuvo su “cuño de limpieza”: el rostro del perreo enmascarado Baby Lores se tatuó la cara de Fidel Castro en el hombro, fetiche-leitmotiv del panfletario videoclip Creo (2009). Ahora el Baby prefiere elegir un vestuario que le cubra una imagen que deberá arrancarse cuando ya no sirva para justificar ninguna razón.

Otro efecto de la terapéutica “Ley de compensación” lo protagonizó El Chacal (Ramón Lavado Martínez), junto a su ex-partenaire Yakarta (Luis Javier Prieto), cuando el primero cumplía una sanción por tildar de borracho a José Martí en un concierto en la manigua habanera. Ellos donaron juguetes a niños enfermos de cáncer; un conmovedor y televisivo gesto que aceleró su trámite de rehabilitación.

Contrario al éxodo de raperos, los reguetoneros prefieren (o les conviene) trabajar en Cuba. La clave de la diferencia radica en que la gerencia turística proporciona el bálsamo económico de los ídolos de la multitud. Gracias al “apoyo incondicional” de quienes estimulan con sus prohibiciones cuanto se escucha en la calle; algo similar a lo acontecido con el Rey de “La Tuba” devorado por las aguas Elvis Manuel (1990-2008).

Entre el paradigma de éxito (reguetón) y un emblema del fracaso (rap) está el desahogo underground nuestro de cada día. Mas la creencia populista se inclina por suavizar el desencanto junto al tumbao charanguero de El Micha o Los Desiguales, antes que escuchar una evocación poética entre balsas y horizontes de Raudel (Escuadrón Patriota). Como si pensar la nación impidiera gozarla como a una sensual mambisa del asfalto.

El concierto de los internacionalizados o mayamisados Gente de Zona inundando el litoral habanero (agosto, 2015) ratificó la supremacía del reguetón en la idiosincracia que caracteriza al gusto popular. Otra vez el cuento de la reconciliación marginal campeó por su respeto, dándoles la bienvenida al meneo visible del intercambio cultural Cuba-USA.

De ahí el problema de justificar la educación y cultura del pueblo joven que prefiere la vulgaridad corrupta del reguetón antes que la obscenidad cuestionadora del Hip Hop. Gajes del evolucionismo tercermundista en país de viejos. La porno-política de una adversaria como Zoé Valdés (tan repudiada por escritores de cantaletas purificantes), el reguetón la traduce cubriendo el punto G de una historia soez.

Pero es increíble la aprobación que disfrutan reguetoneros legalizados durante sus presentaciones en centros universitarios de un extremo a otro de la ínsula. Monocorde réquiem por los paladines de una trova intimista-reflexiva como Silvio, Pablo o Carlitos Varela. Novedad a cargo de futuros médicos, ingenieros, pedagogos e informáticos.

Los reguetoneros lograron un nivel de aceptación que los timberos noventianos (precursores de la grosería en la música popular cubana) tenían dos opciones: incluir a “esos tipos bien parecidos” en sus discos, actuaciones y videos o demonizarlos como una fórmula inaceptable desde un punto de vista ético-artístico.

El reguetón y sus trabajadoras sociales vanguardias (jineteras que riman) garantizan los ingresos del Ministerio del Turismo y, por supuesto, de las empresas musicales pertenecientes al Ministerio de Cultura, donde el “vicio como plusvalía del subdesarrollo” resultó finalmente admitido.

Un punto de mate en la Agencia Cubana de Rap fue la clausura de la Revista Movimiento en 2014, cuando daba señales de recuperación. Un cierre entre depresiones financieras e incomprensiones. ¿Por qué insistir en negarse a crear una sección para reguetoneros en dicha empresa artística, necesitada de una transfusión económica? Si la institucionalización neutraliza el ingrediente subversivo del Hip Hop, ésta podría sacar de sus grabaciones caseras a reguetoneros ávidos de posicionarse en el coqueteo dominante.

Los sepultureros del rap son los extenuados habitantes de una Isla con un mar de conflictos sin resolver y quimeras post-políticas buceando en tierra. De esta forma, el masificado y estigmatizado reguetón contamina nuestra aldea con medios capaces de regocijar a incrédulos, anestesiar a los recalcitrantes o desatar fantasías eróticas del disfraz y la lujuria. Propuesta de emancipación rítmica-corporal como vía de liberación.

Randeée Acozta, El Lírico de Los paisanos, dejó los callejones sin salida de Buenavista para buscar suerte en Europa. El Enano ancló en Noruega y vuelve a Cuba como un paseante ansioso de quemarse a pleno sol. Kokino, El Akokán de Anónimo Consejo, anda por California sin que podamos seguirle los pasos. Las Krudas atraviesan el parque Central habanero como exóticos personajes incógnitos. Brebaje Man todavía es un noctámbulo de la improvisación que anhela otra explosión suprema. La Batalla de los Gallos espera por un nuevo campeón. Parece un sueño que Papá Humbertico, El discípulo, Anderson, Al2 y El B se reencuentren en el teatro Karl Marx para interpretar su himno “El rap es guerra”.

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Acerca del Autor

Héctor Antón Castillo

Héctor Antón Castillo

Héctor Antón Castillo (Camagüey, 1963). Periodista y crítico de arte. Premio Nacional de Crítica Guy Pérez Cisneros. Su obra ensayística ha sido publicada en diversos medios de prensa dentro y fuera de Cuba.

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