El Malecón, un “Mercomar” al aire libre

El Malecón, un “Mercomar” al aire libre

¿Por qué tanto mar rodeando nuestra isla y, en nuestras mesas, continúan los pollos congelados haciéndose pasar por pescado?

"Hagan un curso para que la gente aprenda a pescar, a cazar, ya que no hay dinero, al menos que tengan un escape por ahí" (foto del autor)
“Hagan un curso para que la gente aprenda a pescar, a cazar, ya que no hay dinero, al menos que tengan un escape por ahí” (foto del autor)

LA HABANA, Cuba.- Bromeando con el nombre de aquellos mercados que en alguna época  vendieran buenos pescados a la población y que hoy, la mayoría de las veces, solo venden tronchos de tenca (pez de agua dulce capturado en las presas) y croquetas de claria (un tipo de pez gato, considerado una plaga en los acuíferos cubanos), algunos habaneros suelen llamar “Mercomar al aire libre” al Malecón, más a ese tramo que comprende la Avenida del Puerto, a la entrada de la bahía.

Entre las 7 y las 11 de la mañana o hacia las últimas horas de la tarde, quienes viven en las cercanías, acuden al Malecón a comprar el pescado que no encuentran en los comercios estatales.

Incluso los dueños de famosas paladares (restaurantes privados) adquieren una buena parte del producto que elaboran en sus cocinas en ese lugar, abastecido por un centenar de pescadores, la inmensa mayoría no asociados a cooperativas pesqueras.

Son, la mayoría, vecinos de la zona que han encontrado en lo que al inicio tal vez fuera solo un pasatiempo, un modo alternativo de ganarse la vida o incrementar sus ingresos.

Mauricio, un joven de 15 años, confiesa que muchas veces deja de ir a la escuela para dedicarse a pescar, en parte porque le gusta el oficio, pero también porque lo considera una forma de ayudar a su familia:

“Lo hago porque me gusta pero también porque gano dinero. Ya al mediodía yo tengo vendido el pescado, cuando me va bien porque hay veces que aquí no pica nada”, comenta Mauricio.

Leymen, otro joven, asegura que en su familia casi todos se dedican a la pesca en el Malecón:

“Comencé a venir con mi abuelo y me embullé. Hay veces que vienen mi papá y mi hermano. Mi papá trabaja de custodio pero los días en que no trabaja viene porque aquí se hace algo siempre. (…) Parguetes, agujas, coloraos, pulpos, aquí se pesca lo que caiga pero siempre se vende todo. Es raro el día que uno se queda con algo”, dice Leymen.

Iván, un pescador habitual en el lugar desde hace más de diez años, describe quiénes son sus clientes:

“La gente, normal, pasa, te pregunta. Aunque como yo llevo años aquí, ya tengo mis compradores, en dos paladares. Sobre todo los viernes, los fines de semana, todo lo que pesco, lo vendo. (…) Aquí viene también mucho extranjero, como no encuentran pescado en los mercados, vienen aquí. (…) Hay quien se pasa la noche entera pescando y ya a las 7 o las 8 ya tienen todo vendido porque la gente comienza a llegar temprano para llevarse lo mejorcito. Es como un Mercomar al aire libre”, afirma Iván entre risas.

"El pescado de aquí es fresco y eso es mentira de que está contaminado. Eso sí, tienes que comprarle a la gente de los botes, no a los del muro" (foto del autor)
“El pescado de aquí es fresco y eso es mentira de que está contaminado. Eso sí, tienes que comprarle a la gente de los botes, no a los del muro” (foto del autor)

Asela es, entre otras cosas, la encargada de hacer las compras diarias para una célebre paladar de la Habana Vieja donde han comido famosos de los mundos de la política y del espectáculo. Todos los días, religiosamente, compra en el Malecón los productos del mar.

“Prefiero venir hasta aquí, yo misma, que encargarlo”, asegura Asela. “Uno nunca sabe lo que te pueden vender por ahí ni cuánto tiempo lleva congelado. El pescado de aquí es fresco y eso es mentira de que está contaminado. Eso sí, tienes que comprarle a la gente de los botes, no a los del muro. (…) El de los botes no es de la bahía, sino de mar adentro (…). No se puede comprar el pescado en la shopping (tiendas que venden en divisas), en primer lugar porque es demasiado caro; segundo, porque casi nunca lo hay y, tercero, porque es de muy mala calidad”.

Gilberto, un asiduo cliente del “Mercomar al aire libre”, coincide con los criterios de Asela:

“Una vez compré un paquete de merluza en (el boulevard de) San Rafael. No solo me costó carísima sino que no sabían a nada y cuando se descongelaron eran pura agua. Eran dos kilogramos y creo que les saqué más de la mitad en agua (…). Aquí no hay merluzas pero a veces hay buenos pargos, agujas, que tú ves cómo los limpian, no hay nada de invento”, comenta Gilberto.

El malecón no solo se ha convertido en un mercadillo informal de alimentos del mar, también funciona como una especie de tienda por departamentos especializada en las artes de pesca.

Abundan los vendedores de rollos de nylon de distintos calibres, varas de pescar, anzuelos, carnada, redes, cámaras de automóviles y hasta piezas y motores para las embarcaciones de los pocos afortunados que cuentan con un permiso para adentrarse en alta mar con un bote a motor.

“Nunca nos han dicho nada”, comenta Rubén, uno de estos vendedores. “Esto no es nada malo, la pesca es un deporte. Hay policías que se ponen pesados pero no es siempre (…). En toda Cuba no hay una tienda donde se vendan estas cosas. Estamos rodeados de agua y es una locura que no exista una tienda, ni siquiera que a los muchachos se les enseñe a pescar. (…) Ya que no puedes vender pescado a la población por esto o por aquello, véndeles las cosas para que pesquen la jama (la comida), enséñalos a pescar. (…) Hay tantos cursos de Universidad para Todos (programa televisivo) de historia y de física y de no sé cuántas boberías, hagan un curso para que la gente aprenda a pescar, a cazar, ya que no hay dinero, al menos que tengan un escape por ahí”.

Norelbis, otro vendedor, afirma que la mayoría de los productos para la pesca que se venden en el Malecón, son suministrados por personas que los compran en el exterior:

Un mercadillo informal de alimentos del mar, y una especie de tienda por departamentos especializada en las artes de pesca (foto del autor)
Un mercadillo informal de alimentos del mar, y una especie de tienda por departamentos especializada en las artes de pesca (foto del autor)

“Te puedo decir que casi todo. Los anzuelos, los nylons, me los traen de Estados Unidos, y como no es fácil encontrarlos aquí, al menos de esta calidad, yo los vendo en diez veces lo que cuesta allá. (…) Siempre se les saca el dinero, es una inversión. (…) Aquí se vende todo el pescado, y si no lo vendes, es comida que te llevas para la casa, o lo limpias y los haces filetes y se vende hasta mucho más caro”.

Más allá de lo pintorescos que puedan parecer los pescadores del Malecón y sus viejas embarcaciones, a tono con ese “aire habanero” de ciudad detenida en el tiempo, imagen que tanto gustan de sobrexplotar las agencias de turismo nacionales y foráneas, la pesca en el Malecón responde más que a una afición o una tradición, a la necesidad de las personas de buscar dinero y comida, un binomio muy difícil de aparear en estos tiempos.

La realidad de la existencia de un “Mercomar al aire libre”, clandestino, nos deja varias preguntas donde quizás la más importante tenga que ver con ese enigma que nadie ha podido descifrar: ¿Por qué tanto mar rodeando nuestra isla y, en nuestras mesas, continúan los pollos congelados haciéndose pasar por pescado fresco?

Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971).
Escritor.
Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana.
Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela.
Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012).
Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014).
Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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