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Miércoles, 07 de diciembre 2016

El espectáculo debe continuar

Las cenizas del comandante invicto pasan revista a un país derrotado

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Urna conteniendo las cenizas de Fidel Castro (EFE)

Urna conteniendo las cenizas de Fidel Castro (EFE)

LA HABANA, Cuba.- En caja de cedro partió Fidel Castro de La Habana, como haciendo retroceso a la secuencia de aquella entrada triunfal, desandando el camino de Santiago que lo trajo hace casi sesenta años a la capital. Mucha menos gente que entonces lo despidió ahora y muy distinta es La Habana que dejó atrás después de su larga estancia.

Si aquella caravana de venida fue llamada, ingenua o cínicamente, de la Libertad, esta de ida no tiene nombre. Seguramente hubo quien se paró en silencio, o dando fingidos vivas, a ver pasar la comitiva fúnebre, como aquel proverbio árabe que habla de “ver pasar el cadáver de tu enemigo”. Pero la verdad es que todo ha sido un aparatoso espectáculo de enorme y monótono ruido que para muchos no significa más que eso.

A falta de un legado de indudables beneficios tangibles y a la vista los abundantes estragos que deja en todo ámbito, los medios oficiales, según el papel para el que fueron concebidos, se lanzaron desde la misma madrugada del sábado 26 a una implacable campaña de propaganda saturada de medias verdades, sandeces de pasmo, mentiras absolutas y fabulosa adulación, para promover la parálisis, la histeria, la mendacidad y cada signo del Síndrome de Estocolmo.

Una campaña, en fin, de alcance mundial con el propósito de silenciar las críticas al fallecido tirano y a su obra larga y lúgubre, de debilitarlas al menos despertando un coro de elogios, de condolencias y lamentos en voz de los simpatizantes, los cómplices y los incautos. Y convocando implícitamente a importantes personalidades del mundo a la despedida oficial en la Plaza de la Revolución en la noche del martes 29.

Sin embargo, para frustración de los organizadores del faraónico espectáculo, solamente acudió la nutrida caterva bolivariana, el déspota de Zimbabue Robert Mugabe, el pálido vecino Enrique Peña Nieto, el lamentable presidente sudafricano Jacob Zuma, el irrelevante Primer Ministro griego Alexis Tsipras y algunos olvidables delegados de gobiernos amigos o figurantes.

No es extraño que incluso muchos admiradores no se tomaran muy en serio unas honras fúnebres en las que solo se homenajeaba una foto o un símbolo, mientras las cenizas del célebre fallecido eran mantenidas celosamente a resguardo de toda emoción extraña en el alcázar del Ministerio de las Fuerzas Armadas. Durante dos días, el pueblo estabulado y obediente desfiló ante miles de imágenes —adornadas con flores y custodiadas por guardias de honor— del líder histórico de la revolución cubana, firmando además documentos donde juraba fidelidad a lo que viniera.

Por mucho que los ensalzadores del caudillo muerto intenten describir esta caravana como un victorioso retorno a Santiago de Cuba, en realidad es un viaje cuyo patetismo no puede ser mayor: las cenizas del comandante invicto pasan revista a un país derrotado, reducido a sus elementos más inestables, convertido en explosión congelada. Es significativo que, mientras desde Santiago hasta La Habana la marcha triunfal solo atravesó cinco provincias, el retorno fúnebre a la cuna guerrillera tiene que atravesar doce provincias.

Algunos jaraneros que no se toman muy a pecho los sublimes simbolismos, los momentos trascendentales, el machacante culto a la personalidad y el negro vértigo circense de estos días, aseguran que, como en el chiste de la vieja que siempre iba contra el tráfico para dar el mayor trabajo posible, la última voluntad del anciano caprichoso había sido que, “si muero en Santiago, que me entierren en La Habana; si muero en La Habana, que me entierren en Santiago”.

Pero lo más serio de esta semana ha sido sin duda el luto impuesto a la ciudadanía. No es que se prohíba la venta aun de cualquier tipo de vino y el uso de toda música no oficialista, sino que no hay dibujos animados para los niños en la televisión, ni siquiera el patriótico y machetero Elpidio Valdés. Y ni hablar de casos tan ridículos como que en el Instituto Superior de Arte se proscriba la utilización de música en las clases de danza e incluso la práctica de cualquier instrumento por parte de los estudiantes.

Si bien la televisión tiene, empero, el pequeño alivio de que Telesur hable ya de algo más que no sea únicamente la muerte del Máximo Líder, la prensa plana está en absoluto consagrada a ello y sin usar más tinta que la negra. Toda la prensa plana… excepto el semanario Orbe, que, por cierto, siempre usa solo esa tinta.

Como una burla macabra de la esencia propagandística y falsificadora del periodismo oficialista cubano, este semanario internacional de Prensa Latina —que, sin mucha circulación, se vende los viernes como correspondiente a la siguiente semana—, en su último número, que dice pertenecer a la “semana del 26 de noviembre al 2 de diciembre de 2016”, como salió el viernes 25, ¡no tiene la menor referencia al fallecimiento de Fidel Castro!

O sea, en el futuro, alguien puede hallar que, en un órgano de prensa oficial cubano de esta semana, no solo no se informa de la muerte más mediática de toda la revolución cubana —ni de que el Comandante abandonó La Habana para no volver, ni de su noche difunta junto al Che Guevara en Santa Clara, ni de que será enterrado en Santiago de Cuba sesenta años después de llegar en el Granma—, sino que ni siquiera se menciona el nombre de Fidel Castro.

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Acerca del Autor

Ernesto Santana Zaldívar
Ernesto Santana Zaldívar

Ernesto Santana Zaldívar Puerto Padre, Las Tunas, 1958. Graduado del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona en Español y Literatura. Ha sido escritor radial en Radio Progreso, Radio Metropolitana y Radio Arte. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Distinciones obtenidas: Menciones en el género de cuento de los concursos David, de 1977, y Trece de Marzo, de 1979; premios en los concursos Pinos Nuevos, de 1995, Sed de Belleza, de 1996 (ambos en el género de cuento), Dador, de 1998, (proyecto de novela) y Alejo Carpentier, de 2002 (novela), Premio Novelas de Gaveta Franz Kafka, de 2010, por su novela El Carnaval y los Muertos

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