“No sé para qué estudié, si no me sirvió para nada”

“No sé para qué estudié, si no me sirvió para nada”

“Yo no me quemé las pestañas en la universidad para ganarme la vida como delincuente. Aquí no duermo tranquilo, por eso me voy”

Jóvenes en la escalinata de la Universidad de La Habana (Foto archivo)

LA HABANA, Cuba.- El domingo 8 de julio concluyó en el Palacio de Convenciones el 9º Congreso de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Fue un evento demostrativo de abyección a la dictadura, como ratificó Raúl Alejandro Palmero Fernández, presidente nacional de la organización: “El tema central del Congreso se ha basado en dos aspectos: el compromiso de los estudiantes universitarios cubanos (…) con la continuidad del proceso revolucionario; y perfeccionar el socialismo y reafirmarlo como el único sistema posible en Cuba”.

En declaraciones a la prensa, Palmero afirmó: “No podemos decir que estamos ante un evento solamente estudiantil, es también para el graduado universitario”. Pero a pesar de esa afirmación, en la clausura solo se menciona de pasada el espinoso tema de la ubicación laboral y la permanencia de los graduados universitarios, una considerable fuerza de trabajo capacitada que, sin embargo, frecuentemente abandona su profesión en busca de mejoras económicas, lo cual perjudica el desarrollo no solo del individuo, sino también de la sociedad, que invierte recursos en la preparación de estos profesionales.

El abandono se debe casi siempre a la gran frustración provocada por las malas condiciones de trabajo, las limitaciones para ejercer la profesión y, sobre todo, a los bajos salarios. Es por ello que, cuando a finales de los años 80 el gobierno expandió el turismo como una importante fuente de divisas, tantos jóvenes profesionales vieron una buena oportunidad para mejorar su economía y prefirieron colocarse de porteros, parqueadores, jardineros y otros muchos oficios en el turismo, donde eran mejor remunerados.

Otros, incursionan en diversas actividades que nada tienen que ver con su profesión, unos con licencia, y otros por la izquierda. Me comentaba un ingeniero civil que se dedica a la construcción: “Dejé el trabajo del gobierno porque con lo que ganaba no podía sostener a mi familia. Cuando empecé a trabajar particular decidí traerlos para La Habana. Tengo la casa en Pinar cerrada. Aquí pago alquiler, pero vivo mejor”.

Marcia es graduada del ISPLE (Instituto Superior Pedagógico de Lenguas Extranjeras). Dejó el trabajo en el aula y ahora es dependienta en una cafetería particular. “Entre las propinas y el porciento por el sobrecumplimiento en la venta, puedo darme lujos que como maestra no podía ni soñar”, confiesa, “y sin tener que prostituirme, como algunas muchachitas que estudiaron conmigo, que desde segundo año se iban a las discotecas a buscar extranjeros. Algunas incluso dejaron la carrera, porque sabían que al graduarse no tendrían futuro”.

Aunque desde hace pocos años algunos sectores privilegiados como Salud Pública envían trabajadores al extranjero, la actualidad de los graduados universitarios es difícil.  Los que deciden permanecer en su profesión tienen que ingeniárselas para incrementar su salario. En cierta ocasión me dijo una joven filóloga que cuando terminaba de trabajar tenía que salir corriendo para darles clases a dos niños. Otras veces ha estado enfrascada en alguna traducción, porque su salario no le alcanza para comer y comprar las medicinas de su papá.

También los hay que han logrado viajar y establecer algún negocio de ventas, la mayoría de ropa y bisutería por encargo. Otros trabajan unos meses y regresan, pero ninguno en ocupaciones afines a sus conocimientos. Hace unos días me decía Pedro Pablo, un joven ingeniero que se hizo ciudadano español: “No sé para qué perdí mi tiempo estudiando, si no me sirvió para nada”.

Pero al estruendoso fracaso de cientos de profesionales que no ejercen sus carreras, se suma el de los que terminan sus estudios y emigran. Tal es el caso del primo de una vecina, que hace años se acogió a un programa de inmigración de Canadá. Según la muchacha, antes de irse le dijo: “Tengo que irme, mi prima, no me queda más remedio. Tú sabes que estoy preparado: hablo cuatro idiomas, sé de arquitectura, de historia del arte, de historia de Cuba y universal. Pero este trabajo de guía no era lo que yo creía. Es verdad, tengo dinero, pero a qué precio. Empezando porque tuve que comprar la plaza. Luego, como con las propinas no alcanza, para ganarme la vida de verdad he tenido que traficar tabacos, ‘multarles’ los tragos a los turistas en combinación con los dependientes, y cosas así. Yo no me quemé las pestañas en la universidad para ganarme la vida como delincuente. Aquí no duermo tranquilo, por eso me voy”.

Gladys Linares

Gladys Linares. Cienfuegos, 1942. Maestra normalista. Trabajó como profesora de Geografía en distintas escuelas y como directora de algunas durante 32 años. Ingresó en el Movimiento de Derechos Humanos a fines del año 1990 a través de la organización Frente Femenino Humanitario. Participó activamente en Concilio Cubano y en el Proyecto Varela. Sus crónicas reflejan la vida cotidiana de la población.

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